Salvador Puig y una soledad nada más que física

La del montevideano Salvador Puig es otra de las grandes voces de la lírica uruguaya de las últimas décadas. Es la suya una poesía que no admite el lugar común ni la fácil interpretación de las cosas; poesía sugerente, categórica, con mucha fuerza expresiva, que exige un razonamiento profundo ante cada combinación de palabras. Al publicarse, en 1992, el libro “Si tuviera que apostar”, que recoge buena parte de su producción poética hasta el momento, Puig reflexionaba: “Doy fe. ‘Si tuviera que apostar’ quería salir solo, afronta solo su condición de libro nuevo. Yo dudé todo lo que pude, que es mucho. De pronto por una proyección inconsciente de la vieja y dudosa afirmación según la cual quien escribe tiene que hacerlo a solas, cuando lo que creo es que esa necesaria, verdadera, exigente, soledad es nada más que física, y quizá nunca un escritor esté tan acompañado –por muchos, por pocos, por alguien- como cuando comete sus obras”.
Si tuviera que apostar
lo haría
por la poesía
que modifica en algo
las ópticas, perturba
el leve sentido de lo real,
desplaza las leyes físicas del miedo, acelera o enlentece los pulsos,
acepta pero no
que las palabras cargan
usos domésticos
y oráculos, relaciones
cambiantes que habilitan
emociones cambiantes,
protesta al mundo,
tergiversa
lo que copia, altera
los sentidos comunes,
invade rincones, territorios dormidos, repele y atrae al silencio, se posa en el pico de los pájaros, cae a pique y se alza en polvo enamorado
contra la muerte victoriosa.

La del montevideano Salvador Puig es otra de las grandes voces de la lírica uruguaya de las últimas décadas. Es la suya una poesía que no admite el lugar común ni la fácil interpretación de las cosas; poesía sugerente, categórica, con mucha fuerza expresiva, que exige un razonamiento profundo ante cada combinación de palabras. Al publicarse, en 1992, el libro “Si tuviera que apostar”, que recoge buena parte de su producción poética hasta el momento, Puig reflexionaba: “Doy fe. ‘Si tuviera que apostar’ quería salir solo, afronta solo su condición de libro nuevo. Yo dudé todo lo que pude, que es mucho. De pronto por una proyección inconsciente de la vieja y dudosa afirmación según la cual quien escribe tiene que hacerlo a solas, cuando lo que creo es que esa necesaria, verdadera, exigente, soledad es nada más que física, y quizá nunca un escritor esté tan acompañado –por muchos, por pocos, por alguien- como cuando comete sus obras”.

Si tuviera que apostar

lo haría

por la poesía

que modifica en algo

las ópticas, perturba

el leve sentido de lo real,

desplaza las leyes físicas del miedo, acelera o enlentece los pulsos,

acepta pero no

que las palabras cargan

usos domésticos

y oráculos, relaciones

cambiantes que habilitan

emociones cambiantes,

protesta al mundo,

tergiversa

lo que copia, altera

los sentidos comunes,

invade rincones,

territorios dormidos,

repele y atrae al silencio,

se posa en el pico de los pájaros,

cae a pique y se alza en polvo enamorado

contra la muerte victoriosa.