Muy respetable

A principios de febrero último, ataques terroristas en Timaco (Nariño) y Villa Rica (Cauca), en Colombia, dejaron 17 muertos y más de 90 heridos. Ante estos hechos el diario El Espectador, de Bogotá, se negó a publicar en su portada, las fotografías de los atentados, optando por un gran letrero que decía “NO, al terrorismo”.
El director del medio, Fidel Cano, explicó que lo que se buscaba era no hacerle apología a los actos terroristas.
Seguramente que la posición de Cano puede ser discutible, pero nos resulta sumamente respetable, en cuanto es  asumir precisamente la responsabilidad social de los medios de comunicación masiva.
Los grupos terroristas, sean de la ideología que sean buscan atemorizar a la población y mediante sus acciones demenciales, que no respetan a la vida en forma alguna, esos es, sea de niños, hombres o mujeres, pretenden conseguir sus propósitos.
Prestarse a la publicación de escenas de las consecuencias de sus atentados es precisamente contribuir a que logren su propósito, al menos intimidatorio.
Seguramente quienes cuestionan la actitud de Cano, señalarán que los medios no deben ocultar información alguna y al negarse a publicar las desastrosas consecuencias del terrorismo, estaríamos ocultando precisamente una realidad que la sociedad debe conocer y combatir.
Entendemos que es una cuestión donde confluyen ética y profesionalismo, dos valores a armonizar cuidadosamente, porque el derecho a conocer la verdad y la realidad, es importante, pero también lo es la responsabilidad social del medio de comunicación que no tiene por qué registrar todo lo que sucede y sobre todo no está obligado a publicar las escenas en toda su crudeza.
Una buena pluma es capaz de dar a conocer toda la realidad, de describir y “pintar” la crueldad y la insana de estas acciones, sin necesidad de acompañarlas de las fotografías tan cuestionadas.
Estamos bastante lejos de entender que los medios de comunicación no son, o no deberían de ser al menos, un simple altoparlante que se usa para reproducir todo lo que uno quiera reproducir sencillamente porque son cosas que suceden… o porque hay alguien que quiere dar a conocer algo.
Entendemos que los medios tienen la responsabilidad ineludible de discernir qué es publicable y qué no lo es. Cómo debe publicarse y cuando debe publicarse.
En caso contrario terminan prestándose directa o indirectamente a las campañas y las aspiraciones de determinados políticas o ideologías, que los usan ingenuamente o se dejan usar para sacar algún tipo de ventajilla.
No nos inscribimos en esta línea, por eso, compartimos plenamente la posición de “El Espectador” en este caso.
Alberto Rodríguez Díaz.

A principios de febrero último, ataques terroristas en Timaco (Nariño) y Villa Rica (Cauca), en Colombia, dejaron 17 muertos y más de 90 heridos. Ante estos hechos el diario El Espectador, de Bogotá, se negó a publicar en su portada, las fotografías de los atentados, optando por un gran letrero que decía “NO, al terrorismo”.

El director del medio, Fidel Cano, explicó que lo que se buscaba era no hacerle apología a los actos terroristas.

Seguramente que la posición de Cano puede ser discutible, pero nos resulta sumamente respetable, en cuanto es  asumir precisamente la responsabilidad social de los medios de comunicación masiva.

Los grupos terroristas, sean de la ideología que sean buscan atemorizar a la población y mediante sus acciones demenciales, que no respetan a la vida en forma alguna, esos es, sea de niños, hombres o mujeres, pretenden conseguir sus propósitos.

Prestarse a la publicación de escenas de las consecuencias de sus atentados es precisamente contribuir a que logren su propósito, al menos intimidatorio.

Seguramente quienes cuestionan la actitud de Cano, señalarán que los medios no deben ocultar información alguna y al negarse a publicar las desastrosas consecuencias del terrorismo, estaríamos ocultando precisamente una realidad que la sociedad debe conocer y combatir.

Entendemos que es una cuestión donde confluyen ética y profesionalismo, dos valores a armonizar cuidadosamente, porque el derecho a conocer la verdad y la realidad, es importante, pero también lo es la responsabilidad social del medio de comunicación que no tiene por qué registrar todo lo que sucede y sobre todo no está obligado a publicar las escenas en toda su crudeza.

Una buena pluma es capaz de dar a conocer toda la realidad, de describir y “pintar” la crueldad y la insana de estas acciones, sin necesidad de acompañarlas de las fotografías tan cuestionadas.

Estamos bastante lejos de entender que los medios de comunicación no son, o no deberían de ser al menos, un simple altoparlante que se usa para reproducir todo lo que uno quiera reproducir sencillamente porque son cosas que suceden… o porque hay alguien que quiere dar a conocer algo.

Entendemos que los medios tienen la responsabilidad ineludible de discernir qué es publicable y qué no lo es. Cómo debe publicarse y cuando debe publicarse.

En caso contrario terminan prestándose directa o indirectamente a las campañas y las aspiraciones de determinados políticas o ideologías, que los usan ingenuamente o se dejan usar para sacar algún tipo de ventajilla.

No nos inscribimos en esta línea, por eso, compartimos plenamente la posición de “El Espectador” en este caso.

Alberto Rodríguez Díaz.

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El riesgo de reacción impulsiva

El crimen del trabajador de La Pasiva, padre de cinco hijos,  ha motivado a mucha gente a movilizarse y tratar de hacer algo para frenar una situación de inseguridad que se advierte como cada día más grave.
El tema de la seguridad nacional es uno de los más importantes y graves que tenemos los uruguayos. No alcanza con la polémica y la retórica que se plantea en torno a causas y consecuencias.
Lo que no hemos visto hasta el momento es encauzar una verdadera posición conjunta y armónica para enfrentar un tema que tiene profundas raíces sociales.
Ante estas discusiones banales que suponen una pérdida de tiempo injustificable,  la delincuencia avanza.
Se han dejado de lado todos los códigos, al punto que se registran hechos “de otros países”, que los uruguayos no soñamos con ver en nuestra tierra jamás.
Lamentablemente el sistema de vigilancia, prevención y represión de los delitos sigue enredado en una serie de dudas, contradicciones y confusión, que sólo beneficia a los malvivientes debido a la ineficacia de estos controles.
Ante esta situación, se corre un enorme riesgo, aquellas personas que sufren en carne propia crímenes aberrantes, lógicamente tienen como primera reacción el deseo de tomar la Justicia en sus propias manos. No es seguramente una medida que se comparta, ni se justifique por supuesto, porque nos llevaría a un profundo caos, pero también seguramente que es una reacción que se entiende.
No queremos estar en la piel de esos hijos a quienes le matan alevosamente su padre, ni de esos padres que ven como su hijo es asesinado mientras se halla trabajando para llevar el pan a su familia.
Va llegando la hora de que entendamos que no saldremos nunca de esta situación si no asumimos que sólo juntos, entre todos, podemos salir. En caso contrario, cada vez le estamos entregando más terreno a la delincuencia.
Hemos repetido hasta el cansancio que hay acá dos medidas que deben tomarse simultáneamente y ya, aunque sus resultados no pueden esperarse en lo inmediato.
En primer lugar, debemos comprometernos con las medidas que permitan enfrentar las causas sociales del problema. Mientras sigamos mirando para otro lado y dejando que ” a este problema los arreglen otros…”, no asistiremos más que al agravamiento de la cuestión.
Al mismo tiempo, es necesario ajustar la prevención y la represión del delito y también en este plano es imprescindible que todos asumamos el compromiso de luchar contra el delito, de atestiguar, cuando vemos algo, cuando oímos o sabemos de diferentes formas, algo que pueda llevar a evitar o aprender a los delincuentes.
Sin compromiso colectivo no hay salida y las reacciones impulsivas pueden embretarnos en situaciones nefastas.

El crimen del trabajador de La Pasiva, padre de cinco hijos,  ha motivado a mucha gente a movilizarse y tratar de hacer algo para frenar una situación de inseguridad que se advierte como cada día más grave.

El tema de la seguridad nacional es uno de los más importantes y graves que tenemos los uruguayos. No alcanza con la polémica y la retórica que se plantea en torno a causas y consecuencias.

Lo que no hemos visto hasta el momento es encauzar una verdadera posición conjunta y armónica para enfrentar un tema que tiene profundas raíces sociales.

Ante estas discusiones banales que suponen una pérdida de tiempo injustificable,  la delincuencia avanza.

Se han dejado de lado todos los códigos, al punto que se registran hechos “de otros países”, que los uruguayos no soñamos con ver en nuestra tierra jamás.

Lamentablemente el sistema de vigilancia, prevención y represión de los delitos sigue enredado en una serie de dudas, contradicciones y confusión, que sólo beneficia a los malvivientes debido a la ineficacia de estos controles.

Ante esta situación, se corre un enorme riesgo, aquellas personas que sufren en carne propia crímenes aberrantes, lógicamente tienen como primera reacción el deseo de tomar la Justicia en sus propias manos. No es seguramente una medida que se comparta, ni se justifique por supuesto, porque nos llevaría a un profundo caos, pero también seguramente que es una reacción que se entiende.

No queremos estar en la piel de esos hijos a quienes le matan alevosamente su padre, ni de esos padres que ven como su hijo es asesinado mientras se halla trabajando para llevar el pan a su familia.

Va llegando la hora de que entendamos que no saldremos nunca de esta situación si no asumimos que sólo juntos, entre todos, podemos salir. En caso contrario, cada vez le estamos entregando más terreno a la delincuencia.

Hemos repetido hasta el cansancio que hay acá dos medidas que deben tomarse simultáneamente y ya, aunque sus resultados no pueden esperarse en lo inmediato.

En primer lugar, debemos comprometernos con las medidas que permitan enfrentar las causas sociales del problema. Mientras sigamos mirando para otro lado y dejando que ” a este problema los arreglen otros…”, no asistiremos más que al agravamiento de la cuestión.

Al mismo tiempo, es necesario ajustar la prevención y la represión del delito y también en este plano es imprescindible que todos asumamos el compromiso de luchar contra el delito, de atestiguar, cuando vemos algo, cuando oímos o sabemos de diferentes formas, algo que pueda llevar a evitar o aprender a los delincuentes.

Sin compromiso colectivo no hay salida y las reacciones impulsivas pueden embretarnos en situaciones nefastas.

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No nos prestemos al delito

Las leyes uruguayas se caracterizan muchas veces por irse de un extremo al  otro, dejándonos la idea de que no hay nadie que “evalúe” y realmente legisle sobre aspectos generales que llevan a situaciones si no absurdas, al menos injustas.
Nos explicamos, en el Uruguay en estos momentos el abigeato -robo de ganado – es uno de los delitos de mayor preocupación.
Ya no se trata de que haya alguien que roba una oveja para comer con su familia, como muy líricamente opinábamos en aquellos años en que estos robos eran esporádicos y, por lo tanto, entendíamos que  era exagerado considerarlos simples “ladrones” por esta situación.
Si bien siempre tuvimos claro que no era el camino correcto en una sociedad que mal o bien tiene sus leyes, podíamos entender situaciones extremas que llevaban a estas acciones.
Existen “épocas” en que el delito de abigeato recrudece y va de la mano seguramente con deficiencias en los controles o sencillamente con épocas en que la policía prioriza el combate a otro tipo de delitos, probablemente con mayor “prensa” que los robos de ganado.
Sin embargo, el robo de ganado,  en otros países es casi inexistente y podría reducirse sensiblemente si se usaran sistemas electrónicos de vigilancia. Esto es, si los chip de la trazabilidad fueran dotados de otros elementos que permitieran el rastreo permanente de los animales. Obviamente que esto tendría un alto costo en materia de personal capacitado y dotado de los recursos necesarios para acudir en cada momento al lugar donde se produjera un hecho sospechoso de ser abigeato.
Los robos de ganado hoy no se hacen porque la gente tenga hambre y no tenga para comer. Planes sociales suficientes y adecuados hay para atender estas necesidades. Los robos responden a verdaderas organizaciones dedicadas al robo y la venta de carne. Organizaciones que a menudo involucran no sólo a lo ladrones en sí, sino a comerciantes y otras personas que se prestan para realizara el hecho en sí o cobijarlo.
Para que tengan éxito estas acciones delictivas, además debe haber un mercado suficientemente demandante como para la rápida colocación de la carne.
Esta es la cuestión, cada uno de nosotros tiene una cuota parte en ella. Cuando compramos carne de dudosa procedencia sabemos que de alguna manera nos estamos prestando a estas acciones, como cuando compramos en una feria cosas a precios sensiblemente menores.
Tengámoslo presente.

Las leyes uruguayas se caracterizan muchas veces por irse de un extremo al  otro, dejándonos la idea de que no hay nadie que “evalúe” y realmente legisle sobre aspectos generales que llevan a situaciones si no absurdas, al menos injustas.

Nos explicamos, en el Uruguay en estos momentos el abigeato -robo de ganado – es uno de los delitos de mayor preocupación.

Ya no se trata de que haya alguien que roba una oveja para comer con su familia, como muy líricamente opinábamos en aquellos años en que estos robos eran esporádicos y, por lo tanto, entendíamos que  era exagerado considerarlos simples “ladrones” por esta situación.

Si bien siempre tuvimos claro que no era el camino correcto en una sociedad que mal o bien tiene sus leyes, podíamos entender situaciones extremas que llevaban a estas acciones.

Existen “épocas” en que el delito de abigeato recrudece y va de la mano seguramente con deficiencias en los controles o sencillamente con épocas en que la policía prioriza el combate a otro tipo de delitos, probablemente con mayor “prensa” que los robos de ganado.

Sin embargo, el robo de ganado,  en otros países es casi inexistente y podría reducirse sensiblemente si se usaran sistemas electrónicos de vigilancia. Esto es, si los chip de la trazabilidad fueran dotados de otros elementos que permitieran el rastreo permanente de los animales. Obviamente que esto tendría un alto costo en materia de personal capacitado y dotado de los recursos necesarios para acudir en cada momento al lugar donde se produjera un hecho sospechoso de ser abigeato.

Los robos de ganado hoy no se hacen porque la gente tenga hambre y no tenga para comer. Planes sociales suficientes y adecuados hay para atender estas necesidades. Los robos responden a verdaderas organizaciones dedicadas al robo y la venta de carne. Organizaciones que a menudo involucran no sólo a lo ladrones en sí, sino a comerciantes y otras personas que se prestan para realizara el hecho en sí o cobijarlo.

Para que tengan éxito estas acciones delictivas, además debe haber un mercado suficientemente demandante como para la rápida colocación de la carne.

Esta es la cuestión, cada uno de nosotros tiene una cuota parte en ella. Cuando compramos carne de dudosa procedencia sabemos que de alguna manera nos estamos prestando a estas acciones, como cuando compramos en una feria cosas a precios sensiblemente menores.

Tengámoslo presente.

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Mejor que otros, pero para nada bien

Según un estudio difundido por una organización denominada “LatinoBarómetro”, Uruguay es el país menos violento de América Latina.
Si bien puede relativizarse esta calificación, dado que no se tienen elementos comparativos para saber como evoluciona, o sea si la situación de hoy, con ser la menos violenta de América, significa de todas maneras que es bastante más violenta que en años recientes o por el contrario es indicativa de un mantenimiento de las condiciones de poca violencia de años atrás.
Esta es en realidad la cuestión. Es además muy importante saber qué elementos se han tenido en cuenta para llegar a esta calificación.
Si se ha reducido a tener en cuenta las cifras de delitos, por supuesto que Uruguay, por un tema de población y extensión territorial seguramente aparecerá con números menores a todas las demás naciones.
Puede ser distinta la situación si se compara estas cifras porcentualmente con el total de su población, por ejemplo.
Si el 1 por ciento de Brasil delinquiera, serían 2.000.000 de Brasileños delinquiendo. El uno por ciento de Argentina, serían 400.000, mientras que si el uno or ciento de uruguayos delinquiera, éstos serían 30.000 mil.
De todas formas, aunque el estudio indica que la sensación nunca se corresponde con la realidad y esto es innegable, dado que la sola decisión de los hechos siempre tiene un efecto multiplicador, también es cierto que hay determinado número de delitos que no se denuncian, ni en Uruguay, ni en otros lados y esto habla más que nada de la decepción de la población en los sistemas de seguridad.
Por fortuna, los indicadores nacionales señalan que el tema de la seguridad es la principal preocupación de los uruguayos.
Aún cuando discrepemos en cuanto a las causas y a cual sería la mejor forma de intentar solucionar o al menos llevar a límites admisibles los índices delictivos, tanto en materia de gravedad como de cantidad, sabemos que no estamos bien en esta materia.
Esto es lo más importante. Todos los partidos políticos, organizaciones sociales y similares,  tienen claro que  existe un tema de inseguridad, cuyas dimensiones son vistas de diferente manera, pero existe, es lo real y concreto.
También se asume que es necesario encarar cuanto antes las medidas que permitan mejorar la situación. El hecho que esta sea mejor, igual o peor que en otras naciones incluso las más próximas, no debe ser motivo para nuestras propias medidas, pero si para ser tomado en cuenta como un posible factor de incidencia más.
La posibilidad de que la represión en otros lados determine la llegada a nuestro país de organizaciones delictivas hasta hoy desconocidas o poco usuales, es sin lugar a dudas bastante factible.
De allí que asumamos que el hecho de estar mejor que otros, lo que seguramente es verdad, no significa que estemos bien y mucho

uando está todo bien, correcto, no debería pasar nada.

Si embargo cuando “no pasa nada”, significa que está todo mal, si por bien entendemos un funcionamiento correcto, de acuerdo a sus cometidos.

Tan difícil de explicar los “códigos” de la gente que habitualmente pasa por Aduanas es entender cómo un Director Nacional de Aduanas puede tener la osadía de decir que todo está bien y es satisfactorio, cuando en Salto, es sabido que todo aquel que así opina es porque o está involucrado de alguna manera o es un ignorante total.

En el Paso de Frontera de la represa internacional, existen algunas incongruencias difíciles de explicar. Por ejemplo, el hecho de que no se haya logrado nunca la presencia de Policía uruguaya, dotada de un equipamiento informático que permita por lo menos tener un archivo de las personas requeridas.

Por otra parte, Aduanas argumenta que no está entre sus cometidos, por ejemplo, la detección y apresamiento de drogas. Sus colegas argentinos no sólo asumen esta tarea, sino que disponen hasta de perros adiestrados a estos efectos.

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Informar sin dañar gratuitamente

Uno de los primeros elementos que se aconseja evitar –de hecho así se lo hace – cuando se trata de manejar periodísticamente casos de denuncias por violación,  es la de exponer a la presunta víctima a pasar nuevamente por el trauma del hecho.

Esto es, se aconseja evitar pedirle a la víctima que recuerde los detalles del hecho porque de alguna manera, significa para él o ella, revivir su drama.

Un manejo consciente y responsable de la comunicación social indica que se debe evitar someter a la presunta víctima a un nuevo trauma.

Se trata más que nada de un concepto ético. Cuando no se busca el morbo y el periodismo amarillo que gusta detenerse precisamente en estos detalles, no hay lugar a duda alguna, puede informarse de los hechos, e incluso ilustrarse sin exponer a la víctima o presunta víctima.

No se trata sólo de aspectos que puedan estar jurídicamente establecidos y por lo tanto sujetos a una eventual sanción, sino de un manejo responsable de un medio de comunicación social.

Situación similar es la que rige cuando se trata de niños o adolescentes, dado que tienen derecho a proteger y reservar su imagen, pero hasta el momento los medios entendían que tratándose de niños o adolescentes de países lejanos  remotos, era imposible que se los identificara y por lo tanto que se les causara algún daño al exponerlos públicamente.

Hoy, Internet mediante esto ya no es así. La informática ha acercado en este sentido a los lugares del planeta de tal forma que de hecho es posible acceder a una publicación digital prácticamente desde cualquier parte del mundo.

Esto obliga a ser más cuidadosos a cambiar el criterio que se ha sustentado hasta hoy y en particular, si la idea es proteger debidamente a los niños y adolescentes o cualquier otra presunta víctima de hechos dramáticos, no se debe exponer su imagen públicamente ni siquiera tratándose de personas radicadas en los confines de la tierra.

Nadie ignora que el manejo de la comunicación social en los medios de comunicación masiva no es una cuestión sencilla ni tampoco se da en blanco y negro, sino que tiene múltiples matices que vuelven más compleja la cuestión.

Los medios están obligados a competir y a despertar el interés de lectores, oyentes, o televidentes y muchas veces entienden que la mejor forma de hacerlo es cayendo precisamente en este mal manejo, que no respeta los valores éticos.

Por nuestra parte, somos partidarios de un manejo prudente, responsable, que permita satisfacer el derecho a informarse del lector, pero a su vez no dañe directa, ni indirectamente, a ninguna persona que tenga derecho a ser protegida de su exposición pública.

Alberto Rodríguez Díaz.

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