¡Basta ya!

Son de las actitudes que nos causan mayor enfado. Cuando vemos que alguien baja el vidrio de la ventanilla del coche en que viaja para arrojar así sea un papel de caramelos, una colilla de cigarrillo, un envase vacío o cualquier otro residuo, no sólo nos enfada, sino que lamentamos que haya gente que entiende que no tenga responsabilidad alguna en relación a la preservación ambiental del planeta que comparte y prefiere obrar desaprensivamente.
En realidad no sabemos si hemos avanzado o retrocedido en este aspecto en los últimos años, porque no podemos ignorar la cantidad de gente, que por fortuna demuestra otra actitud, arroja sus residuos en las papeleras instaladas en los lugares públicos y también los residuos domiciliarios en las volquetas instaladas con el propósito de recoger ordenadamente estos residuos.
No sabemos cómo nos hubiéramos comportado años atrás, si hubiéramos conocido los residuos plásticos, el polietileno, la denominada espumaplast y otros tantos elementos que acostumbramos arrojar en cualquier lado o a un curso de agua directa o indirectamente, donde terminan y luego van a los mares y forman las famosas islas de plástico que hoy constituyen una severa amenaza para la flora y fauna marina.
Vivimos en una época donde enfrentamos las consecuencias de una educación individualista, regida por el “hacé la tuya” y por lo tanto todo cambio cultural, que debe apuntar más que nada a lo social, es decir a tener en cuenta las consecuencias de nuestra conducta y de nuestras acciones en el universo de las demás individuos, ya sea una comunidad, un pueblo, una nación o el conjunto de éstas es casi una utopía.
En realidad hay que ser muy obstinado y confiar mucho en los humanos para asumir que algunas de las personas que hoy obran desaprensivamente, entendiendo que los bienes públicos, como ríos, calles y la naturaleza en general, son ajenos y por lo tanto no tenemos obligación de cuidarlos, tienen chance de llegar obrar distinto de lo que hoy lo hacen.
La cuestión es por lo tanto saber si llegaremos a tiempo para lograr que cambien de actitud o si llegaremos tarde y ya nada será posible salvar.
Es necesario entender que en esto nos va la vida misma, no tanto la de nosotros, sino la de todos los que nos sucederán.
Por lo tanto, así como recibimos este mundo de nuestros mayores debemos de entregarlo a quienes nos sucedan. Es nuestra responsabilidad y ¡basta ya! de tanta irresponsabilidad.
Caminemos en el sendero correcto.

A.R.D.