Lic. Carmen Curbelo: Proyecto Mataojo investiga antecedentes de la presencia de indígenas guaraníes en la región

Lic. Carmen Curbelo: Proyecto Mataojo investiga antecedentes de  la presencia de indígenas guaraníes en la región

Lic. Carmen Curbelo es una de las especialistas involucradas en el Proyecto Mataojo y aporta a este informe datos muy significativos que tienen que ver con el trabajo de investigación.
“El tema indígena que es tan nebuloso en el conocimiento popular, y el concepto de indígena misionero es importante que se comprenda en su justa dimensión” – indicó la especialista en entrevista con ELPUEBLO
-Desde hace cuánto tiempo está vinculada a la especialidad y cómo fue que se conectó con el Proyecto Mataojo?
– “Estoy trabajando en la investigación arqueológica de la presencia de indígenas originarios de las Misiones Jesuíticas del Paraguay desde el año 1995 en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Desde 2005 creamos un Programa para desarrollar un enfoque interdisciplinario del tema: Programa Rescate del Patrimonio Indígena Misionero. Norte del  Río Negro. Uruguay (PROPIM) en el marco de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación y de la Casa Universitaria de Tacuarembó (PRET Noreste) de la Udelar.
Se cuenta con una base de investigación histórica muy importante a nivel nacional realizada por investigadores como: Rodolfo González Risotto, Óscar Padrón Favre, Mario Callota, Natalio Vadell, Susana Rodríguez entre muchos otros el Programa investiga la temática desde diferentes disciplinas.
Desde 2005, Biodemografía a cargo de la Dra. Isabel Barreto, Arqueología a mi cargo, cine etnográfico a cargo del cineasta Alejandro Ferrari.
Recientemente se han incorporado el Mg. Darío Arce para  Antropología Social y la Dra. Magdalena Coll para Lingüística de la misma Facultad.
Se ha trabajado según la temática y los objetivos en diferentes lugares del Departamento de Tacuarembó, Artigas, Salto y Paysandú y en algunos casos ha involucrado todo el territorio nacional como es el caso del relevamiento de objetos de origen misionero en nuestro territorio.
En cuanto al Proyecto marco denominado Mataojo, fue una brillante y muy bienvenida iniciativa del Prof. Mario Trindade, director del Museo de Arqueología de Salto, para generar un trabajo conjunto que quedó enmarcado en una propuesta más general: por un lado una investigación sobre grupos aborígenes prehistóricos y por el otro, nuestra temática sobre aborígenes también pero que se desarrolla durante el período histórico, es decir, la documentación escrita forma parte de los datos que manejamos.
De esa forma y dentro de nuestra línea de trabajo estamos desarrollando, junto con el Museo de Arqueología,  un proyecto de investigación que toma como punto de partida las prácticas funerarias de los individuos indígenas misioneros –monumentos funerarios, lugares de enterramiento y sus significados- para aproximarnos, por un lado, al conocimiento de dichas prácticas y por otro, para conocer los lugares donde hubo poblaciones de indígenas misioneros fundamentalmente en la primera mitad del siglo XIX, en el actual territorio salteño.
El conocimiento de ambos nos permitirá investigar a partir de excavaciones, algunas áreas y aproximarnos a las costumbres y rituales vinculados con la muerte de estos individuos”.
– ¿Qué datos importantes se han podido lograr hasta el momento, en cuanto a las características de los indios misioneros en la región?.
“Para responder a esta pregunta primero hay que definir que es un indígena misionero.
Ello nos remonta a una breve síntesis de lo que fueron las Misiones Jesuíticas del Paraguay, generadas desde principios del siglo XVII por la Compañía de Jesús a pedido de la Corona Española por motivos políticos y humanitarios con los indígenas.
El objetivo era captar y catequizar grupos indígenas sobre todo habitantes de las áreas selváticas de los ríos Paraná, Paraguay y Alto Uruguay, que hablaban con más o menos diferencias dialectales, el guaraní, y cuyas costumbres eran más o menos similares.
Vivían en aldeas de hasta 300 personas, construían grandes casas hechas con troncos que sostenían un techo de hojas de palma; en cada una de ellas convivían unas 50 a 80 personas unidas por parentesco.
Plantaban zapallo, maíz, porotos, mandioca, maní entre otros y cazaban monos, pecaríes, aves, etc.
Las aldeas o tekó’a en guaraní, permanecían unos seis años en el mismo lugar hasta que se agotaba la tierra y debían mudarse a otro paraje.
A nivel político estaban dirigidas por un cacique, y los aspectos rituales dentro de los que se incluía la medicina estaban en manos de un shamán o pajé. Fabricaban herramientas de piedra pulida: piedras lenticulares para arrojar con honda, puntas de proyectil, mazas y para el trabajo hachas pulidas.
Producían vasijas de cerámica.
Estaban en guerra muy a menudo con los grupos vecinos y practicaban antropofagia ritual con algunos de los individuos enemigos elegidos para ello.
Los jesuitas captaron la mayor cantidad posible de estas tekó’a y fundaron pueblos que incluían a muchas de esas aldeas.
Sin embargo, no todos los indígenas reducidos eran de origen amazónico.
Las misiones más sureñas como Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé, San Borja en algún caso se fundaron con y albergaban familias de grupos de cazadores recolectores del área de praderas: charrúas, guenoas y yaros que manejaban el guaraní como segunda lengua desde antes de la llegada de los conquistadores.
Es por esta razón que preferimos usar el término indígena misionero y no guaraní misionero.
Los Jesuitas usaron el guaraní como lengua general para todas las misiones e imponen a los indígenas el espacio ordenado del pueblo misionero y el horario rígido de actividades, donde la práctica de la religión católica era el eje.
La yerba mate y la ganadería eran las grandes fuentes de sostén económico de las Misiones, sumado a la agricultura de todo lo que ya conocían los indígenas y en menor cantidad el trigo, originario del Viejo Mundo.
Las actividades en los pueblos consistían en agricultura, ganadería, cuidado y cosecha de yerba, hilado y tejido de algodón, las prácticas del culto religioso, aprendizaje de música e instrumentos musicales.
Algunos individuos, varones, eran los elegidos para el trabajo en los talleres: talla de imágenes religiosas, producción de cerámica con torno, fabricación de tejas, baldosas, fabricación de instrumentos musicales, fundido de campanas entre otros. Los caciques y sus familias recibían enseñanza de idioma español.
Desde 1609 hasta 1768 funcionaron las Misiones a cargo de los Jesuítas teniendo en su época de apogeo treinta pueblos con un promedio de dos mil quinientas personas cada uno y un extenso territorio para yerbatales y ganadería.
Desde nuestro Río Negro, se extendían hacia el norte los territorios de estancia misioneros.
Cuando en 1768 son expulsados los jesuitas del territorio americano, las misiones quedan bajo administración española.
El cambio en la organización de tareas que habían generado los jesuitas produce un quiebre en la vida cotidiana de los indígenas misioneros que se traduce en la rápida despoblación de los pueblos, el abandono de las actividades económicas y la miseria.
Más adelante, a partir de 1801, se desatan cruentas guerras por la posesión del territorio misionero. Primero desde Portugal, luego el novísimo Paraguay y las provincias de Corrientes y Entre Ríos y hasta la Oriental desde donde Artigas a través de Andrés Guacurarí, intenta recuperar el territorio misionero para la Liga Federal.
Este panorama provoca grandes migraciones de individuos que huyen de la guerra, la miseria y la muerte en los pueblos o más al sur, de los enemigos de Artigas que los persiguen por haberlo apoyado, y terminan formando poblados en nuestro territorio.
Una de las regiones más densamente ocupada fue el litoral oriental del río Uruguay desde el departamento de Paysandú hasta Artigas, y fundamentalmente Salto.
Hasta aquí una muy sucinta y simplificada introducción para comprender quienes eran los indígenas misioneros.
La expresión indígena misionero se refiere a aquellos individuos originarios de los pueblos misioneros jesuíticos, tanto “guaraníes” como charrúas, yaros o guenoas, y cuyas costumbres, tanto en lo material como en lo simbólico, los hacen diferentes  a otros indígenas, aún de sus mismos grupos, y a los criollos.
Decenas de años y generaciones viviendo en las reducciones modificaron las costumbres aborígenes pero no las borraron todas, generándose una intrincada mezcla entre lo aborigen y lo occidental.
Perduraron por ejemplo, la tecnología de manufactura de cerámica, la lengua, la organización por cacicazgos, la ausencia de los conceptos de ahorro, de trabajo y de culpa tal y como son concebidos por nuestra sociedad, la ritualidad. Otras fueron adquiridas durante el tiempo misionero: el gusto casi exclusivo por la carne de vaca, la jerarquización y poder creciente de los caciques, la desaparición de sus ritos  ancestrales sustituidos por los sacerdotes y con ello la imposición y adopción de la religión católica.
La expulsión de los jesuitas genera poco a poco un nuevo quiebre cultural: la relación con la sociedad criolla que antes estaba prohibida, la falta de controles rígidos para realizar las actividades, una administración errante.
Todo ello implica a los indígenas misioneros una nueva reestructuración de la realidad para poder sobrevivir.
Por lo tanto y para llegar a la pregunta: los indígenas misioneros fueron un grupo humano unido por costumbres particulares -síntesis de lo aborigen y lo occidental-, por ancestros y memoria comunes, que lo transforma en un grupo con identidad propia, la cual puede ser reconocida: a través de la documentación escrita producida por ellos –cartas y documentos de reclamo, protesta, decisiones, adhesiones a causas bélicas como en el caso de Artigas y la defensa de Misiones, etc.-; a nivel arqueológico, a partir de los restos materiales originados por ellos: vasijas de cerámica con formas propias, los restos de alimentación exclusivamente vacunos, piedra tallada para sustituir la escasez de metal, entre otros.
No es una suma de costumbres indígenas y occidentales, es la inter actuación durante largos años de ambas y la ocurrencia de muchos y complejos procesos de cambio en las costumbres –unos de adaptación otros de resistencia pasiva- con multitud de actores –jesuitas, españoles, portugueses y criollos como mínimo- .
Por lo tanto, hoy en nuestro territorio, no hay forma de caracterizar a un indígena misionero porque ya desde la década de 1870 se perdieron los últimos grupos que mantenían su identidad estando juntos.
Paradójicamente, en la misma época se perdía el último grupo charrúa también en nuestro territorio.
Al igual que ocurrió con todos los aborígenes americanos, independientemente de si practicaban los ritos católicos, o eran excelentes artesanos o domadores, en última instancia eran “indios”, considerados inferiores y distintos por la sociedad “blanca” occidental y por lo tanto condenados a ser invisibles y sin voz. Su destino fueron los grupos más pobres de la sociedad que continúan no teniendo voz y siendo invisibles.
Nuestra realidad actual natural y cultural es producto de hechos que ocurrieron en el pasado –y obviamente estos mencionados aquí no son los únicos-, sean o no visibles para nosotros, los aceptemos o no.
Sin embargo, quedan muchas permanencias vinculadas a su presencia. Solo a modo de ejemplo mencionamos: toda la toponimia del norte del río Negro en guaraní, consecuencia de la continuación del uso de ese espacio por individuos guaraní parlantes en tiempos históricos; el uso de la yerba mate en una de las costumbres que más nos caracteriza; restos arqueológicos de las ocupaciones: decenas de imágenes religiosas hechas por los propios indígenas en las misiones y traídas por ellos, campanas, sitios de enterramiento y monumentos funerarios, restos de pueblos con sus casas, basureros, iglesia, plaza,  ya desaparecidos como es el caso de San Francisco de Borja del Yí  en Florida o Bella Unión por citar algunos y miles de descendientes.
El aporte poblacional que significó para todo nuestro territorio la presencia de estos individuos es poco conocido a nivel popular, aunque hay historiadores que desde hace tiempo lo han dejado bien claro.
Son inmigrantes desconocidos y por alguna razón no clara, no tenidos en cuenta en la historia institucional.
Sin embargo, aún es posible identificar su rol y su presencia en los procesos históricos que dan forma a la sociedad y al paisaje cultural actual a través de estudios multidisciplinarios y la voz de sus descendientes”.
– ¿Cuánto piensa usted que va a llevar tener conclusiones detalladas de esta investigación?.
En el caso de Mataojo, el subproyecto Ubicación de áreas de asentamiento de indígenas misioneros a través de cementerios y monumentos funerarios está planificado para dos años iniciales que cumplan con los objetivos de:
Ubicar y relevar áreas de enterramiento y monumentos funerarios.
Conocer cronologías, emplazamientos y disposición.
Conocer costumbres funerarias.
Relevar e interpretar textos, íconos y simbología empleadas.
Conocer la asociación de las áreas de cementerio con poblados
Investigar arqueológicamente los emplazamientos ubicados.
Cumplida esta etapa, se verá la continuidad de la misma línea con otros objetivos, el inicio de la investigación de otras permanencias  o la finalización del trabajo en el área.
– En su área… ¿Cómo es la dinámica de trabajo?.
La investigación arqueológica abarca diferentes acciones y actividades por lo cual la dinámica es muy variable.
Se realiza una gran cantidad de trabajo de laboratorio durante toda la investigación: estudio de mapas, de todo tipo de fuentes de datos: documentos escritos en nuestro caso, objetos, antecedentes de otras investigaciones, preparación de las salidas de campo. Luego de vuelta del campo el acondicionamiento de los materiales, análisis e interpretación de los mismos, producción de informes técnicos y de difusión.  De hecho, la actividad más visible y llamativa de la arqueología que es la excavación, ocupa mucho menos tiempo que la de laboratorio que es la menos visible y conocida. Por cada día de campo se calculan unos seis de laboratorio.
La actividad arqueológica en el campo genera muchas expectativas, alimenta la imaginación popular.
El cine y las novelas han hecho de la arqueología una disciplina fantástica, descubridora de secretos y tesoros antiguos, rodeada de maldiciones y sorpresas.
Una aventura irresponsable donde lo que importa es el tesoro, el objeto sagrado o hermoso ligado en general a las civilizaciones monumentales y todo lo que se estropee o rompa para llegar a él carece de importancia.
Nada más lejos de eso que la real investigación arqueológica.
La arqueología investiga formas de vivir y de pensar y lo hace a través del estudio de la totalidad de los restos que permanecen en el tiempo después de una actividad humana cualquiera.
Los objetos y su ubicación en el lugar, su relación con otros restos como fogones, basurales, cementerios o restos de viviendas, por ejemplo.
En resumen todos los restos materiales, las modificaciones que quedan en el lugar ocupado y su relación con el resto del territorio son estudiados por el arqueólogo.
Cada vez la arqueología tiende más a ser lo menos destructiva posible.
Si el sitio no corre peligro de desaparecer, si el estudio de materiales y diagnóstico puede ser hecho en campo y que los materiales queden allí tanto mejor, si se puede evitar la excavación y resolver el problema planteado sin hacerlo, mejor; si se puede evitar sacar el barco del agua mejor.
Los costos de mantenimiento y depósito de los materiales arqueológicos recuperados es muy alto y si ello no está asegurado, no se deberían tocar. Obviamente no siempre es posible y la excavación para el estudio de muchos sitios sigue siendo la metodología básica y principal.
El arqueólogo también es un factor de modificación y en el caso de las técnicas arqueológicas de intervención –excavación, sondeo, recolección superficial- su aplicación mal hecha significa la desaparición de testimonios que ya no se podrán recuperar más.
Eso involucra materiales perecederos como el hueso por ejemplo, pero sobre todo, las relaciones entre los objetos que es una de las informaciones más importantes. Recoger materiales arqueológicos sin registro y porque sí, aunque estén en la superficie, implica desestructurar una realidad que puede aportar información valiosa sobre los hombres y mujeres que allí actuaron, aunque a simple vista no lo parezca.
El material recogido con mal registro o ninguno ya no aportará información para conocer al grupo humano que lo fabricó y usó.
Cualquier actividad de intervención arqueológica es altamente planificada, rigurosamente registrada porque el fin último es conocer las costumbres de los individuos que dejaron esos rastros de actividad en el lugar investigado, a partir de una lectura que comienza al revés.
Comenzamos arriba con la última página del libro yendo hacia abajo donde se escribieron las primeras líneas.
La irresponsabilidad sobre la manipulación de objetos arqueológicos implica faltarle a toda la sociedad a quien de hecho pertenecen esos conocimientos.
Por último existe una dinámica particular en lo que se refiere a la relación y la participación de la comunidad durante toda la investigación.
La sociedad tiene derecho a demandar información y devolución de las actividades que atañen al pasado del lugar donde viven.
Por ello, las actividades de difusión y extensión en las comunidades locales y asociadas a los temas y sitios en estudio forman parte natural de las actividades de una investigación.
Por lo tanto, todos los que participamos de este proyecto estamos dispuestos para este tipo de entrevistas, y generaremos instancias de charlas, conferencias y trabajo programado con escuelas y liceos durante su realización. www.fhuce.edu.uy/propim forma parte de los sitios autorizados para consulta en el Plan CeibaL”.