Un mundo vivo, las claves de la vigencia del célebre escritor uruguayo en pleno siglo XXI

La fortuna crítica de Juan Carlo Onetti

La vigencia de un clásico como Juan Carlos Onetti siempre está en discusión, y eso es bueno. Un indicador para medir su actualidad es su fortuna crítica. Mario Vargas Llosa le dedicó un libro entero e infeliz (El viaje a la ficción, 2008), que ya pocos recuerdan. No ocurrió lo mismo con Onetti. Los procesos de construcción del relato, de la argentina Josefina Ludmer (1939-2016), publicado por primera vez en 1977 y que se acaba de reeditar. onetti
En 2009 tuve el honor de recibir a Ludmer en el Aeropuerto de Carrasco, quien llegaba a nuestro país invitada a participar de un acto por el centenario del nacimiento de Juan Carlos Onetti. Pude acompañarla durante los dos días de su visita en los que, además de ofrecer en el Paraninfo de la Universidad una brillante exposición acerca del autor de El pozo y de El astillero, recorrió librerías y se llevó un buen número de títulos de escritores uruguayos.
Ludmer había vuelto a radicarse en Buenos Aires tras un largo período como docente en la Universidad de Yale (New Haven, Connecticut, EEUU), donde ocupó la cátedra de Literatura Hispanoamericana que había estado a cargo de Emir Rodríguez Monegal y de Sylvia Molloy. Antes había impartido clases en las universidades de Harvard, Berkeley, Princeton, Monterrey (México) y Buenos Aires, escrito decenas de artículos publicados en revistas especializadas, y publicado varios libros (ver recuadro), lo que la convirtió en una de las figuras más respetadas y brillantes de la crítica literaria hispanoamericana.
Incisiva, original, sus trabajos dieron cuenta de un espectro que ella prefería definir no como “literatura” sino como “algo mucho más amplio (y más fantasioso si se quiere) que es lo que llamo la imaginación pública: todo lo que circula, todas las imágenes y palabras que producimos y recibimos y que nos rodean y nos constituyen”, según me confesó luego en una entrevista aparecida en el El País Cultural (No. 1037). “La imaginación pública sería un trabajo anónimo y colectivo en constante movimiento y creatividad, y la literatura formaría parte de ese trabajo social. Allí es donde busco nociones, palabras, imágenes y modos de pensar que me permitan entender este presente en el que vivimos, porque las palabras y nociones que usábamos hasta hace poco hoy parecen insuficientes.”
En aquellas dos jornadas escuchó hablar del maestro, pudo ver una instalación en la cúpula del Teatro Solís donde aparecía Onetti con su afinado rostro, gruesos lentes y elegante sombrero, y se llevó una impresión de la que luego dio testimonio en el prólogo a la primera reedición de su libro Onetti. Los procesos…, ocurrida en 2009. Entonces escribió, quizás demasiado optimista, que se podía ver a Onetti “en las calles de Montevideo, ya clásico y por lo tanto dotado de función representativa”. Lo cierto es que, nueve años después, poco y nada queda del efímero homenaje y hoy la ciudad, por nadie mejor fundada que por el propio escritor, sigue sin una calle, sin una plaza, sin una esquina, sin un liceo, sin una escuela que recuerde su nombre.
Políticamente incorrecto, electoralmente insignificante, marginal en cuantiosos sentidos, Onetti es una víctima múltiple a la cual la clase política y un sector de la clase cultural —mutada en política— niega existencia, relevancia estética, y centralidad narrativa, sin importar que fue el único uruguayo que obtuvo el Premio Cervantes —esa suerte de Nobel hispano— además de convertirse con los años en una figura clave de la literatura universal, estudiada a lo largo y ancho del planeta. En esa desventura se lo ha sumido, y ello habla más del Uruguay que la peor de las diatribas.
UN MUNDO DISTINTO.
En el prólogo de 2009 Ludmer aclaraba que cuando ella escribió el libro en 1977 el mundo “era otro”, y que los instrumentos teóricos con los que había examinado la obra de Onetti, habían entrado en crisis más de treinta años después. Allí estaban “el significante de la lingüística, el deseo y el goce del psicoanálisis, y la producción y la revolución del marxismo”. En 2009, a prudente distancia de las tres corrientes, sin embargo sí resaltaba que lo que había permanecido indemne era la narrativa de Onetti, en particular la novela La vida breve (1950), a la que su abordaje crítico se dedica mayormente. Sostenía que en aquellas páginas se seguía detectando “la modernización literaria: una literatura mucho más independiente y autónoma que exhibe los signos de la pertenencia a la literatura: la novela dentro de la novela, la escritura en la escritura, la ficción en la ficción”.
Es cierto: de 1977 a 2009 (y a este 2018) el mundo cambió, pero sobre todo cambiaron las formas de mirarlo, los instrumentos y las estrategias de comprensión. “En la era Onetti, más o menos entre los años 1930 y 1980″, escribe Ludmer, “no solo se discutía la relación de la literatura con la política o la economía. Había que optar entre formas nacionales o cosmopolitas, literatura rural o urbana, realismo o vanguardia, literatura pura o social”. Observadas desde el presente, estas “categorías” parecen tan lejanas que arriesgarían invalidar desde sus fundamentos toda investigación. Pero no obstante su libro Onetti. Los procesos… sigue siendo una mirada tan exquisita como exhaustiva sobre la obra de un escritor que, sin renunciar jamás al mundo urbano, supo ponerse a necesaria distancia de aquellos debates.
Tal vez el mayor peligro que este libro afronta hoy es el peso de los instrumentos de la lingüística estructuralista en boga en aquellos años, reconocible en un regodeo en términos técnicos que ha ido perdiendo valor en el análisis crítico, y en una inclinación por lo excesivamente abstracto o críptico (las construcciones internas del lenguaje, la deconstrucción semántica, las reglas casi matemáticas —a veces forzadas o en apariencia caprichosas— aplicadas a la secuencia de capítulos, la casi absoluta prevalencia de lo simbólico y/o metonímico sobre lo figurativo). Pero sin embargo la mirada dirigida a la estructura de la novela, al lugar que en ella ocupa el autor, al vínculo entre los “reinos” de la realidad y la ficción (o ficción y sub-ficción), a la ligadura establecida entre los narradores y la acción que protagonizan, sigue siendo de una excelencia que no tiene parangón en los incontables trabajos que se han dedicado a Onetti.
Para Ludmer el mundo onettiano se constituye y adquiere consistencia definitiva en la novela La vida breve, en donde “un narrador cuenta cómo es posible que él cuente y erige, por este mero hecho, una compleja dialéctica que simula desplegarse entre ‘la realidad’, ‘la ficción’ y el sujeto que las articula”. Detenerse en estos mecanismos, desmontarlos hasta sus mínimas partículas, es la tarea esencial de Onetti. Los procesos…
EL SOCIO OCULTO.
En ese sentido, escribe: “La vida breve es una teoría sobre las posiciones, trabajo, condiciones de posibilidad y límites del narrar y de la escritura y, más específicamente, sobre el sujeto de la enunciación en la escritura”. Multifuncionalidad y polivalencia del relato, ambigüedad de las palabras que lo constituyen, ambigüedad psicológica y moral de los personajes que las enuncian —como en la vida misma—, riqueza absolutista que comprende cada una de las instancias sobre las que se asienta la narración: he ahí las claves de una novela que marca un antes y un después en las letras latinoamericanas. Hasta aquel entonces, 1950, nuestra literatura no había sido capaz, con igual intensidad, de establecer un diálogo entre la realidad, la realidad intrínseca del relato y las posibilidades de invención subyacentes en su propio desarrollo.
(El País Cultural)







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