Tras 300 años en Rusia, varios maestros holandeses vuelven a su madre patria, entre ellos Rembrandt

Una explosión de talento y dinero produjo en el siglo XVII en Holanda varios millones de pinturas. Los artistas y los estilos florecían, y algunos maestros como Rembrandt cambiaron la pintura para siempre. Los zares y otros coleccionistas rusos compraron unos 1.500 cuadros que hoy están en la colección del museo Hermitage de San Petersburgo. La gran mayoría de esos cuadros no volvieron a su país en más de tres siglos.
El Hermitage decidió exponer en Ámsterdam 63 cuadros de esta colección hasta mayo de 2018. El escritor Cees Nooteboom cuenta los preámbulos de esta movida. foto cultu0603
“Los holandeses han dominado el arte del color en sus matices y contrastes: eso les permite pintar la luz misma, por decirlo de alguna manera”.
? Es un anochecer primaveral en San Petersburgo, el sol ya no está allí, pero la luz todavía perdura en los árboles y en los edificios. Esa mañana dejé Turín, un taxi me llevó a través de la ciudad, fue un viaje largo y a través de las ventanas del auto vi los edificios de una ciudad del norte de Italia, sin saber que unas cinco horas más tarde me encontraría en otro taxi siendo llevado a través de otros edificios que de forma sorprendente me recordaban a aquellos edificios italianos.
No hay nada extraño en ello, el zar trajo arquitectos italianos para construir su ciudad de maravillas, media Europa separa a estas dos ciudades y yo no estaba preparado, sentí por un momento que seguía todavía en la misma ciudad, pero a medida que me acercaba a la plaza donde me quedaría, esa ilusión comenzó a disminuir, la escala era diferente, todo era más ancho, todo era de pronto más poderoso, y la catedral de San Isaac con su inmenso domo dorado y sus altas y relucientes columnas rojas me dejó en claro que ya estaba en otra parte.
Luego de una vida viajando estaba en Rusia por primera vez, en la ciudad de Dostoievski y Nabokov, Pushkin y Gogol para empezar, mi hotel era viejo y grandioso, se llamaba como Inglaterra pero estaba escrito en francés, Angleterre, y espero que me perdonen si por un momento olvidé en qué época me encontraba.
Todo era a la vez familiar y extraño, había lugares con grandes vacíos rodeados por palacios y edificios enormes, muy teatrales y seguros de sí mismos, Europa y todavía no, esas plazas fueron construidas para gente a caballo o en carroza y como peatón me sentía transparente.
Caminé fuera del hotel vagando en dirección hacia donde el río Nevá debería estar, detrás del interminable edificio de El Almirantazgo, una imagen como en sueños de color amarillo, en la calma del anochecer, que hablaba de otros tiempos, en el crepúsculo dos niñas pasaron a caballo como si hubieran adivinado lo que estaba pensando y les pregunté con optimismo por el Nevá y me dijeron que debía caminar más hacia la derecha, hacia el agua oscura que fluía por debajo del Puente del Palacio.
En la orilla distante pude ver enormes edificios en la isla Vasílievski y más lejos a la derecha la fortaleza de San Pedro y San Pablo, sus murallas en ángulo cortando el agua.
Era muy tarde para caminar hasta el otro lado, di la vuelta y no, no tuve una visión, y sí, vi el Palacio de Invierno y al mismo tiempo recibí la respuesta a la pregunta en un diálogo que Paul Valéry escribió en los años 20 en el que, vía Valéry, el Fedro que conocemos del famoso diálogo de Platón inicia una vez más una conversación con Sócrates luego de más de dos mil años, y en el que Fedro le cuenta a Sócrates que todavía sigue crítico y curioso, y también le habla del arquitecto Eupalinos que sueña con diseñar un edificio matemáticamente tan perfecto que se ha convertido en música o, para explicarlo de forma más simple, en un edificio que puede cantar.
Lo leí hace tiempo como una forma elevada de abstracción, una metáfora ambiciosa, pero ahora de pronto acabo de entenderla.
El edificio en la distancia delante de mí, el Palacio de Invierno donde se encuentra el museo Hermitage, el alto, exuberante edificio con sus adornos dorados y sus delgadas columnas blancas, estaba cantando.
No tenía forma de saber si sería igual de día pero aquí, ahora, como entre un sueño y un milagro, parecía llamar de la distancia como una Sirena. Cosas extrañas le pueden ocurrir a los cansados viajeros al final de un largo día, el arquitecto de Valéry y el matemático Eupalinos, que nunca existieron, se materializaron en la persona de Francesco Bartolomeo Rastrelli, que compuso ese Palacio de Invierno entre 1754 y 1762. No quería estropear el sueño acercándome demasiado y caminé, por la plaza del Palacio y el inicio de la avenida Nevski, de vuelta a mi hotel.
Al día siguiente tengo cita en el museo Hermitage con la jefa de exposiciones del centro de exhibiciones del Hermitage en Ámsterdam.
Ella me va a mostrar las pinturas y los jarrones que serán prestados a Ámsterdam para una exhibición en otoño.
El pensamiento primitivo o mágico es algo que me permito casi siempre, en particular cuando se trata de arte, y me preguntaba si esas pinturas de Rembrandt, Dou, Heda, Hals y Van Goyen y todo lo demás que iba a ver extrañaban el lugar de donde vinieron.
Hace unos años, luego de estar un largo rato en la Frick Collection en Nueva York observando las pinturas holandesas, terminé de comprender que si yo, o las personas en las pinturas, teníamos algo para decir, seríamos los únicos que nos entenderíamos el uno con el otro.
Este es, por supuesto, un pensamiento proveniente del reino del absurdo, porque la gente en las pinturas no puede decir o entender nada, pero para no terminar mofándome de mí mismo decidí sentirlo así porque las personas de las pinturas holandesas de aquella Era de Oro son todavía tan reconocibles como holandeses o, a la inversa, las personas que todavía veo por Ámsterdam, en sus calles o en el mercado, fácilmente podrían estar en una pintura de Hals o Metsu.
(EL PAÍS CULTURAL)







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