Sobre “Los infiernos de la Modernidad”

El mes pasado, como lo comentáramos oportunamente, se realizó en Montevideo (Biblioteca Nacional y Facultad de Arte)  un Congreso más organizado por la Asociación de Profesores de Literatura del Uruguay (APLU). Bajo el lema “Literaturas infernales”, varias y muy variadas fueron las ponencias presentadas. A continuación transcribimos un breve fragmento (inicial) del trabajo expuesto por el Profesor Gustavo Martínez (Instituto de Profesores Artigas), que versó sobre la última novela del escritor peruano José María Arguedas: “El zorro de arriba y el zorro de abajo” (publicada póstumamente, en 1971):
“Entre los muchos descubrimientos que hizo la Era Moderna, y en particular la Modernidad, uno de los más inquietantes e incómodos ha sido el de tomar conciencia que el Infierno no está en el Más Allá, tras la frontera de la Muerte, sino acá, en este mundo, y dentro del  hombre mismo también. Que no lo hicieron “la divina potestad, la suma sabiduría y el amor primero”, como dice la puerta del Infierno dantesco, sino que estos de aquí son nuestra creación, y que Satanás ha pasado a seguro de paro porque nosotros, también, nos encargamos de la administración y las torturas. La cara oscura de una era antropocéntrica.
Para el cristiano medieval,  no solo no había  duda de que el Infierno existía, sino que constituía una amenaza aterradora tanto por la crueldad de los castigos que en él se infligían como por el carácter eterno de estos. Pero no privaba de sentido la existencia, sino que lo reforzaba. El absurdo es una experiencia de la Modernidad tardía, no de la Edad Media. Desde el momento que su creación se atribuía a Dios, el Infierno respondía a un designio y  tenía una finalidad,  ambos además de origen superior y absoluto. Su existencia cumplía una función de control disuasivo sobre la conciencia y la conducta en esta vida y, al mismo tiempo, reafirmaba la vigencia de una justicia en  la otra que,  a diferencia de la humana, no había modo de eludir. Era, ¿qué duda cabe? Un instrumento de poder, que se ejercía sobre todo a través de la sensibilidad y el imaginario y apuntaba a fomentar una interiorización auto-represiva de las normas del sistema, que favorecía la perpetuación de este. Pero cumplía, además, todo hay que decirlo, junto con la creencia en el Paraíso y, en el mucho más tardío Purgatorio (incorporado al imaginario cristiano recién en el siglo XIII, según Jacques Le Goff) una función consoladora, por más difícil que nos resulte entenderlo y aceptarlo: la de que el mal no iba a prevalecer como lo hacía en este mundo y la virtud iba a ser premiada, como con frecuencia no lo era durante el “camino de nuestra vida”. Dante puede sentir compasión por algunos condenados, como por los célebres Paolo y Francesca, puede desmayarse incluso de  dolor  ante su destino,  pero la decisión que  los ha enviado allí es incuestionable y permanece, por supuesto, incuestionada. Los castigos, por crueles que sean, son la expresión de un orden trascendente que les   infunde una significación frente a la cual las emociones humanas resultan contingentes e irrelevantes”.
Prof. Gustavo Martínez

El mes pasado, como lo comentáramos oportunamente, se realizó en Montevideo (Biblioteca Nacional y Facultad de Arte)  un Congreso más organizado por la Asociación de Profesores de Literatura del Uruguay (APLU). Bajo el lema “Literaturas infernales”, varias y muy variadas fueron las ponencias presentadas. A continuación transcribimos un breve fragmento (inicial) del trabajo expuesto por el Profesor Gustavo Martínez (Instituto de Profesores Artigas), que versó sobre la última novela del escritor peruano José María Arguedas: “El zorro de arriba y el zorro de abajo” (publicada póstumamente, en 1971):

“Entre los muchos descubrimientos que hizo la Era Moderna, y en particular la Modernidad, uno de los más inquietantes e incómodos ha sido el de tomar conciencia que el Infierno no está en el Más Allá, tras la frontera de la Muerte, sino acá, en este mundo, y dentro del  hombre mismo también. Que no lo hicieron “la divina potestad, la suma sabiduría y el amor primero”, como dice la puerta del Infierno dantesco, sino que estos de aquí son nuestra creación, y que Satanás ha pasado a seguro de paro porque nosotros, también, nos encargamos de la administración y las torturas. La cara oscura de una era antropocéntrica.

Para el cristiano medieval,  no solo no había  duda de que el Infierno existía, sino que constituía una amenaza aterradora tanto por la crueldad de los castigos que en él se infligían como por el carácter eterno de estos. Pero no privaba de sentido la existencia, sino que lo reforzaba. El absurdo es una experiencia de la Modernidad tardía, no de la Edad Media. Desde el momento que su creación se atribuía a Dios, el Infierno respondía a un designio y  tenía una finalidad,  ambos además de origen superior y absoluto. Su existencia cumplía una función de control disuasivo sobre la conciencia y la conducta en esta vida y, al mismo tiempo, reafirmaba la vigencia de una justicia en  la otra que,  a diferencia de la humana, no había modo de eludir. Era, ¿qué duda cabe? Un instrumento de poder, que se ejercía sobre todo a través de la sensibilidad y el imaginario y apuntaba a fomentar una interiorización auto-represiva de las normas del sistema, que favorecía la perpetuación de este. Pero cumplía, además, todo hay que decirlo, junto con la creencia en el Paraíso y, en el mucho más tardío Purgatorio (incorporado al imaginario cristiano recién en el siglo XIII, según Jacques Le Goff) una función consoladora, por más difícil que nos resulte entenderlo y aceptarlo: la de que el mal no iba a prevalecer como lo hacía en este mundo y la virtud iba a ser premiada, como con frecuencia no lo era durante el “camino de nuestra vida”. Dante puede sentir compasión por algunos condenados, como por los célebres Paolo y Francesca, puede desmayarse incluso de  dolor  ante su destino,  pero la decisión que  los ha enviado allí es incuestionable y permanece, por supuesto, incuestionada. Los castigos, por crueles que sean, son la expresión de un orden trascendente que les   infunde una significación frente a la cual las emociones humanas resultan contingentes e irrelevantes”.

Prof. Gustavo Martínez