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Un cuento de Juan Carlos Ferreira

El cuento que hoy ocupa esta página destinada a la creación literaria de salteños, es de Juan Carlos Ferreira. Arquitecto, docente, dirigente político. Nació en 1951. Textos suyos han sido publicados en diversos medios y ha obtenido importantes premios en concursos literarios locales y nacionales. Es autor del libro de cuentos “La casa que no era nuestra” (2015). El cuento que hoy EL PUEBLO comparte con sus lectores apareció, curiosamente sin título, aproximadamente hace dos años en la revista digital Ámsterdam Sur. CULTURA. Juan Carlos Ferreira [1]
CUENTO
Dejé el carburador a un lado, me limpié las manos y fui hasta el teléfono. Había estado muy ocupado y no contesté un llamado anterior.
Las malas noticias a veces son como un golpe en la cara cuando uno está mirando el río o un trueno destroza la tranquilidad de la lluvia mansa.
— Murió Julio Jaramillo –dijo el Mono e hizo una pausa–; lo velan en el mismo cementerio, de dos a tres. Nos vemos. Vas a ir, ¿no? Corto, tengo que apagar la bomba.
Cómo no iba ir. Julio Jaramillo. Fuimos compañeros en sexto, un año nada más. Había llegado a Salto porque al padre lo trasladaron en el banco. Aunque tímido, Luis Alberto se integró a los tres que veníamos junto desde Jardinera: el Mono, Verdalita y yo. A partir de entonces fuimos cuatro; estudiábamos en casa, donde se daban todas las condiciones: Mamá era profesora de Idioma Español, teníamos lugar y la Tía nos preparaba el Toddy con galleta brillada. (Yo buscaba un sobrenombre para él y ninguno me conformaba). El Mono era la estrella deportiva de la escuela: en los torneos inter escolares jugaba al fútbol, al básquetbol y al vóleibol. Teníamos la misma edad con diferencia de meses, pero su físico parecía trabajado en un gimnasio pues desde muy chico ayudaba al padre en la chacra y para él hombrear bolsas era cosa de todos los días. (Hoy es el presidente de la gremial de agricultores y cada tanto saca los tractores a la calle para protestar por algún impuesto; todos le siguen, por supuesto.). Verdalita cumplía en el grupo las funciones de padre espiritual: más bueno que el pan, evitaba que el Mono zumbara a algún adversario en los partidos complicados y me amansaba cuando yo era sistemáticamente rechazado para bailar danzas folclóricas en las fiestas. Nunca nos animamos a ponerle un sobrenombre, apenas un diminutivo. (Muy santito, sí, pero lo más mentiroso que había jugando al truco. Hoy es cura y cada tanto lo veo en alguna iglesia. Afuera, claro.) Como dije, mi interés eran las danzas folclóricas, pero ya fuera en el Gato o el Escondido, no daba la imagen de Martín Fierro o Juan Moreira. Mi problema era el zapateo. El pobre maestro se esforzaba en enseñarme pero…
— Lo que pasa, Tallarín, es que parece que pateás piedritas y eso no es zapateo– decía Verdalita con sinceridad.
— Un gallito raspando la tierra, ¡mirá, así!, buscando lombrices– el Mono era un poco cruel; ponía las manos detrás de la espalda, agachaba la cabeza y me remedaba.
Qué vivos, ellos sí bailaban, siempre. Yo tenía mis razones para ingresar al difícil mundo de la danza folclórica. En la clase sólo me destacaba en los dictados: cero falta y Sobresaliente 1; en lo demás, me revolvía. En los deportes, aunque era el más alto, el fisiquito no me ayudaba. En fútbol llegué a ocupar un honroso lugar en el banco de suplentes; cuando me tocó jugar enfrenté a veloces punteros y –como dirían Les Luthiers– fui derrotado con todo éxito. En básquetbol viví emocionantes partidos a sólo un metro del costado de la cancha. (Hoy, frente al televisor, dirijo a la selección uruguaya –junto con Tabárez, aunque no siempre coincidimos en los cambios– y trabajo en el taller mecánico desde hace casi treinta años). En realidad no eran las danzas folclóricas lo que me interesaba sino bailar el Pericón. La Chiquitina bailaba el Pericón; era la mejor, la preferida del maestro de danzas y las maestras. Un año menor que nosotros, creo que todos los varones soñábamos con ella. Por el pelo largo, la manera de sonreír, los ojos. El Mono y yo agregábamos otro factor, un secreto compartido: una vez la vimos en playa Las Cavas, tenía un traje de baño con pollerita… Y sí, le miramos bien de bien las piernas. ¡Las tales piernas! (Hoy supongo que eran dos palitos.) Quizás por eso nos enamoramos tanto. En los recreos zumbábamos a su alrededor y una vez el Mono dio una vuelta cambota prodigiosa.
— ¿Me vio? ¿No sabés si me vio? –preguntó anhelante.
— No, Mono, qué te va a ver, estaba en el medio de las otras hablando de Julio Jaramillo. — Yo creo que te vio al final –fue la piadosa respuesta de Verdalita–, estoy casi, casi seguro. Generalmente a la Chiquitina le tocaba bailar el Pericón con uno de los más grandes, así que cuando llegamos a sexto, las ilusiones volvieron (para mí lejanas, para el Mono y Verdalita no). Una tarde, en pleno recreo de payangas y figuritas, la conversación volvió sobre Julio Jaramillo, el ecuatoriano cuya voz estaba en todas las radios. El otoño salteño venía, como siempre, con un poco de calor y buscábamos la sombra de la galería, más larga sobre Washington Beltrán. De pronto, Luis Alberto dio unos pasos hacia el lado del patio sin sombra y empezó a cantar. Solito, a capella.
“No puedo verte triste porque me mata/ tu carita de pena; mi dulce amor/ me duele tanto el llanto que tú derramas/ que se llena de angustia mi corazón”.
La escuela entera se detuvo por la voz de aquel gurí de once años, cara de chiquilín sin maestra diría Alfredo.
“Yo sufro lo indecible si tu entristeces/ no quiero que la duda te haga llorar/ hemos jurado amarnos hasta la muerte/ y si los muertos aman/ después de muertos amarnos más”. Desde ese día pasó a ser Julio Jaramillo, nombre y apellido juntos, jamás separados. En los recreos cantaba tres canciones, ni una más, aunque le pidieran otra. Sabía más de cien. Nuestro juramento fue la preferida y la cantó dos veces más: en la quermese y en una fecha muy especial.La escuela había encontrado a su alumno dilecto Los actos se cerraban con su actuación, el patio colmado de niños, maestros, padres y vecinos, algunos muy lejanos. Además… ¡bailaba el Pericón como ningún otro! Fue, obviamente, la pareja de la Chiquitina. A nadie le extrañó cuando el rumor ganó la escuela: la Chiquitina y Julio Jaramillo se habían arreglado. A partir de entonces, estaban juntos en los recreos y él la acompañaba hasta la esquina de la casa. La otra oportunidad en que él repitió Nuestro juramento fue, precisamente, en el cumpleaños de la Chiquitina. Con los últimos versos creo que todos llorábamos (el Mono siempre lo negó pero yo sé que lloró).
“Si tú mueres primero, yo te prometo/ escribiré la historia de nuestro amor/ con toda el alma llena de sentimiento/ la escribiré con sangre/ con tinta sangre del corazón”.
Fue la última vez que lo escuché. Era curioso: ninguno de nosotros jamás sintió celos o envidia, nos parecía que Julio Jaramillo nos pertenecía, como nuestra mascota o el tío más querido. Al año siguiente me anoté en la Industrial, el Mono se dedicó a la chacra y Julio Jaramillo y Verdalita entraron al liceo. El tiempo pasó. Nos seguimos viendo cada tanto. El Mono era la mano derecha del abuelo y se había comprado una moto. Yo conseguí trabajo en un taller y a los dos años me recibí. Julio Jaramillo, que había estado varias veces en Radio Cultural, dejó de cantar cuando le cambió la voz; su noviazgo con la Chiquitina tenía ya el formato de visitas en el zaguán. Verdalita analizaba la posibilidad de estudiar para sacerdote, guiado por nuestra invalorable y delicada opinión.
— ¿Vos de cura? Dejate de joder, Verdalita. No te veo y menos me imagino diciendo ¡He pecado, Padre, perdóneme! Tas loco… (Reflexión del Mono.) — Conmigo no va a tener problema, padre cura, yo voy a entrar sólo a algún bautismo. (Confesión mía.)
Un día sucedió. Nos enteramos que Julio Jaramillo y toda la familia se habían ido de Salto. La vecina –que era el informativo de radio Salto a escala barrial– nos contó del traslado del padre pero a él lo vieron tomando la Onda una semana antes. No nos llamó por teléfono, no vino a buscarnos, a nadie dijo nada. Intentamos averiguar algo con la Chiquitina pero fue imposible. Ni siquiera Verdalita tenía información. Así, abruptamente, desapareció de nuestras vidas. Hasta hoy, hasta ahora, cuando estamos en la entrada del cementerio. Nos abrazamos con el Mono y reconocemos otros rostros que se acercan. Todos quieren despedir a Julio Jaramillo. Tenemos más abrazos.
— ¿Te das cuenta? Estuvimos juntos un año nada más y mirá…
— Se hizo querer –me dice el Mono–, se hizo querer.
— ¿Y Verdalita? –pregunto extrañado. —
Él fue quien me avisó; te llamó al taller pero no contestó nadie. El Mono me cuenta que después de la desaparición (o huida, como siempre dijo) trató de hablar con la Chiquitina; nada, ella también cortó con todos.
— ¿Se casó? –pregunto–. Supongo que se casó.
— Sí… pero se divorció. Ni sé qué es de la vida de ella.
Vemos el coche y nos apresuramos a tomar un lugar para llevar el cajón. En la capilla nos espera una figura conocida. El abrazo es fuerte.
— Tallarín, Mono, mis hermanos.
—Padre cura…
— Verdalita…
Lo miramos y él lee muchas preguntas.
— Siempre nos mantuvimos en contacto… cartas cada tres meses, llamadas en Navidad.
Quedamos en silencio y pregunto lo que muchos queremos saber.
— ¿Y por qué… aquí?
— Arregló todo para que lo trajeran. Decile a los gurises que nunca los olvidé. Ya dispuse que me lleven a Salto. Quiero estar cerca… vos sabés. Bajo la bóveda Verdalita comienza a recordar a Julio Jaramillo. Nos ayuda la memoria y volvemos a escucharlo cantando para la Chiquitina. «Si yo muero primero, es tu promesa/ sobre mi cadáver dejar caer/ todo el llanto que brote de tu tristeza/ y que todos se enteren de tu querer”. Una pequeña figura se dibuja en la entrada del cementerio y camina bajo el sol hacia nosotros; no la vemos bien, la luz es intensa; cuando entra a la penumbra la reconocemos, damos un paso atrás y dejamos que llegue hasta él para decirle adiós.