¿Moriremos con los ojos abiertos?


A fines del 2011 en la ciudad sudafricana de Durban, se realizará la cumbre mundial sobre medio ambiente, cuyo objetivo esencial es lograr de las naciones el compromiso correspondiente para continuar con la reducción del porcentaje de emisión de gases causantes del recalentamiento global de la atmósfera del planeta.

El compromiso de Kyoto firmado por 184 países, el 11 de diciembre de 1997, establecía que los países industriales comenzarían por una reducción de la emisión de los gases contaminantes, al menos en un 5% para el 2012,  pero esta exigencia requería para su puesta en práctica la ratificación de determinado número de países firmantes y este paso llevó mucho más  tiempo del que se pensó.

Recién en febrero de 2005, tras la ratificación por parte de Rusia, fue posible ponerlo en práctica.

Ahora bien, cuando el año próximo venza esta exigencia, tendría que haber ya un nuevo compromiso que permitiera  continuar por el camino trazado. La unión Europea tiene el propósito de establecer una reducción mínima de un 20 por ciento, que podría llegar a un 30 si lograra el apoyo de determinado número de países.

Sin embargo todo indica que Sudáfrica será el cementerio del propósito que inspiró el protocolo de Kyoto.

Ni el propio Japón, impulsor del primer protocolo, ni Estados Unidos, el principal emisor de los denominados “gases invernadero” que producen el recalentamiento global, se muestran partidarios de seguir adelante por este camino porque asumir el compromiso ambiental significa al mismo tiempo adaptar la producción industrial a otros costos y seguramente bajar los niveles actuales, cosa a los que los denominados países “ricos”, no parecen dispuestos a renunciar.

Por lo visto  la lección del tsunami y los terremotos que ha soportado Japón no sirvió ni servirá para incentivar el cuidado ambiental.

Es una lástima, pero todo indica que las grandes naciones, sobre todo las dos mencionadas anteriormente han optado por “darle hasta que reviente” al planeta, antes de renunciar a la tecnología que hoy utilizan para la producción industrial o adecuarla para bajar su nocividad.

Es una posición suicida, que como la radiactividad mismo, mata pero lenta y subrepticiamente. Los daños que produce el denominado cambio climático no están escritos, pero no todos pasamos por la Amazonia, ni por los polos, lugares donde es más visible, para verificarlo.

Por lo tanto, el mundo de la tecnología “manda” y obliga.

Más confort, más tecnología, más automóviles, más motores, no importa a qué precio.

Es la triste realidad, sabemos que estamos destruyendo el planeta, pero no estamos dispuestos a pagar el precio de disminuir nuestro confort, para dejar de hacerlo.

Es algo así, como morir con los ojos abiertos.