Una novela de iniciación, de lo que será una carrera literaria con muchos y notables logros

Más John Banville.

“No me interesan las novelas, no me gustan y, de hecho, no me considero un novelista. A medida que envejezco, me doy cuenta de que soy un poeta que escribe en prosa” declaró John Banville en una entrevista, y la reedición de su novela Regreso a Birchwood, escrita en los inicios de una trayectoria que lo llevó a ganar el Irish Book Award en 2005 y el Premio Príncipe de Asturias en 2014, podría respaldarlo si no mediara una quincena de novelas entre las que se encuentra la llamada Trilogía de las revoluciones: Copérnico (1976), Kepler (1981) y La carta de Newton (1982), además de otra decena de novelas policiales firmadas bajo el seudónimo de Benjamin Black. banville
El amplio reconocimiento a las virtudes de un estilo preciso y audaz al mismo tiempo, ha traído esta vieja novela publicada en 1973, en la que sin duda Banville puso a prueba su capacidad de novelar una trama con reminiscencias familiares y la de sostener el lenguaje en el libre juego de la percepción, con los resultados irregulares de la mayoría de los ensayos. El comienzo es netamente proustiano, en el tono y la intención de evocar una granja familiar en el campo irlandés, con especial atención a los comportamientos de la luz sobre la flora y el paisaje, a las descripciones bucólicas atravesadas por la intimidad de los recuerdos. Gabriel Godkin regresa a la gran casa familiar para encontrarla convertida en una penosa ruina de la que es su único heredero. A medida que se interna en la historia de la familia, el retrato de los padres y de los abuelos, de una tía paterna que arriba con su pequeño hijo, se adensa en una espesa trama de silencios, celos y locuras que jalonan una decadencia económica y moral. Es la zona de mayor interés porque en su recorrido Banville despliega una serie de recursos a veces líricos, por momentos patéticos y no exentos de humor negro, con los que alcanza un grado de expresividad imprevisible. Es un hogar sin amor en el que todos los miembros viven de espaldas a las necesidades de los otros, pero es el lugar en el que Gabriel Godkin descubre el mundo y da rienda a sus primeras aventuras, también él a merced de los secretos que lo involucran, pero desconoce. Luego la novela da un giro radical y cuando el padre se dispone a enviar a Gabriel a un internado, el muchacho huye de la casa y con el pretexto de ir en busca de una hermana perdida —en la infancia y en una alusión anodina de las primeras páginas de la novela—, se integra a una compañía de circo. A partir de entonces el relato transita por todos los clichés de los circos errantes, con sus carretas coloreadas, sus personajes extravagantes, seductores y crueles, sus aventuras tunantes, la comedia de pícaros, la nostalgia de los caminos, la precariedad y el hambre, entonces masivo y acentuado por la gran hambruna irlandesa del siglo XIX. El relato pierde vigor, se vuelve previsible y finalmente inverosímil. Una tercera parte, notoriamente breve, se apura a revelar unos secretos familiares que deberían dar al relato una vuelta de tuerca si el pase del tornillo no hubiese quedado definitivamente mellado. La novela está malograda y no luce más que en su primera parte, pero tiene el valor de la huella en el camino de un escritor que supo conseguir muchos y mejores logros.
REGRESO A BIRCHWOOD, de John Banville. Alfaguara, 2017. Buenos Aires, 238 páginas. Distribuye Penguin Random House.
(El País)







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