Convivir con el río

Pocas situaciones  dramáticas masivas  en nuestra tierra pueden compararse a una creciente,  en especial aquellas  que provienen del río.
La diferencia con las que los salteños denominamos “enchorradas” (y nos resistimos a decirles “riadas” que es lo correcto de acuerdo al idioma español), es que mientras éstas duran algunas horas y tan rápido como se producen desaparecen,  aquellas llegan generalmente para quedarse por varios días, lo impregnan  y arruinan todo.
Siempre fue así y seguramente seguirá siendo, pero en alguna medida esta “reacción” del río es producto de nuestras propias agresiones.
No podemos mirar para otro lado y desentendernos del  denominado cambio climático. Nuestra propia irresponsabilidad  ha agravado las cosas al punto de que hoy los fenómenos naturales no sólo son más graves, sino también mucho más frecuentes.
Existen además otros aspectos que inciden.
Quizás no tanto en Salto ni en los últimos años, pero hubo épocas en que se invadieron las cuencas de los arroyos, se amuralló y rellenó por doquier, “total ellos no protestaban”…
Los resultados están a la vista, cuando se registran las lluvias intensas o las tormentas fuertes, los daños son mucho más graves.
La erosión de las costas aguas abajo de la represa es otra clara muestra de lo que decimos.
Y no debemos perder de vista que tras la construcción de la represa de Salto Grande, hoy la situación es más manejable en  materia de las crecidas. Si bien la represa no es reguladora, si permite con un manejo adecuado, contando de antemano con la información  hidrológica imprescindible,  incidir para disminuir los efectos de la llegada de la masa de agua a la zona, cosa que siempre se trata de hacer.
El tema está en que nunca terminaremos de aprender a “convivir” con el río.
Cuando pasan muchos años sin que se produzcan crecientes de este porte, nos olvidamos de sus consecuencias. La creciente anterior que se recuerda, que haya superado los 15 metros de altura se produjo en 1982, esto es 27 años atrás.
Hay por lo tanto al menos una generación entera que hoy conoce por primera vez las consecuencias que puede acarrear la crecida del río embravecido, en nuestra ciudad.
También en los períodos sin crecida aprovechamos para invadir nuevamente la cuenca del  río o los arroyos, creyendo que es “impensable que pueda llegar hasta aquí”.
La cuestión está por lo tanto en aprender a respetar el río. En no usar las cuencas de ríos y arroyos para otra cosa que no sean “amigables” con él. Esto es para esparcimiento y actividades circunstanciales,  sin olvidar que ese es su “territorio”.
Si  en cambio pretendemos introducirnos en él para instalarnos allí permanentemente estaremos creando un conflicto. Enfrentando a las fuerzas de la naturaleza,  a las que pretendemos poner un obstáculo y este, a todas luces no es el mejor camino precisamente.
Quizás a fuerza de estos reveses y a la larga, terminaremos aprendiéndolo.