¡Que sea una fiesta!

Que en el Uruguay el fútbol es el deporte nacional, nadie puede dudarlo. Ninguna otra disciplina deportiva es capaz de arrastrar los miles y miles de espectadores que lleva el fútbol. En este ámbito, el encuentro clásico, entre Nacional y Peñarol, es la  instancia cumbre.
Se dice, aunque sea una exageración, que la mitad de la afición futbolera uruguaya es de Peñarol y la otra mitad de Nacional.
Hasta aquí todo bien, cada uno tiene sus colores, sus sentimientos, sus ídolos deportivos y esto no tiene nada de malo.
En cambio cuando se confunde afición con fanatismo, la pasión con la agresión, las cosas se vuelven contraproducentes.
Surge la violencia, el vandalismo, la intolerancia hacia quien no comparte el mismo sentimiento hacia sus colores.
Lamentablemente en el ámbito del fútbol uruguayo hemos ido copiando conductas foráneas y lo que antes era una fiesta familiar, como concurrir al estadio a ver el equipo de nuestros amores y alentarlo más allá de que ganara o perdiera, hoy es muy diferente.
El fanatismo ha transformado los encuentros clásicos en algo más parecido a una batalla bélica, dentro y fuera de la cancha, que en una contienda deportiva.
La muerte también está hoy presente en estas instancias, porque los denominados “barrabravas”, que deberían ser llamados lisa y llanamente criminales en potencia, se juntan en estos casos, quizás incentivados sus instintos por alguna sustancia, se sienten “superhombres”, capaces de exterminar a todos quienes se les antepongan luciendo otros colores.
Estos criminales no tienen color ni equipo, sencillamente son violentos y creen en su mente enfermiza que pueden manejarse fuera de la ley y el orden.
Lamentablemente a ellos se debe que hoy lo que fue una esperada fiesta familiar de los domingos, es un espectáculo sólo para algunos que están dispuestos a arriesgar su propia seguridad, concurriendo a un lugar donde mandan los violentos y obligan además a montar operativos de seguridad que pueden llegar a ser tan violentos como lo que intentan reprimir.
El sólo conocimiento de los detalles de estos operativos, a los que obligan estos violentos, mete miedo, porque a nadie le gusta movilizarse, por ejemplo con niños al lado de los caballos de la policía o de los perros adiestrados para tratar de controlar estas situaciones.
Estamos en la víspera de otro clásico del fútbol uruguayo, que mejor que esperar que cada uno de los concurrentes se comporte como quisiéramos todos, alentando al equipo de sus colores, sin agravios a nadie, sin exceso alguno, para que realmente todo vuelva a ser una fiesta.

Que en el Uruguay el fútbol es el deporte nacional, nadie puede dudarlo. Ninguna otra disciplina deportiva es capaz de arrastrar los miles y miles de espectadores que lleva el fútbol. En este ámbito, el encuentro clásico, entre Nacional y Peñarol, es la  instancia cumbre.

Se dice, aunque sea una exageración, que la mitad de la afición futbolera uruguaya es de Peñarol y la otra mitad de Nacional.

Hasta aquí todo bien, cada uno tiene sus colores, sus sentimientos, sus ídolos deportivos y esto no tiene nada de malo.

En cambio cuando se confunde afición con fanatismo, la pasión con la agresión, las cosas se vuelven contraproducentes.

Surge la violencia, el vandalismo, la intolerancia hacia quien no comparte el mismo sentimiento hacia sus colores.

Lamentablemente en el ámbito del fútbol uruguayo hemos ido copiando conductas foráneas y lo que antes era una fiesta familiar, como concurrir al estadio a ver el equipo de nuestros amores y alentarlo más allá de que ganara o perdiera, hoy es muy diferente.

El fanatismo ha transformado los encuentros clásicos en algo más parecido a una batalla bélica, dentro y fuera de la cancha, que en una contienda deportiva.

La muerte también está hoy presente en estas instancias, porque los denominados “barrabravas”, que deberían ser llamados lisa y llanamente criminales en potencia, se juntan en estos casos, quizás incentivados sus instintos por alguna sustancia, se sienten “superhombres”, capaces de exterminar a todos quienes se les antepongan luciendo otros colores.

Estos criminales no tienen color ni equipo, sencillamente son violentos y creen en su mente enfermiza que pueden manejarse fuera de la ley y el orden.

Lamentablemente a ellos se debe que hoy lo que fue una esperada fiesta familiar de los domingos, es un espectáculo sólo para algunos que están dispuestos a arriesgar su propia seguridad, concurriendo a un lugar donde mandan los violentos y obligan además a montar operativos de seguridad que pueden llegar a ser tan violentos como lo que intentan reprimir.

El sólo conocimiento de los detalles de estos operativos, a los que obligan estos violentos, mete miedo, porque a nadie le gusta movilizarse, por ejemplo con niños al lado de los caballos de la policía o de los perros adiestrados para tratar de controlar estas situaciones.

Estamos en la víspera de otro clásico del fútbol uruguayo, que mejor que esperar que cada uno de los concurrentes se comporte como quisiéramos todos, alentando al equipo de sus colores, sin agravios a nadie, sin exceso alguno, para que realmente todo vuelva a ser una fiesta.