Con el corazón caliente y la cabeza fría

A nuestro criterio es con esta premisa que se debe enfocar el tema de la seguridad, incluidos los delitos sexuales. Es que en la actual situación es fácil recurrir rápidamente a las reacciones intempestivas, impulsivas, que surgen desde el corazón, habida cuenta de los aberrantes crímenes a los que asistimos.
Asistimos así a marchas y manifestaciones, todas muy entendibles, pero seguramente poco justificadas si realmente pretendemos enfocar el tema de fondo como es debido.
Resulta difícil entender que la mayoría de quienes cometen estas atrocidades, han sido a su vez violados cuando niños y por lo tanto sienten que la sociedad nunca se ocupó de ellos, nunca les prestó atención.
Seguramente que esta no es una regla inapelable, porque no todos los que cometen estos delitos han sido a su vez violados y abandonados por la sociedad, pero las estadísticas dicen que un alto número sí lo ha sido y por eso “les da lo mismo” lo que les pueda pasar.
Por estos días hemos escuchado una discusión que se planteaba si el sistema penal uruguayo es demasiado benévolo o no, con quienes tienen antecedentes y son reincidentes en este tipo de acciones.
El propio Presidente de la Suprema Corte de Justicia afirmó que la pena máxima en el Uruguay es de 30 años, más 15 que pueden aplicarse por seguridad, vale decir, 45 años que a una persona de 35 años significa que saldría del recinto carcelario a los 80 años, si es que vive.
Pero que nos disculpe el Dr. Jorge Chediak, pero no parece recordar los horrendos crímenes de Pablo Goncálvez, hijo de un diplomático a quien se le probaron tres crímenes de jóvenes mujeres y se sospecha que cometió dos más. Fue condenado a 30 años de prisión, la pena máxima, pero ya en la cárcel comenzó a estudiar y tuvo buen comportamiento, en suma, pese a todas sus fechorías estuvo en prisión 23 años, luego salió, se fue al Paraguay y allí está hoy nuevamente preso por haber sido detenido armado en moto y con drogas…
En otro orden, nadie parece reparar que los jueces ni los fiscales, no son los que hacen las leyes sino solo les cabe aplicarlas lo más fielmente posible. En tanto, los que hacen las leyes y las reglamentan, vale decir los gobernantes y legisladores, parecen moverse en un “limbo”, porque nadie les reclama la más mínima responsabilidad y ¡vaya si la tienen!
A.R.D.