Coherencia: la palabrita mágica

Alguien me preguntó qué elemento miraría en la vida de un hombre público o privado para tener en cuenta antes de emitir opinión sobre él.
Una sola, le contesté: la coherencia.
¿Qué es la coherencia?
Es la armonía existente entre lo que se dice y lo que se hace.
Hay que entender que existe tanto en el ámbito público como en el privado, muy buenos oradores, si por éstos entendemos a quienes saben qué decir, cómo decirlo y sobre todo, saben ocultar lo que no les conviene que trascienda porque les afectaría negativamente y a la vez son capaces de destacar directa o indirectamente aquello que beneficia su imagen.
Por eso suele ser muy diferente lo que se dice, de lo que se hace y luego, todo vale, porque oímos argumentos como, fue dicho en determinada circunstancia, o cuando “se pensaba” que sería así o de esta otra forma…
Hay gente que hablando es “maestras, como se suele sostener, pero si revisamos su vida, su forma de actuar, su rol de jerarcas muchas veces público o privado, nos encontraremos con incongruencias flagrantes.
La cuestión viene desde la antigüedad en que se acuñó la afirmación “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”, en un intento de disimular precisamente la incoherencia entre la palabra y la acción.
Es el mismo concepto que lleva la afirmación castiza escuchada de muchos antecesores provenientes de la península ibérica que reza: “hombre de una sola  pieza”, vale decir que no tiene dobleces, que no  tiene falsedades.
En tiempos electorales es precisamente cuando existe mayor “riesgo” de encontrarse con muchas promesas, con muchas afirmaciones que se hacen a la ligera a sabiendas que no existen  posibilidades de cumplirlas o incluso de saber que se está faltando a la verdad.
El periodismo nos ha llevado a la convicción de que antes de afirmar algo debemos escuchar atentamente, cotejar, investigar, y revisar sencillamente para poner las cosas en su lugar.
Esto nos hace “desconfiar” de antemano y partir desde la posibilidad  de que nos estén engañando, manipulando o sencillamente mintiéndonos y prestarnos a eso ya sea por ingenuidad, por una falsa cortesía por “no incomodar” al entrevistado es, a nuestro entender,  totalmente deshonesto.
Nadie que se maneje con idoneidad, con ideales genuinos y con la verdad, puede sentirse molesto por alguna pregunta que considere “molesta”.
A quien le caiga el sayo que se lo ponga, decían los antiguos.
Alberto Rodríguez Díaz

Alguien me preguntó qué elemento miraría en la vida de un hombre público o privado para tener en cuenta antes de emitir opinión sobre él.

Una sola, le contesté: la coherencia.

¿Qué es la coherencia?

Es la armonía existente entre lo que se dice y lo que se hace.

Hay que entender que existe tanto en el ámbito público como en el privado, muy buenos oradores, si por éstos entendemos a quienes saben qué decir, cómo decirlo y sobre todo, saben ocultar lo que no les conviene que trascienda porque les afectaría negativamente y a la vez son capaces de destacar directa o indirectamente aquello que beneficia su imagen.

Por eso suele ser muy diferente lo que se dice, de lo que se hace y luego, todo vale, porque oímos argumentos como, fue dicho en determinada circunstancia, o cuando “se pensaba” que sería así o de esta otra forma…

Hay gente que hablando es “maestras, como se suele sostener, pero si revisamos su vida, su forma de actuar, su rol de jerarcas muchas veces público o privado, nos encontraremos con incongruencias flagrantes.

La cuestión viene desde la antigüedad en que se acuñó la afirmación “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”, en un intento de disimular precisamente la incoherencia entre la palabra y la acción.

Es el mismo concepto que lleva la afirmación castiza escuchada de muchos antecesores provenientes de la península ibérica que reza: “hombre de una sola  pieza”, vale decir que no tiene dobleces, que no  tiene falsedades.

En tiempos electorales es precisamente cuando existe mayor “riesgo” de encontrarse con muchas promesas, con muchas afirmaciones que se hacen a la ligera a sabiendas que no existen  posibilidades de cumplirlas o incluso de saber que se está faltando a la verdad.

El periodismo nos ha llevado a la convicción de que antes de afirmar algo debemos escuchar atentamente, cotejar, investigar, y revisar sencillamente para poner las cosas en su lugar.

Esto nos hace “desconfiar” de antemano y partir desde la posibilidad  de que nos estén engañando, manipulando o sencillamente mintiéndonos y prestarnos a eso ya sea por ingenuidad, por una falsa cortesía por “no incomodar” al entrevistado es, a nuestro entender,  totalmente deshonesto.

Nadie que se maneje con idoneidad, con ideales genuinos y con la verdad, puede sentirse molesto por alguna pregunta que considere “molesta”.

A quien le caiga el sayo que se lo ponga, decían los antiguos.

Alberto Rodríguez Díaz