Armonizar la experiencia con las nuevas tecnologías

En todo sentido los extremos son siempre desaconsejables.
Tanto en política, como en cualquier religión  o ideología, cuando las posiciones se vuelven intolerantes es absolutamente contraproducente, porque como resultado sólo pueden esperarse acciones radicales.
Pero no sólo en este sentido los extremos son negativos. Sucede lo mismo con otras  políticas y otras áreas en las que la intolerancia conspira para el mejor aprovechamiento de las ideas y la valoración que corresponde de acciones diferentes a las que se aconsejan.
Uruguay ha hecho una clara apuesta a la formación de los jóvenes, se prioriza la incorporación, sobre todo en el  área estatal de técnicos jóvenes, lo que parece razonable, dado que permite actualizar e incorporar nuevas tecnologías y nuevos conocimientos, pero no cuando se hace a costa de expulsar a quienes poseen una rica experiencia acumulada en años de trabajo.
Uruguay es de los pocos países que no valora la experiencia de los veteranos porque se ha sobrevalorado a la juventud y hay áreas específicas, no todas por supuesto,  donde la experiencia resulta esencial. Una de ellas es el campo de la investigación, donde la experiencia acumulada durante años y sobre todo  la formación que muchas veces se ha complementado y actualizado permanentemente, no debería ser desechada de buenas a primera.
Aplaudimos la incorporación de los jóvenes, porque durante varias décadas Uruguay estuvo “exportando” a sus técnicos y profesionales que una vez egresados no tenían lugar para desempeñarse en el  país, mientras que en el extranjero lo hallaban.
Pero al mismo tiempo creemos que debería de haber planes u otra forma de integración para que el conocimiento, la investigación o la simple experiencia de haber desempeñado un oficio durante muchos años no se perdiera.
Lo hacen los pueblos más avanzados, algunos hasta el extremo de atesorar conocimientos en familia o en grupos cerrados, presididos por consejos de ancianos,  que han sabido mantener y perfeccionar lo que saben hacer, aprovechando las nuevas tecnologías, pero a su vez amalgamándolas con las que se conocían de antemano y se ejercieron durante muchas décadas.
Uno de los actuales desafíos en materia de seguridad social sin duda es este, saber cómo armonizar la experiencia con los nuevos técnicos y las nuevas tecnologías para que la superación aproveche a su vez el desarrollo humano.
Lamentablemente no se está haciendo y los pocos casos que conocemos se dan en el  área privada, mientras que en el campo público se sigue pensando en retiros incentivados o forzosos, antes que en el aprovechamiento de la experiencia.

En todo sentido los extremos son siempre desaconsejables.

Tanto en política, como en cualquier religión  o ideología, cuando las posiciones se vuelven intolerantes es absolutamente contraproducente, porque como resultado sólo pueden esperarse acciones radicales.

Pero no sólo en este sentido los extremos son negativos. Sucede lo mismo con otras  políticas y otras áreas en las que la intolerancia conspira para el mejor aprovechamiento de las ideas y la valoración que corresponde de acciones diferentes a las que se aconsejan.

Uruguay ha hecho una clara apuesta a la formación de los jóvenes, se prioriza la incorporación, sobre todo en el  área estatal de técnicos jóvenes, lo que parece razonable, dado que permite actualizar e incorporar nuevas tecnologías y nuevos conocimientos, pero no cuando se hace a costa de expulsar a quienes poseen una rica experiencia acumulada en años de trabajo.

Uruguay es de los pocos países que no valora la experiencia de los veteranos porque se ha sobrevalorado a la juventud y hay áreas específicas, no todas por supuesto,  donde la experiencia resulta esencial. Una de ellas es el campo de la investigación, donde la experiencia acumulada durante años y sobre todo  la formación que muchas veces se ha complementado y actualizado permanentemente, no debería ser desechada de buenas a primera.

Aplaudimos la incorporación de los jóvenes, porque durante varias décadas Uruguay estuvo “exportando” a sus técnicos y profesionales que una vez egresados no tenían lugar para desempeñarse en el  país, mientras que en el extranjero lo hallaban.

Pero al mismo tiempo creemos que debería de haber planes u otra forma de integración para que el conocimiento, la investigación o la simple experiencia de haber desempeñado un oficio durante muchos años no se perdiera.

Lo hacen los pueblos más avanzados, algunos hasta el extremo de atesorar conocimientos en familia o en grupos cerrados, presididos por consejos de ancianos,  que han sabido mantener y perfeccionar lo que saben hacer, aprovechando las nuevas tecnologías, pero a su vez amalgamándolas con las que se conocían de antemano y se ejercieron durante muchas décadas.

Uno de los actuales desafíos en materia de seguridad social sin duda es este, saber cómo armonizar la experiencia con los nuevos técnicos y las nuevas tecnologías para que la superación aproveche a su vez el desarrollo humano.

Lamentablemente no se está haciendo y los pocos casos que conocemos se dan en el  área privada, mientras que en el campo público se sigue pensando en retiros incentivados o forzosos, antes que en el aprovechamiento de la experiencia.







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