Claro y contundente

Gustavo Poyet – hijo de un destacado basquetbolista uruguayo- se destacó a su vez como futbolista, llegando a vestir la casaca de la selección celeste. Luego prosiguió su carrera deportiva en Inglaterra donde luego se radicaría.
Pero su mención viene al caso porque entrevistado por medios capitalinos días atrás, Poyet fue tajante, al señalar que en el Uruguay no se termina con la violencia en el deporte, porque no se quiere.ViolenciaFutbol
Poyet lo puede decir con propiedad porque está inmmerso en un medio, como Inglaterra, que vivía la violencia de los “holligans” y logró erradicarlos y con ello por lo menos controlar la violencia al punto que hoy los escenarios deportivos en aquella nación no tienen alambrado ni valla alguna.
Seguramente que la afirmación de Poyet no es descabellada. Todo lo contrario, todos sabemos que en el Uruguay los violentos tienen libertad de acción en los escenarios deportivos, porque están cobijados, ya sea por los dirigentes deportivos en primer lugar, pero también por diferentes motivos, ya sea temor o sencillamente desidia, los propios aficionados, la policía y demás, mira para otro lado y prefiere no comprometerse.
Lo sabe el Ministerio del Interior y lo sabemos todo. Mientras no se logre conjuntar esfuerzos, mientras no haya un deseo real y concreto de terminar con la violencia, esta seguirá reinando y los espectáculos, no sólo los deportivos asistirán a un progresivo deterioro y una constante pérdida de aficionados.
En el fondo, todos sabemos que se necesita un deseo real y concreto de erradicar la violencia y no se puede hacerlo sin erradicar a los violentos. Pero si los dirigentes prefieren cobijarlos de alguna manera, tratando incluso de sacar provecho de la situación, ”combatiendo” y acusando a los violentos que siguen a otras instituciones, pero ocultando a los suyos. Si la policía prefiere mirar para otro lado para no “complicarse”. Si por algún motivo las cámaras de televisión “justo” se habían apagado en ese momento o enfocaban hacia otro sector. Si nosotros vemos que un aficionado de la institución de nuestros amores está “sacado” y preferimos cobijarlo, sin siquiera llamarle la atención, para evitar un incidente, entonces nunca terminaremos con el problema.
Y hay que tener claro, que no estamos en presencia de aficionados violentos, sino de delincuentes que utilizan casacas de diferentes instituciones para cometer sus fechorías.
Eso sí, reconozcamos que Poyet tiene razón, no es que no se puede, sino que no se quiere terminar con la violencia en el deporte.

Alberto Rodríguez Díaz.







Recepción de Avisos Clasificados