Reivindicando a Borges

JJorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, Suiza, 1986) es un autor a cuyas páginas merece volverse una y otra vez. Admirada por muchos, a veces no comprendida y resistida (ella y su autor) por otros tantos, la literatura de Borges ofrece al lector verdaderos ejercicios de razonamiento que ojalá, en estos tiempos de facilismos, muchos se permitieran a sí mismos realizar. Dijo Borges una vez que no se explicaba cómo había personas que se prohibían el placer de leer La Divina Comedia. Algo así también podríamos decir de su obra. Hace algún tiempo, el escritor Jorge Castellón (El Salvador, 1967) publicaba en la revista digital Ámsterdam Sur una muy buena nota titulada simplemente Reivindicando a Borges. A continuación compartimos con los lectores de EL PUEBLO un fragmento, que podríamos considerar 1ª parte:
“Existen miles de artículos y decenas de biografías que los expertos han hecho de su vida y de su obra. Yo me atendré a su doctrina: ir a la obra, no leer la crítica. Borges jamás leyó la crítica de un libro. El disfrutó la obra. Eso le permitió navegar en todas las tradiciones, dominar diversos campos, ahondar múltiples pensamientos. Dijo que no nos debemos a ninguna tradición, si no a todas. Fue fiel así mismo siempre literariamente. Conocedor del idioma inglés y el francés; lector asiduo del italiano y el alemán, Borges no tuvo fronteras en las tradiciones. Hizo de la teología y de la historia, incluso, un tema literario. Recordemos el cuento “Tres versiones de Judas”.
Su vida personal, su subjetividad más íntima está en su obra. Allí siguió siendo fiel: su terror a las máscaras, a los espejos y a los laberintos. El yo lo aterraba, la confusión sin fin en el espacio y el tiempo fue su tema; la casualidad, las causas, la mortalidad, el olvido, Dios y… el amor. De niño pasaba horas observando los tigres en el zoológico de Buenos Aires: de ahí vendría un cuento hermoso que llamó La escritura de Dios
En esa contradicción que nos planteó de él mismo, nos enseñó que uno puede querer o no al escritor, pero su obra ya no le pertenece y la podemos hacer nuestra. Borges fue conciente de ello. Decía que existe una memoria eterna en la literatura y el escritor la prosigue, la recrea. Al afirmar que “el escritor crea sus predecesores”, hacía referencia a ese proceso de creación-recreación -inconsciente la más de las veces- en que la memoria renace sin que el escritor lo sepa, y luego el escritor  descubre que lo que dijo, ya antes había sido dicho…de otra forma. De esa manera resulta que la memoria, como el tiempo, es circular. Es un eterno retorno. Aquí está otro tema borgeano: la circularidad.
El mexicano Carlos Fuentes -quien no quiso nunca ver a Borges en persona, pese a que siendo adolescente vivió en Argentina y  no le faltó ocasión para ello-, menciona que haberlo visto, entrevistarse con él, hubiese sido como ver un dios. Al verlo, perdería su misterio. El veracruzano, pienso, hereda de alguna forma esas ideas borgeanas del tiempo y del espacio y hace suya esa idea de la tradición. Al sentarse a escribir, dice Fuentes, el escritor debe cargar con toda la tradición en la espalda. Dato particular, a su obra completa Fuentes le nombra Los círculos del Tiempo”. ( Jorge Castellón)

Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, Suiza, 1986) es un autor a cuyas páginas merece volverse una y otra vez. Admirada por muchos, a veces no comprendida y resistida (ella y su autor) por otros tantos, la literatura de Borges ofrece al lector verdaderos ejercicios de razonamiento que ojalá, en estos tiempos de facilismos, muchos se permitieran a sí mismos realizar. Dijo Borges una vez que no se explicaba cómo había personas que se prohibían el placer de leer La Divina Comedia. Algo así también podríamos decir de su obra. Hace algún tiempo, el escritor Jorge Castellón (El Salvador, 1967) publicaba en la revista digital Ámsterdam Sur una muy buena nota titulada simplemente Reivindicando a Borges. A continuación compartimos con los lectores de EL PUEBLO un fragmento, que podríamos considerar 1ª parte:

“Existen miles de artículos y decenas de biografías que los expertos han hecho de su vida y de su obra. Yo me atendré a su doctrina: ir a la obra, no leer la crítica. Borges jamás leyó la crítica de un libro. El disfrutó la obra. Eso le permitió navegar en todas las tradiciones, dominar diversos campos, ahondar múltiples pensamientos. Dijo que no nos debemos a ninguna tradición, si no a todas. Fue fiel así mismo siempre literariamente. Conocedor del idioma inglés y el francés; lector asiduo del italiano y el alemán, Borges no tuvo fronteras en las tradiciones. Hizo de la teología y de la historia, incluso, un tema literario. Recordemos el cuento “Tres versiones de Judas”.

Su vida personal, su subjetividad más íntima está en su obra. Allí siguió siendo fiel: su terror a las máscaras, a los espejos y a los laberintos. El yo lo aterraba, la confusión sin fin en el espacio y el tiempo fue su tema; la casualidad, las causas, la mortalidad, el olvido, Dios y… el amor. De niño pasaba horas observando los tigres en el zoológico de Buenos Aires: de ahí vendría un cuento hermoso que llamó La escritura de Dios

En esa contradicción que nos planteó de él mismo, nos enseñó que uno puede querer o no al escritor, pero su obra ya no le pertenece y la podemos hacer nuestra. Borges fue conciente de ello. Decía que existe una memoria eterna en la literatura y el escritor la prosigue, la recrea. Al afirmar que “el escritor crea sus predecesores”, hacía referencia a ese proceso de creación-recreación -inconsciente la más de las veces- en que la memoria renace sin que el escritor lo sepa, y luego el escritor  descubre que lo que dijo, ya antes había sido dicho…de otra forma. De esa manera resulta que la memoria, como el tiempo, es circular. Es un eterno retorno. Aquí está otro tema borgeano: la circularidad.

El mexicano Carlos Fuentes -quien no quiso nunca ver a Borges en persona, pese a que siendo adolescente vivió en Argentina y  no le faltó ocasión para ello-, menciona que haberlo visto, entrevistarse con él, hubiese sido como ver un dios. Al verlo, perdería su misterio. El veracruzano, pienso, hereda de alguna forma esas ideas borgeanas del tiempo y del espacio y hace suya esa idea de la tradición. Al sentarse a escribir, dice Fuentes, el escritor debe cargar con toda la tradición en la espalda. Dato particular, a su obra completa Fuentes le nombra Los círculos del Tiempo”. ( Jorge Castellón)