Cortamos la rama pero no tocamos el árbol

Somos acérrimos defensores de lo que sostiene la Constitución de la República, no podemos negociar con las consecuencias de quien o quienes la han desconocido, violado o cancelado, por la sencilla razón quien o quienes hagan esto no son dignos de representarnos en ningún plano, invistiendo el uniforme de una institución.
Por uno u otro motivo, hasta el momento hay muchos culpables directa o indirectamente de estos hechos aberrantes que no han pagado por su responsabilidad en estos hechos.
No nos mueve en esto ningún rencor, ningún revanchismo, sino simplemente el deseo de hacer justicia, de que nadie quede indemne luego de haber delinquido abiertamente.
De la misma manera que entendemos justo que quien cometió un delito contra la Constitución, invocando cualquier idea y creyendo que eso le daba derecho a pasar por encima de la Constitución, fue responsabilizado y pagó con prisión sus acciones, sostenemos que quien lo hizo creyendo que defendía a la ciudadanía o la institución cuyo uniforme vestía, también debe pagar por ello si es que cometió delitos.
Cuando se utiliza cualquier argumento para relegar a un segundo plano cualquier medida que pretenda responsabilizarlo, es complicidad. Sabemos lo que esto significa. Sabemos las reacciones que seguramente despertará esta opinión, pero tenemos claro que nadie debe estar más allá de la Constitución de la República, porque sencillamente es lo que nos hace iguales ante la ley y el orden ciudadano.
Sabemos también que se nos tratará de encolumnar con esta o aquella ideología, por la sencilla razón de pedir justicia y equidad. Sabemos que arriesgamos esta posibilidad, pero no nos detendremos.
Sabemos también que estas cosas sólo se entienden y asumen a la larga. Recordamos cuando en períodos de determinados intendentes se nos acusaba de ser opositores.
Sucedió cuando los gobiernos de Minutti (Eduardo), cuando los de Malaquina, de Fonticiella, de Coutinho. Entendemos que fue este el mejor y mayor mérito de esta columna, porque sencillamente somos demócratas, no nos decimos, sino que lo somos y esto supone asumir determinada conducta.
Todavía recordamos los resquemores que despertábamos cuando nos referíamos a los 12 años que van desde 1973 al 85, como “dictadura”, cuando la mayoría de los colegas preferían referirse a esta época como el “período de facto” u otros eufemismos que permitían disimular las cosas y que algunos prefieren seguir usando.
Asumimos los riesgos y hoy a nadie se le ocurriría acusarnos por esto. En esta línea seguiremos.
A.R.D.