¿Comodidad o inconsciencia?

Las usamos por unos minutos y nos contaminan durante cientos de años. Esta es la realidad que vivimos con respecto a las bolsas de nylon que proliferan en nuestros días y en el Uruguay se usan sin limitación alguna.
Una vez que se conoció mayor información del enorme daño que están haciendo los plásticos en el mundo, comprobándose la existencia de varias islas de plástico en los océanos, una de ellas más grande que Brasil entero, parte de los países ricos parecen decididos a iniciar una campaña más agresiva contra este mal.
La Unión Europea anuncia que planea campañas para bajar el uso de bolsas de nylon,  cuyo promedio actual es de casi 200 al año por persona, al de 20 por persona al año.
El descubrimiento del daño que causan las bolsas de nylon al ambiente data de 50 años atrás, sin embargo, lo que el mundo ha hecho para tratar de evitar este daño es poco e ineficaz. Las bolsas de nylon demoran varios siglos en ser destruidas por la naturaleza. En cambio las bolsas de papel solo requieren de algunos meses  e incluso algún tipo de papel más liviano en solo cuestión de semanas desaparece del ambiente, pero seguimos prefiriendo el nylon.
De todas formas, en materia de disposiciones se han intentado varias experiencias, hay países europeos que muestran algunas interesantes. Una de ellas es la de Irlanda, que cobra una  multa al consumidor que utiliza las bolsas y así ha logrado reducir su uso severamente, hasta  20 por persona al año, cuando la media de Europa es cercana a las 200.
En cuanto a la prohibición de su uso, que han adoptado algunas naciones, los expertos entienden que ha sido contraproducente. Lo ha hecho México por ejemplo y sin embargo pese a tener una ley que prohibe el uso de estas bolsitas, no  hay control y por lo tanto nadie la respeta.
Este es el punto, vale decir no basta con las leyes, por más  severas que sean si no hay quién controle su cumplimiento.
El camino adecuado en este sentido es sin lugar a dudas el de la concientización, el de la responsabilidad personal. Solo cuando los pobladores del planeta, esto es los consumidores, entiendan que si continuamos contaminando nos quedaremos sin planeta, porque la naturaleza nos pasará factura; esto es porque sencillamente dejará de producir y regalarnos tantos recursos para nuestra subsistencia, es factible que la situación cambie. Por ahora parece una utopía. Los consumidores que rechazan las bolsitas son contados con los dedos y además mirados como “bichos raros”, sencillamente porque muestran ser más conscientes que el común de las personas.

Las usamos por unos minutos y nos contaminan durante cientos de años. Esta es la realidad que vivimos con respecto a las bolsas de nylon que proliferan en nuestros días y en el Uruguay se usan sin limitación alguna.

Una vez que se conoció mayor información del enorme daño que están haciendo los plásticos en el mundo, comprobándose la existencia de varias islas de plástico en los océanos, una de ellas más grande que Brasil entero, parte de los países ricos parecen decididos a iniciar una campaña más agresiva contra este mal.

La Unión Europea anuncia que planea campañas para bajar el uso de bolsas de nylon,  cuyo promedio actual es de casi 200 al año por persona, al de 20 por persona al año.

El descubrimiento del daño que causan las bolsas de nylon al ambiente data de 50 años atrás, sin embargo, lo que el mundo ha hecho para tratar de evitar este daño es poco e ineficaz. Las bolsas de nylon demoran varios siglos en ser destruidas por la naturaleza. En cambio las bolsas de papel solo requieren de algunos meses  e incluso algún tipo de papel más liviano en solo cuestión de semanas desaparece del ambiente, pero seguimos prefiriendo el nylon.

De todas formas, en materia de disposiciones se han intentado varias experiencias, hay países europeos que muestran algunas interesantes. Una de ellas es la de Irlanda, que cobra una  multa al consumidor que utiliza las bolsas y así ha logrado reducir su uso severamente, hasta  20 por persona al año, cuando la media de Europa es cercana a las 200.

En cuanto a la prohibición de su uso, que han adoptado algunas naciones, los expertos entienden que ha sido contraproducente. Lo ha hecho México por ejemplo y sin embargo pese a tener una ley que prohibe el uso de estas bolsitas, no  hay control y por lo tanto nadie la respeta.

Este es el punto, vale decir no basta con las leyes, por más  severas que sean si no hay quién controle su cumplimiento.

El camino adecuado en este sentido es sin lugar a dudas el de la concientización, el de la responsabilidad personal. Solo cuando los pobladores del planeta, esto es los consumidores, entiendan que si continuamos contaminando nos quedaremos sin planeta, porque la naturaleza nos pasará factura; esto es porque sencillamente dejará de producir y regalarnos tantos recursos para nuestra subsistencia, es factible que la situación cambie. Por ahora parece una utopía. Los consumidores que rechazan las bolsitas son contados con los dedos y además mirados como “bichos raros”, sencillamente porque muestran ser más conscientes que el común de las personas.







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