Que en paz descanses, Estela

El pasado domingo, a los 62 años, falleció Estela Rodríguez Lisasola, la autora de algunos de los mejores cuentos y poemas que se escribieron en Salto en los últimos años. Autora de dos libros de primer nivel: “Después del día” (poemas, 2008) y “Umbrales” (cuentos y poemas, 2009).
muerte esa palabra conocida que evade los ángeles y la risa esa dimensión que desconozco ese mundo al que no llego…
Son muchas, realmente muchas las cosas que compartimos con Estela. Fuimos alumnos fundadores del Taller Literario Horacio Quiroga, allá por mayo del 2001 y asistimos durante varios años; compartimos las primeras reuniones del grupo Amigos de Marosa, que empezaba a reunirse en la Biblioteca Departamental y que devino luego en Asociación Marosa di Giorgio; participamos de un libro de cuentos colectivo; juntos hicimos un recital de poemas nuestros en una Feria del Libro en el Mercado 18 de Julio y otro recital en el salón de actos del CERP; los dos tuvimos a Leonardo Garet como amigo, admiramos su obra y recibimos sus enseñanzas; juntos nos preparamos para el concurso literario organizado por la Intendencia en los 250 años de Salto (obtuve una Mención en Poesía y Estela el Primer Premio, además fue premiada en Narrativa); juntos hicimos nuestras primeras publicaciones, fue en un semanario artíguense; juntos leímos poemas en la presentación del último tomo de la Colección Escritores Salteños y del libro Poesía del Litoral; dos años trabajamos codo a codo escribiendo el “Nomeclátor de Salto” (publicado en 2006), un trabajo que nos llevó a compartir lecturas, investigación, recorridas por las calles…Fueron horas y horas en la terraza de Agraciada y 1º de Mayo, viendo pasar el mundo desde allí, charlando de todo, leyéndonos poemas, fumando, riéndonos, tomando alguna copa.
los hombres cruzan por mi vereda
alargan voces perdidas ya
al momento de decirlas
me golpean
sonidos que no entiendo
es un lejano abecedario
del que sin darme cuenta
me quedé afuera…
Estela sintió y vivió la literatura como pocos. Alguna vez la enseñó en el liceo. Y fue de las maestras que le dio a los niños lecturas de los mejores autores de la literatura universal, pero no como pretexto para después abordar temas de matemática, geografía o biología, se las daba solamente para que las disfrutaran. De a poco se fue haciendo una incomprendida. Y ella misma empezó a comprender cada vez menos el mundo que la rodeaba y se fue encerrando, ella y sus lecturas, ella y su poesía que nunca dejó de escribir, y después, ella y la enfermedad.
y el miedo habita en la sangre
se derrama hasta cubrir tus sábanas
invadiendo implacable
tu último refugio
Hace tiempo que no la veía. La última vez fue en una feria de los domingos. Me dijo que le gustaría irse a vivir lejos de la ciudad. Estaba como siempre, con sus cabellos rojos, y como siempre, me pareció que estaba algo triste. Es que Estela había pasado por el dolor más grande que puede pasar una madre.
lloviznó apenas
volaron las palomas
murió mi niño
el reloj marcó las veinte y veinte…
Un día, en el Taller, Garet indicó que en la clase siguiente cada uno debía llevar un poema que le gustara, de cualquier autor. Me sorprendió cuando fue el turno de Estela. Dijo: “voy a leer un poema de alguien cercano, de alguien que está aquí presente”. Y leyó un poema mío. Me emocionó. Hoy pienso en ese momento y vuelvo a emocionarme, porque el poema que eligió Estela empieza con este verso: “Hay vacíos que tienen nombre”.
Claro que hay vacíos que tienen nombre. A quienes te conocimos, desde el domingo nos quedó un vacío enorme, un vacío que lleva tu nombre, Estela. Que en paz descanses, querida amiga.
sería necesario
borrar recuerdos
dejar mi nombre
y que nadie me convoque
quedarme ajena
afuera de los otros
estarme sin memoria
y sin historia
así
hasta mi otra muerte…







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