Difícil de entender, pero correcto

edLa medida adoptada por Uruguay, incluso antes que trascendiera la existencia de un foco aftósico en el Paraguay, con exigencias sanitarias (rodiluvios) en la frontera, es una medida si se quiere antipática, pero a nuestro entender correcta.

El acceso de Uruguay a los mercados más exigentes en materia sanitaria ha demandado un esfuerzo enorme al  país, no sólo al Estado financiando la vacunación antiaftósica, sino también al resto de la población que en buena medida ha sufrido inconvenientes que muchas veces ni siquiera llegan a ser de su conocimiento.

Es que la aparición de esa enfermedad altamente transmisible representa, o ha representado al menos hasta el momento el cierre casi inmediato de estos merados.

Paraguay se queja y acusa a Uruguay, porque entiende que la actitud del país en la materia, causa “alarma” y espanta a los mercados, cuando hasta el momento se ha informado de un solo foco el que ha sido “interdictado”, esto es, toda la zona aislada.

Entendemos la reacción de Paraguay, que en alguna medida es acompañada por Argentina, pero creemos que es una reacción más impulsiva que reflexiva y analizada.

Uruguay no puede darse el lujo de permitir el menor riesgo de ingreso de la enfermedad porque  el costo para el país sería demasiado caro.

En alguna medida, se puede señalar que afecta a todo el bloque del MERCOSUR, porque Paraguay es uno de los más fuertes exportadores de carne del bloque. Pues bien, esto es claro, lo que no puede perderse de vista es que el daño lo hace la existencia de la enfermedad en si, y no la difusión de su existencia, ni las medidas que adopten otras naciones.

Este tipo de actitudes es profundamente lamentable, porque causa resquemores, crea rencores y desconfianzas, basadas en una actitud errónea.

Paraguay prohibió de inmediato, la importación de todo producto uruguayo, en represalia a la medida.

Es casi un absurdo. Debió canalizarse la queja por la vía diplomática y seguramente pudo intentarse un arreglo por la vía política, pero nunca obrar impulsivamente, acusando sin ton ni son, porque se cae en el ridículo.