Un cronista francés en Montevideo, una de sus alumnas lo recuerda como docente fermental y sólido artista

El dibujante Pierre Fossey, su obra corre el riesgo del olvido

Una de las alegrías de la jubilación —que son pocas, pese a que la palabra viene de «júbilo»— es disponer de tiempo libre para cumplir con alguna asignatura pendiente. Quién esto escribe sólo conoce esta alegría por experiencia ajena, pues es de los que espera jubilarse muerto. Sin embargo se alegra de veras cuando se topa con algún colega que, tras jubilarse, se está dando alguno de los muchos gustos postergados por décadas.cultura
Adriana Felipe es madre de familia, que de eso no se ha de jubilar, pero sí se ha jubilado de bancaria y docente de Literatura en enseñanza media y formación docente. Al encontrarnos en un café céntrico, por casualidad, ella comentó que en unos meses va a exponer, porque luego de más de tres décadas de pausa hace unos años ha vuelto a estudiar dibujo con Oscar Larroca, tras haber empezado, de muchacha, con Pierre Fossey. De ahí esta nota.Hijo y nieto de pintores, Pierre Fossey nació en Gavarnie, Francia, en 1901. Cumplió el servicio militar a principios de los años 20 con las tropas que ocupaban la ciudad de Wiesbaden, en Alemania, luego del Tratado de Versalles, tras la Primera Guerra Mundial. Viajó mucho luego por Europa, Oriente y Australia, pero radicado en Argentina conoció a una uruguaya, Itumelia García, con la que se casó en Montevideo en 1938, quien sería su compañera hasta la muerte por infarto del artista, en 1976.
De esas décadas de residencia en Uruguay quedó una gran cantidad de apuntes y acuarelas arquitectónicos de Montevideo y, en menor medida, Punta del Este, cuyas reproducciones vendidas en láminas sueltas, carpetas y libros fueron popularísimas en las décadas del 40, 50 y principios del 60. Pero antes que la muerte llegó el olvido.
EN LOS OJOS DE LA MUCHACHA
—¿Cuándo y dónde conociste a Fossey?
—Lo conocí en 1969 en la Casa de la Cultura Aurelia Viera, cuando estaba frente al Liceo Bauzá, y que luego fue rebautizada «Fernández Crespo». Para esa ocasión, Fossey pintó un retrato de Fernández Crespo a pedido de la familia.
—¿Qué edad tenías?
—Tenía diecinueve, recién salida del colegio de las monjas. Eso no me impidió calibrar al profesor que admiraba, sí, pero no estaba capacitada para valorar todo lo que podía haberle preguntado de su experiencia vital, que era de una riqueza inimaginable para la persona que yo era en ese momento. Lo traté durante un tiempo corto, y sólo en la relación alumnadocente.
—¿Por qué decidiste estudiar con él? ¿O fue por azar?
—Dibujo siempre me gustó, pero la oportunidad surgió de los cursos y talleres gratuitos que había en la Casa de la Cultura, que tenía además una excelente biblioteca. Yo asistía al curso de francés y allí me enteré de este curso, cuando ya había fracasado en mi intento de estudiar dibujo en la Figari. No tenía mucha idea de quién era él. Después estudié con Vicente Martín y luego con Nelson Ramos, pero a eso de mis treinta, entre la familia, el banco y la docencia, suspendí.
—¿Cómo era en el trato personal?
—Era afable y cordial. Tenía la capacidad de modificar las conductas conflictivas mediante la persuasión. Porque en la Casa de la Cultura le daba taller a gente de toda edad, desde niños hasta lo que hoy llamamos adultos mayores. Me acuerdo que una vez llegó una señora con sus dos hijos, una niña y un varón. La señora le habló muy bien de la niña, pero del niño lo previno como si se tratara de un salvaje, por lo inquieto. Fossey se sentó un ratito con él, conversó, no sé qué le habrá dicho, pero el asunto es que el chico se puso a dibujar sin ningún problema. Era una de las personas más respetuosas que yo haya conocido. Mario Barité tiene un artículo muy bueno sobre Fossey en el que dice al pasar que fumaba en pipa. Yo nunca lo vi fumar, pero además era riguroso en prohibir fumar en clase, porque además de hacer mal, era una falta de respeto para los no fumadores. ¡En aquella época, que cualquiera fumaba en cualquier caso! A Fossey le debo mucho, fue el que me abrió la cabeza al arte y la cultura. Ahora que lo pienso, creo que también le debo, por lo menos en parte, el no haber fumado nunca.
EL MAESTRO AMPLIO
—Contame qué clase de maestro era.
—Sus indicaciones pictóricas iban asociadas a una concepción vital. «Pintar al óleo es un proceso trabajoso, cuyo premio es la luz», decía. Nos ejercitaba en la paciencia, que nos permitiría llegar a poner las últimas pinceladas, que en la pintura al óleo es el blanco, la luz. Nos enfrentaba al poder armonizante del gris neutro (gris Fossey), que se lograba con igual cantidad de cada uno de los colores primarios. Hoy sé que era un humanista que practicaba y enseñaba la tolerancia, como podía suponerse cuando se miraba la galería de personalidades de los más variados ámbitos que poblaban las paredes del taller y que cumplían con el rol de ser modelos a copiar. Dado que era un taller, no eran clases colectivas. Cada alumno tenía su modelo. Al principio lo elegía él, pero en poco tiempo cada alumno tenía absoluta libertad de elegir y además, propiciaba el diálogo con los compañeros. Insistía, además, en que no nos repitiéramos ni copiáramos sin reflexión a nuestros maestros. No era para nada brusco al juzgar la obra de otros plásticos, y nos enseñaba a no ser lapidarios al juzgar lo que no nos conmoviera, pero no le gustaba nada que algunos plásticos valiosos se impusieran demasiado a sus estudiantes. Decía que eso era como hacer galletas.
—No dejó escuela, ¿verdad?
—Pienso que no creó escuela porque siempre dio mucha libertad a sus alumnos y los impulsaba seguir buscando. Allí pintábamos y enmarcábamos nosotros la obra. Me parece que no creía que fuera importante hacer escuela y no le interesaba que todos sus alumnos siguieran su mismo camino. Además veía críticamente esas exposiciones de alumnos de un taller en las que todos pintaban casi igual. Esa misma actitud la vi y valoré también en otros artistas de una generación posterior. Ese era uno de los sentidos en que se adelantó a su época. Fijate que con una amiga, que también estudiaba con él, Beatriz Tomikián, que luego se hizo odontóloga y hace unos años nos volvimos a ver, después de décadas nos vinieron ganas de ir a estudiar con Vicente Martín. Así que le dejamos a un galerista los cuadros que habíamos pintado con Fossey y a cambio nos pagó las clases con Martín. Teníamos miedo de contarle, a Fossey, por cómo lo fuera a tomar. ¿Podrás creer que hasta contento se puso? Nos alentó, porque él creía que el artista tiene que investigar y abrirse a nuevas experiencias artísticas. Eso sí, en las clases con Vicente Martín aprendimos mucho, pero eran más aburridas.
—Sin embargo hay plásticos de prestigio que estudiaron con Fossey…
—Linda Kohen y Javier Bassi fueron sus alumnos, aprendieron pero por diferentes motivos no siguieron con él. No creo que le interesara dejar escuela, te inducía a generar tu propio crecimiento. Creía en lo que sus estudiantes pudieran hacer, más allá de lo que él enseñaba. Además, yo creo que a esa altura de su vida no le interesaba ya, si es que alguna vez le había interesado, todo eso de hacer lobby y estar atrás de los galeristas, etc. Recuerdo que en una entrevista Linda Kohen mencionó que había estudiado con Fossey, pero que pasar a estudiar con Eduardo Vernazza le había abierto otras puertas. Yo pienso que no sólo se refería a puertas de búsqueda estética, sino a contactos. Que son necesarios, sin duda. Pero al Fossey que yo conocí parecían no importarle. Tampoco buscaba clonarse en sus discípulos.
—¿Qué es lo que todavía te impresiona de Fossey, como artista y como maestro?
—Yo personalmente me maravillo con sus acuarelas. La acuarela debe ser una de las técnicas más complejas, que exige del artista mucha seguridad en el trazo. Lo que él sabía y nos enseñaba, porque todo lo daba como buen maestro, era rescatar de lo que estaba frente a los ojos, aquello que te convencía de que el dibujo era exacta réplica de la realidad, cuando lo que hacía era rescatar las líneas que lo definían al punto de darle verosimilitud. Eso lo hacía con el dibujo de los barcos, por ejemplo, en los que el cúmulo de detalles es apabullante. Pero vos veías el dibujo de Fossey, y habiendo visto el barco en cuestión, no dudabas que el dibujo, aunque esquemático, era representación fiel. La clave estaba en captar lo que él llamaba las «líneas de energía».







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