Zafarrancho [no tan] solo, de Cristina Carneiro

De vez en cuando conviene detenerse, mirar hacia atrás, pero no hacia ese atrás que te señalan algunos, sino hacia donde pocos se dirigen. De vez en cuando, se encuentran cosas que estaban olvidadas o esperando nuevas visiones. Quizás, al menos para mí, el libro Zafarrancho solo, de Cristina Carneiro pueda ser un ejemplo de esto.
Hace cuatro años, entre los libros “rescatados” por la editoral Yaugurú, apareció en las librerías Zafarrancho solo, con una nota de su editor, Gustavo Wojciechowski, pero, de todas formas, su autora parece seguir siendo, sin merecerlo, una ilustre desconocida.
Breve historia: Este libro, según se hace constar en su primera edición, ganó el primer premio en la 7a. Feria Nacional de Libros y Grabados, con un jurado integrado por Ida Vitale, José Carlos Álvarez y Washington Benavídez. Esta feria, llevada adelante por Nancy Bacelo y cuyos antecedentes datan de 1958, supuso un importante impulso de difusión a partir de 1961, fecha en la que se comienza a entregar Premios. Es así que, el premio y la edición de diciembre de 1967, le corresponde a esa joven montevideana de 19 años que era Cristina Carneiro (31/10/1948). La pequeña historia de este libro continúa porque, hacia 1969, se publica una segunda edición que pocos consignan, idéntica en cuanto a su contenido y arte de tapa, pero con una reducción en lo que respecta al formato. De un libro de 14,5 por 19,5 centímetros, se pasa a uno de 13 por 16,5. Desde ese momento, hasta esta 3a edición de Yaugurú, “esa mezcla de estallido y silencio convirtió a Zafarrancho solo en un libro de culto, inencontrable desde hace años”, según comenta Roberto Apratto (“Poesía de Garet y Carneiro. Al rescate”, en El País Cultural, 31/1/09). Tal como sucede con algunos escritores particulares, salvando distancias podríamos pensar en Edgar Lee Master, el caso de Carneiro es de esos que quedan prendidos al nombre de un libro. Puedo imaginar que, en 1975, tras la aparición de su segundo título, Libro de imprecaciones, más de un lector sintió que ya estaba leyendo a otra poeta, casi completamente diferente.
¿Qué tiene
Zafarrancho solo?
Zafarrancho solo tiene, como lo dicen sus subtítulos: de todo, desamparo, chifladuras, y chau. Cabe preguntarse si es, realmente, haciendo honor a su título, un ordenamiento de la embarcación (la autora se entreveía partiendo hacia el mar de la poesía: “salimos en expedición tunante/ de tres carabelas hipocampas”), o, siguiendo otra de las acepciones del término “zafarrancho”, nada más que relajo, en el sentido más criollo de la palabra. Lo que no deja lugar a dudas es la condición de soledad implicada en este título. Soledad que se resuelve muchas veces a lo largo de la obra a través de la acumulación de elementos, de algún “catálogo del asombro” que la poeta despliega pero que, muchas veces, como dice Joaquín Sabina: “calla más de lo que dice/ pero dice la verdad”. Impronta poética esta, la del catálogo, que luego, entre 1992 y 2003, retomaría Aldo Mazzucchelli, para abrir su libro Wysiwyg, de 2004.
¿Qué dice
Zafarrancho solo?
En este libro Carneiro se nos presenta como una poeta que trasunta vitalidad, ganas de ver a lo niño, de entender el mundo desde la sencilla construcción arbitraria de las relaciones que tienen entre sí las cosas. Poeta juguetona del verso y sus aspectos fónicos, poco casual, más bien muy seria en sus picardías infantiles cuando comprueba que un gato puede aparecérsenos “agazapado/ (o agatapado, o agazarpado, o agatado,/ o simplemente gato, no me interrumpas.)”.
En más de una ocasión el encuentro entre el juego y la poesía se logra cuando la poeta parece forzar la resemantización de los sustantivos, en un trabajo continuo de aposición, eliminando, muchas veces la dificultad de la adjetivación, “de vez en cuando tengo un miedo golondrina”, “tengo un miedo sanbernardo”, “un miedo mermelada”.
En gran medida, este libro, encarna un ideal de voz poética vital, joven, entusiasta, desinhibida. Recomendable absolutamente para aquellos lectores ávidos de voces que toman la poesía como un trabajo de construcción, pero también, y quizás muy especialmente, para los que comienzan a escribir y buscan sondear hasta qué punto puede ser flexible el lenguaje y cómo, a través de determinados mecanismos, pueden lograrse verdaderas obras de arte. Carneiro se encuentra radicada, desde hace muchos años, en Inglaterra y, según pude averiguar, planea, hace ya otros tantos, la edición de su tercer poemario que (agradable noticia), saldría en Uruguay.

De vez en cuando conviene detenerse, mirar hacia atrás, pero no hacia ese atrás que te señalan algunos, sino hacia donde pocos se dirigen. De vez en cuando, se encuentran cosas que estaban olvidadas o esperando nuevas visiones. Quizás, al menos para mí, el libro Zafarrancho solo, de Cristina Carneiro pueda ser un ejemplo de esto.

Hace cuatro años, entre los libros “rescatados” por la editoral Yaugurú, apareció en las librerías Zafarrancho solo, con una nota de su editor, Gustavo Wojciechowski, pero, de todas formas, su autora parece seguir siendo, sin merecerlo, una ilustre desconocida.

Breve historia: Este libro, según se hace constar en su primera edición, ganó el primer premio en la 7a. Feria Nacional de Libros y Grabados, con un jurado integrado por Ida Vitale, José Carlos Álvarez y Washington Benavídez. Esta feria, llevada adelante por Nancy Bacelo y cuyos antecedentes datan de 1958, supuso un importante impulso de difusión a partir de 1961, fecha en la que se comienza a entregar Premios. Es así que, el premio y la edición de diciembre de 1967, le corresponde a esa joven montevideana de 19 años que era Cristina Carneiro (31/10/1948). La pequeña historia de este libro continúa porque, hacia 1969, se publica una segunda edición que pocos consignan, idéntica en cuanto a su contenido y arte de tapa, pero con una reducción en lo que respecta al formato. De un libro de 14,5 por 19,5 centímetros, se pasa a uno de 13 por 16,5. Desde ese momento, hasta esta 3a edición de Yaugurú, “esa mezcla de estallido y silencio convirtió a Zafarrancho solo en un libro de culto, inencontrable desde hace años”, según comenta Roberto Apratto (“Poesía de Garet y Carneiro. Al rescate”, en El País Cultural, 31/1/09). Tal como sucede con algunos escritores particulares, salvando distancias podríamos pensar en Edgar Lee Master, el caso de Carneiro es de esos que quedan prendidos al nombre de un libro. Puedo imaginar que, en 1975, tras la aparición de su segundo título, Libro de imprecaciones, más de un lector sintió que ya estaba leyendo a otra poeta, casi completamente diferente.

¿Qué tiene

Zafarrancho solo?

Zafarrancho solo tiene, como lo dicen sus subtítulos: de todo, desamparo, chifladuras, y chau. Cabe preguntarse si es, realmente, haciendo honor a su título, un ordenamiento de la embarcación (la autora se entreveía partiendo hacia el mar de la poesía: “salimos en expedición tunante/ de tres carabelas hipocampas”), o, siguiendo otra de las acepciones del término “zafarrancho”, nada más que relajo, en el sentido más criollo de la palabra. Lo que no deja lugar a dudas es la condición de soledad implicada en este título. Soledad que se resuelve muchas veces a lo largo de la obra a través de la acumulación de elementos, de algún “catálogo del asombro” que la poeta despliega pero que, muchas veces, como dice Joaquín Sabina: “calla más de lo que dice/ pero dice la verdad”. Impronta poética esta, la del catálogo, que luego, entre 1992 y 2003, retomaría Aldo Mazzucchelli, para abrir su libro Wysiwyg, de 2004.

¿Qué dice

Zafarrancho solo?

En este libro Carneiro se nos presenta como una poeta que trasunta vitalidad, ganas de ver a lo niño, de entender el mundo desde la sencilla construcción arbitraria de las relaciones que tienen entre sí las cosas. Poeta juguetona del verso y sus aspectos fónicos, poco casual, más bien muy seria en sus picardías infantiles cuando comprueba que un gato puede aparecérsenos “agazapado/ (o agatapado, o agazarpado, o agatado,/ o simplemente gato, no me interrumpas.)”.

En más de una ocasión el encuentro entre el juego y la poesía se logra cuando la poeta parece forzar la resemantización de los sustantivos, en un trabajo continuo de aposición, eliminando, muchas veces la dificultad de la adjetivación, “de vez en cuando tengo un miedo golondrina”, “tengo un miedo sanbernardo”, “un miedo mermelada”.

En gran medida, este libro, encarna un ideal de voz poética vital, joven, entusiasta, desinhibida. Recomendable absolutamente para aquellos lectores ávidos de voces que toman la poesía como un trabajo de construcción, pero también, y quizás muy especialmente, para los que comienzan a escribir y buscan sondear hasta qué punto puede ser flexible el lenguaje y cómo, a través de determinados mecanismos, pueden lograrse verdaderas obras de arte. Carneiro se encuentra radicada, desde hace muchos años, en Inglaterra y, según pude averiguar, planea, hace ya otros tantos, la edición de su tercer poemario que (agradable noticia), saldría en Uruguay.







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