El “cliente” es el que hace posible la existencia del delito

Una gran parte de los objetos que se roban son vendidos en las ferias o a algún “cliente” particular que se dedica a “reducir” lo que se roba.
De la misma forma, la pornografía infantil y la propia explotación sexual infantil existe, porque existen los clientes que demandan los servicios de las niñas y los niños.
En igual medida sucede, aunque se argumente que es “otra cosa”, con el “bagashopping” o mercado del contrabando y de actividades “informales”.
Este es el verdadero quid del asunto. Si no existieran los clientes en estos casos, tanto para comprar  los objetos robados, como para demandar los servicios sexuales de los niños y adolescentes  por ejemplo, no habría que lamentar la existencia de esta clase de delitos o por lo menos esta acción se vería muy reducida.
El cliente en todos los casos es el que en mayor medida determina que exista gente dedicada a estos “negocios” fuera de la ley. Sin clientes no hay negocio.
Precisamente estos clientes aplican la filosofía que en buena medida les ha trasmitido la sociedad misma que es el de “hacé la tuya”. No importa la procedencia de lo que se está comprando, no importa a quién se lo hayan robado ni a qué costo. Tampoco importa que quizás mañana se lo roben a él mismo. Lo que importa es conseguir lo que quiero a un precio de “mercado negro”, es decir “ventajoso”, así sea ilegal y delictivo.
Sucede lo mismo con los clientes de la pornografía y de la explotación sexual, hoy felizmente más visibles y debidamente sancionados por la ley. Si estas actividades no tuvieran clientela seguramente que no se registrarían o lo harían en escala mucho menor.
Pero lo más importante de esto es asumir que existe un alto porcentaje de uruguayos y de pobladores quizás circunstanciales de otras nacionalidades que no se detienen en pensar más allá de satisfacer sus propias apetencias personales.
Significa que “el fin justifica los medios”, no importa si lo que compro o el servicio que pago es ilegal o delictivo con tal de obtener el placer que persigo.
Hoy felizmente se está persiguiendo con mayor dedicación, tanto a quien compra o se presta para ocultar cosas mal habidas, cometiendo el delito de receptación, como a los clientes que demandan servicios de niños y adolescentes cayendo en el flagrante delito de explotación sexual.
En este caso se ha variado un tanto el concepto tradicional de perseguir y castigar con rigor al “proxeneta” o sea a quien se dedicaba a conseguir los clientes para los menores de edad, cobrándoles cierto porcentaje. Esto debido a que generalmente los clientes eran personas “importantes” dentro de la comunidad y por lo tanto se apunta a exonerarlos de responsabilidad en estos casos.
Esto era y en alguna medida sigue siendo como “un guiño” a los “clientes” que delataba cierta complicidad de una sociedad machista en su conjunto para cobijar estas acciones.
Felizmente en estos momentos el concepto se está cambiando. Los “clientes” y quienes constituyen el mercado para estos delitos, son castigados como corresponde y en todos los casos en que es posible también su identidad expuesta, ante la comunidad.
No es ni más ni menos que lo que corresponde y es deseable que se persevere en este camino.
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Una gran parte de los objetos que se roban son vendidos en las ferias o a algún “cliente” particular que se dedica a “reducir” lo que se roba.

De la misma forma, la pornografía infantil y la propia explotación sexual infantil existe, porque existen los clientes que demandan los servicios de las niñas y los niños.

En igual medida sucede, aunque se argumente que es “otra cosa”, con el “bagashopping” o mercado del contrabando y de actividades “informales”.

Este es el verdadero quid del asunto. Si no existieran los clientes en estos casos, tanto para comprar  los objetos robados, como para demandar los servicios sexuales de los niños y adolescentes  por ejemplo, no habría que lamentar la existencia de esta clase de delitos o por lo menos esta acción se vería muy reducida.

El cliente en todos los casos es el que en mayor medida determina que exista gente dedicada a estos “negocios” fuera de la ley. Sin clientes no hay negocio.

Precisamente estos clientes aplican la filosofía que en buena medida les ha trasmitido la sociedad misma que es el de “hacé la tuya”. No importa la procedencia de lo que se está comprando, no importa a quién se lo hayan robado ni a qué costo. Tampoco importa que quizás mañana se lo roben a él mismo. Lo que importa es conseguir lo que quiero a un precio de “mercado negro”, es decir “ventajoso”, así sea ilegal y delictivo.

Sucede lo mismo con los clientes de la pornografía y de la explotación sexual, hoy felizmente más visibles y debidamente sancionados por la ley. Si estas actividades no tuvieran clientela seguramente que no se registrarían o lo harían en escala mucho menor.

Pero lo más importante de esto es asumir que existe un alto porcentaje de uruguayos y de pobladores quizás circunstanciales de otras nacionalidades que no se detienen en pensar más allá de satisfacer sus propias apetencias personales.

Significa que “el fin justifica los medios”, no importa si lo que compro o el servicio que pago es ilegal o delictivo con tal de obtener el placer que persigo.

Hoy felizmente se está persiguiendo con mayor dedicación, tanto a quien compra o se presta para ocultar cosas mal habidas, cometiendo el delito de receptación, como a los clientes que demandan servicios de niños y adolescentes cayendo en el flagrante delito de explotación sexual.

En este caso se ha variado un tanto el concepto tradicional de perseguir y castigar con rigor al “proxeneta” o sea a quien se dedicaba a conseguir los clientes para los menores de edad, cobrándoles cierto porcentaje. Esto debido a que generalmente los clientes eran personas “importantes” dentro de la comunidad y por lo tanto se apunta a exonerarlos de responsabilidad en estos casos.

Esto era y en alguna medida sigue siendo como “un guiño” a los “clientes” que delataba cierta complicidad de una sociedad machista en su conjunto para cobijar estas acciones.

Felizmente en estos momentos el concepto se está cambiando. Los “clientes” y quienes constituyen el mercado para estos delitos, son castigados como corresponde y en todos los casos en que es posible también su identidad expuesta, ante la comunidad.

No es ni más ni menos que lo que corresponde y es deseable que se persevere en este camino.