Raúl Rodríguez, actor y director de teatro con trascendencia internacional

Llega todas las semanas desde Paysandú (donde reside hace ya varios años) a dictar uno de los talleres de Teatro que imparte la Intendencia de Salto. Raúl Rodríguez se manifiesta conforme con el trabajo que viene realizando en nuestra ciudad y con el grupo que asiste a su taller, que se desarrolla cada viernes desde las 15 horas en el Ateneo. Hombre de gran cultura general y sólida formación teatral, adquirida no sólo en nuestro país sino en diferentes países por los que ha transitado, Rodríguez dialogó con EL PUEBLO sobre su actividad.
-¿Desde cuándo se recuerda vinculado al teatro?
A los 11 años empecé a trabajar en radio, vivía en San José, y en CW 31 hacíamos radioteatro. Pienso que tenía que tener muchísima vocación para animarme, siendo un niño de campo, a ponerme enfrente a aquellos micrófonos grandes, ahí empieza mi primera experiencia directa con el arte dramático. A los 15 o 16 años fui a Montevideo a tratar de estudiar, porque no había en San José escuela de teatro, parte formativa. En Montevideo incursioné en teatro para niños con una profesora que a su vez era actriz de la Comedia y ella me preparó para entrar a la Escuela Municipal de Arte Dramático, y entonces allí ya hice otra experiencia…
-¿Nacido en Paysandú?
No, no, yo nací en Durazno, mi padre era trashumante, vivimos en Durazno, en Montevideo, en San José… claro que después me afinqué en Paysandú, tengo hijos y esposa ahí; me siento parte, hace unos cuantos años que estoy. En un principio llegué a Paysandú a dar clase, como ahora vengo a Salto. Vine por el Ministerio y empezaron a formarse grupos, tuve varios, y después por las cosas de la vida me enamoré de una sanducera y me vine a vivir de Montevideo a Paysandú. Vine a Paysandú por el Ministerio de Educación y Cultura a dar clase y empecé a ver que había mucho talento allí; al año pasé a ser también director del taller de teatro de la Intendencia, hasta el año 2001. Después hubo un cambio en el gobierno departamental y un desencuentro hizo que me independizara; a partir de ese momento pasamos a ser Taller de Teatro de Paysandú.
-En lo suyo deben conjugarse dos vocaciones: como actor y como docente…
Sí, porque yo empecé primero como actor, era mi vocación primera. Después empezó a germinar en mí aquella labor de director, de ver cómo el espectáculo puede ser formado. Y me apasiona mucho la pedagogía, en una época fui profesor en Secundaria, de Literatura y de Historia. Mi vocación tiene que ver con la formación, por eso cuando estoy dirigiendo una obra estoy trabajando como docente también, como pedagogo, ayudándolos a los actores a crecer como artistas.
-¿Qué papeles desempeñados como actor considera lo más inolvidable que le tocó vivir?
Son muchas cosas que uno tiene que pensar… pero para mí, como actor, cuando fui a Buenos Aires a trabajar y tuve posibilidad de entrar a una compañía de dos grandes figuras del teatro y del cine argentino: Lautaro Murúa y Duilio Marzio. Me hicieron un casting, que en aquel momento se llamaba de otra manera, y entré a trabajar en esa compañía, en una obra que se llama “La real cacería del sol”, de un autor inglés, que habla de la conquista del Perú, es una denuncia del rol de los conquistadores y de la iglesia, del ultraje de los indígenas, su cultura, su riqueza. Me marcó porque trabajar al lado de ellos era lo máximo, yo era un niño y ya los admiraba.
-¿Y como director?
Quizás lo más importante fue poner en escena, en Rusia, con un elenco ruso, “En Familia” de Florencio Sánchez. Una vez le dije a un periodista, Carlitos Reyes: en ese momento me podía haber muerto porque ya estaban cumplidos todos mis sueños. Incluso sueños que no me había atrevido a tener, porque jamás podía tener la pretensión de ir a dirigir a Moscú, cuando el público ruso no conocía a ese autor. Y Fue en un teatro profesional, a una cuadra de la Plaza Roja, eso fue en noviembre del año 2000. Yo había llevado mi grupo de Paysandú, a representar “Las de Barranco”, que fue también un éxito bastante grande allá, después ellos se vinieron y yo me quedé a dirigir este elenco ruso, en ruso. Yo estaba en la última fila mirando las reacciones del público y vi que estaban admirados de un autor que hacía 90 años que había muerto y pensaban: este autor escribió para nosotros. Eso marca el carácter universal de nuestro autor. Tengo una gran admiración por Florencio Sánchez. Creo que no ha nacido ninguno después de él, con gran respeto por otros grandes dramaturgos.
-¿Reconoce que el teatro que usted  enseña tiene un estilo propio, diferente?
Sí, porque si bien estudié en Buenos Aires con Carlos Gandolfo, y también Murúa me enseñó mucho, donde yo mamé los principios fundamentales fue en Rusia y allí hay un sistema, que en América no se conoce muy bien, el del maestro Stanislavsky, que tiene que ver con los fundamentos básicos del teatro. Cuando vamos a hacer una pieza o una casa de dos pisos o un palacio, siempre hay algo en común: los cimientos, y allí no se pueden tener errores. Eso es lo que yo trato de enseñar, para que después el actor pueda trabajar con cualquier estética, en cualquier estilo. Pero no es fácil en nuestro ambiente, porque muchos actores se resisten, creen que ya saben… Te cito un ejemplo, trabajé varios años en Perú, en la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático; al segundo año que fui di clase para profesores, incluso para el director, porque tenía interés en saber más sobre este sistema ruso, y eso es lo que tendría que ocurrir en todas partes, estar dispuestos a recibir conocimientos. Todos tenemos algo que aprender.
-¿Qué opinión le merece cuando se dice que un actor formado en Montevideo tiene más posibilidades que el del interior?
Estoy convencido que es así. No sé si posibilidades de trabajo, pero todo el tiempo viven de espalda, subestiman al interior, aunque digan otra cosa. Cuando hacen cualquier proyecto el interior siempre está relegado. El  teatro del interior está desamparado. Porque hay mucho dinero, con los Fondos Concursables por ejemplo, pero está muy mal administrado, lo he comprobado, se están manejando con niveles de amistades, de cuestiones políticas. No están respetando los méritos y las experiencias de una persona. El Ministerio de Educación y Cultura se maneja de una manera que no sirve para los artistas, hay un círculo  de amistades, pasan de un lado a otro, rotan, pero siempre el mismo círculo. Y quiero decir que en Cancillería no pasa eso, siempre han considerado el valor de lo que uno hace, cosa que en el Ministerio de Educación y Cultura no lo están haciendo.
-Usted hacía referencia anteriormente a Florencio Sánchez como dramaturgo. ¿Y en cuanto a directores teatrales uruguayos que considere referentes?
Tenemos el más grande de América Latina, y lo he comprobado porque he recorrido gran parte de América Latina y he seguido un poco su huella sin pretender llegar a la altura que llegó él: el gran maestro fue Atahualpa del Cioppo. Marcó un antes y un después. Fue el real fundador de El Galpón, pero es un hombre olvidado hoy, hace poco se hizo una encuesta entre estudiantes de teatro de Montevideo muy pocos sabían quien era él. Nosotros le debemos un homenaje permanente, porque además de ser un gran artista fue un hombre con una gran ética de la profesión. En todos los países lo recuerdan, desde Chile hasta México, pasando por Costa Rica, por Cuba… por todos lados.

Llega todas las semanas desde Paysandú (donde reside hace ya varios años) a dictar uno de los talleres de Teatro que imparte la Intendencia de Salto. Raúl Rodríguez se manifiesta conforme con el trabajo que viene realizando en nuestra ciudad y con el grupo que asiste a su taller, que se desarrolla cada viernes desde las 15 horas en el Ateneo. Hombre de gran cultura general y sólida formación teatral, adquirida no sólo en nuestro país sino en diferentes países por los que ha transitado, Rodríguez dialogó con EL PUEBLO sobre su actividad.

-¿Desde cuándo se recuerda vinculado al teatro?

A los 11 años empecé a trabajar en radio, vivía en San José, y en CW 31 hacíamos radioteatro. Pienso que tenía que tener muchísima vocación para animarme, siendo un niño de campo, a ponerme enfrente a aquellos micrófonos grandes, ahí empieza mi primera experiencia directa con el arte dramático. A los 15 o 16 años fui a Montevideo a tratar de estudiar, porque no había en San José escuela de teatro, parte formativa. En Montevideo incursioné en teatro para niños con una profesora que a su vez era actriz de la Comedia y ella me preparó para entrar a la Escuela Municipal de Arte Dramático, y entonces allí ya hice otra experiencia…

-¿Nacido en Paysandú?

No, no, yo nací en Durazno, mi padre era trashumante, vivimos en Durazno, en Montevideo, en San José… claro que después me afinqué en Paysandú, tengo hijos y esposa ahí; me siento parte, hace unos cuantos años que estoy. En un principio llegué a Paysandú a dar clase, como ahora vengo a Salto. Vine por el Ministerio y empezaron a formarse grupos, tuve varios, y después por las cosas de la vida me enamoré de una sanducera y me vine a vivir de Montevideo a Paysandú. Vine a Paysandú por el Ministerio de Educación y Cultura a dar clase y empecé a ver que había mucho talento allí; al año pasé a ser también director del taller de teatro de la Intendencia, hasta el año 2001. Después hubo un cambio en el gobierno departamental y un desencuentro hizo que me independizara; a partir de ese momento pasamos a ser Taller de Teatro de Paysandú.

-En lo suyo deben conjugarse dos vocaciones: como actor y como docente…

Sí, porque yo empecé primero como actor, era mi vocación primera. Después empezó a germinar en mí aquella labor de director, de ver cómo el espectáculo puede ser formado. Y me apasiona mucho la pedagogía, en una época fui profesor en Secundaria, de Literatura y de Historia. Mi vocación tiene que ver con la formación, por eso cuando estoy dirigiendo una obra estoy trabajando como docente también, como pedagogo, ayudándolos a los actores a crecer como artistas.

-¿Qué papeles desempeñados como actor considera lo más inolvidable que le tocó vivir?

Son muchas cosas que uno tiene que pensar… pero para mí, como actor, cuando fui a Buenos Aires a trabajar y tuve posibilidad de entrar a una compañía de dos grandes figuras del teatro y del cine argentino: Lautaro Murúa y Duilio Marzio. Me hicieron un casting, que en aquel momento se llamaba de otra manera, y entré a trabajar en esa compañía, en una obra que se llama “La real cacería del sol”, de un autor inglés, que habla de la conquista del Perú, es una denuncia del rol de los conquistadores y de la iglesia, del ultraje de los indígenas, su cultura, su riqueza. Me marcó porque trabajar al lado de ellos era lo máximo, yo era un niño y ya los admiraba.

-¿Y como director?

Quizás lo más importante fue poner en escena, en Rusia, con un elenco ruso, “En Familia” de Florencio Sánchez. Una vez le dije a un periodista, Carlitos Reyes: en ese momento me podía haber muerto porque ya estaban cumplidos todos mis sueños. Incluso sueños que no me había atrevido a tener, porque jamás podía tener la pretensión de ir a dirigir a Moscú, cuando el público ruso no conocía a ese autor. Y Fue en un teatro profesional, a una cuadra de la Plaza Roja, eso fue en noviembre del año 2000. Yo había llevado mi grupo de Paysandú, a representar “Las de Barranco”, que fue también un éxito bastante grande allá, después ellos se vinieron y yo me quedé a dirigir este elenco ruso, en ruso. Yo estaba en la última fila mirando las reacciones del público y vi que estaban admirados de un autor que hacía 90 años que había muerto y pensaban: este autor escribió para nosotros. Eso marca el carácter universal de nuestro autor. Tengo una gran admiración por Florencio Sánchez. Creo que no ha nacido ninguno después de él, con gran respeto por otros grandes dramaturgos.

-¿Reconoce que el teatro que usted  enseña tiene un estilo propio, diferente?

Sí, porque si bien estudié en Buenos Aires con Carlos Gandolfo, y también Murúa me enseñó mucho, donde yo mamé los principios fundamentales fue en Rusia y allí hay un sistema, que en América no se conoce muy bien, el del maestro Stanislavsky, que tiene que ver con los fundamentos básicos del teatro. Cuando vamos a hacer una pieza o una casa de dos pisos o un palacio, siempre hay algo en común: los cimientos, y allí no se pueden tener errores. Eso es lo que yo trato de enseñar, para que después el actor pueda trabajar con cualquier estética, en cualquier estilo. Pero no es fácil en nuestro ambiente, porque muchos actores se resisten, creen que ya saben… Te cito un ejemplo, trabajé varios años en Perú, en la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático; al segundo año que fui di clase para profesores, incluso para el director, porque tenía interés en saber más sobre este sistema ruso, y eso es lo que tendría que ocurrir en todas partes, estar dispuestos a recibir conocimientos. Todos tenemos algo que aprender.

-¿Qué opinión le merece cuando se dice que un actor formado en Montevideo tiene más posibilidades que el del interior?

Estoy convencido que es así. No sé si posibilidades de trabajo, pero todo el tiempo viven de espalda, subestiman al interior, aunque digan otra cosa. Cuando hacen cualquier proyecto el interior siempre está relegado. El  teatro del interior está desamparado. Porque hay mucho dinero, con los Fondos Concursables por ejemplo, pero está muy mal administrado, lo he comprobado, se están manejando con niveles de amistades, de cuestiones políticas. No están respetando los méritos y las experiencias de una persona. El Ministerio de Educación y Cultura se maneja de una manera que no sirve para los artistas, hay un círculo  de amistades, pasan de un lado a otro, rotan, pero siempre el mismo círculo. Y quiero decir que en Cancillería no pasa eso, siempre han considerado el valor de lo que uno hace, cosa que en el Ministerio de Educación y Cultura no lo están haciendo.

-Usted hacía referencia anteriormente a Florencio Sánchez como dramaturgo. ¿Y en cuanto a directores teatrales uruguayos que considere referentes?

Tenemos el más grande de América Latina, y lo he comprobado porque he recorrido gran parte de América Latina y he seguido un poco su huella sin pretender llegar a la altura que llegó él: el gran maestro fue Atahualpa del Cioppo. Marcó un antes y un después. Fue el real fundador de El Galpón, pero es un hombre olvidado hoy, hace poco se hizo una encuesta entre estudiantes de teatro de Montevideo muy pocos sabían quien era él. Nosotros le debemos un homenaje permanente, porque además de ser un gran artista fue un hombre con una gran ética de la profesión. En todos los países lo recuerdan, desde Chile hasta México, pasando por Costa Rica, por Cuba… por todos lados.