Credibilidad es un bien innegociable

A medida que se acercan las elecciones departamentales, crece la cantidad de anuncios, de planes, de afirmaciones y demás.
Sobre todo oficialismo y oposición intercambian afirmaciones, acusaciones y hasta desafíos. En medio de esta situación queda el ciudadano, el contribuyente que escucha, ve y lee cosas totalmente contradictorias.
Lo que uno afirma que es negro, el otro afirma que es blanco, pero nadie cuenta toda la película, sino sólo la parte que lo favorece.
Es obvio que así sea, porque estamos hablando de una contienda de intereses, en la que nadie quiere salir perdidoso y en el fondo es usual que todos escondan la parte que no los favorece y hablen abiertamente de lo que les es favorable.
La virtud del periodista es hurgar precisamente en lo que se esconde o se soslaya, para aproximarse a la verdad.
Hablar únicamente de lo que el interlocutor está interesado en decir es dejarse utilizar, lo que puede hacerse voluntariamente y a sabiendas o ingenuamente.
Mal que nos pese el periodismo no puede ser condescendiente, no es para nosotros periodismo el que se limita a lo que en términos futboleros se denomina “levantar centros para que el otro cabecee”.
Recordamos que  años atrás algunos de los caudillos locales – que hoy ya no están en el ruedo – cuando venía alguno de sus líderes tenía el hábito de acercarse a alguno de los representantes de los medios que conocía para insinuarle “preguntale sobre tal cosa…”.
Nada más atrevido. Quien se presta para esto no debe pretender llamarse “periodista”, porque lo mínimo que puede hacerse es precisamente evitar ser un “mandadero”, engañando a la gente  y pintándole una realidad totalmente desdibujada. En esto va no sólo la ética, sino la honestidad misma de la persona.
Va también gran parte del prestigio y la credibilidad de un medio y debería de saberse. Un periodista que se precie de tal, más allá de su leal saber y entender, debe mantener una línea de ética que no debe vulnerar ante nadie ni en circunstancia alguna.
Esta es la verdadera misión periodística. Seguro que quien así se maneja no tendrá muchos amigos precisamente dentro de la comunidad, porque como el buen policía, en alguna medida está para poner orden, para combatir lo que está mal y no para ser su cómplice.
Hoy, cuando entramos de llenos en las últimas semanas de la campaña electoral departamental, este tipo de acciones cobra mayor importancia y trascendencia y de allí que siempre es bueno saberlo al  momento de evaluar y tratar de analizar los temas con que se  nos bombardea a diario en estos días.

A medida que se acercan las elecciones departamentales, crece la cantidad de anuncios, de planes, de afirmaciones y demás.

Sobre todo oficialismo y oposición intercambian afirmaciones, acusaciones y hasta desafíos. En medio de esta situación queda el ciudadano, el contribuyente que escucha, ve y lee cosas totalmente contradictorias.

Lo que uno afirma que es negro, el otro afirma que es blanco, pero nadie cuenta toda la película, sino sólo la parte que lo favorece.

Es obvio que así sea, porque estamos hablando de una contienda de intereses, en la que nadie quiere salir perdidoso y en el fondo es usual que todos escondan la parte que no los favorece y hablen abiertamente de lo que les es favorable.

La virtud del periodista es hurgar precisamente en lo que se esconde o se soslaya, para aproximarse a la verdad.

Hablar únicamente de lo que el interlocutor está interesado en decir es dejarse utilizar, lo que puede hacerse voluntariamente y a sabiendas o ingenuamente.

Mal que nos pese el periodismo no puede ser condescendiente, no es para nosotros periodismo el que se limita a lo que en términos futboleros se denomina “levantar centros para que el otro cabecee”.

Recordamos que  años atrás algunos de los caudillos locales – que hoy ya no están en el ruedo – cuando venía alguno de sus líderes tenía el hábito de acercarse a alguno de los representantes de los medios que conocía para insinuarle “preguntale sobre tal cosa…”.

Nada más atrevido. Quien se presta para esto no debe pretender llamarse “periodista”, porque lo mínimo que puede hacerse es precisamente evitar ser un “mandadero”, engañando a la gente  y pintándole una realidad totalmente desdibujada. En esto va no sólo la ética, sino la honestidad misma de la persona.

Va también gran parte del prestigio y la credibilidad de un medio y debería de saberse. Un periodista que se precie de tal, más allá de su leal saber y entender, debe mantener una línea de ética que no debe vulnerar ante nadie ni en circunstancia alguna.

Esta es la verdadera misión periodística. Seguro que quien así se maneja no tendrá muchos amigos precisamente dentro de la comunidad, porque como el buen policía, en alguna medida está para poner orden, para combatir lo que está mal y no para ser su cómplice.

Hoy, cuando entramos de llenos en las últimas semanas de la campaña electoral departamental, este tipo de acciones cobra mayor importancia y trascendencia y de allí que siempre es bueno saberlo al  momento de evaluar y tratar de analizar los temas con que se  nos bombardea a diario en estos días.







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