El citrus nuestro de cada día

La citricultura ha sido la actividad identificatoria de los salteños durante varias décadas, alcanzando a ocupar en época de zafra a más de 10 mil personas, que dicho sea de paso invariablemente han terminado estas zafras con reclamos gremiales por incumplimiento de parte de las empresas.
Recordamos que años atrás, mientras aún vivía don Pedro Benito Solari relataba una anécdota muy particular. A raíz del éxito de los citrus salteños en Europa se intentó “mechar” citrus producidos en Paysandú, departamento donde también había crecido mucho la citricultura.
Pero el rechazo fue rotundo. Europa percibió de inmediato que el sabor de la fruta que se remitía desde Paysandú no era el mismo y por lo tanto comenzó a rechazarla, poniendo incluso en riesgo el éxito alcanzado por la fruta salteña.
Viene al caso la anécdota, porque el origen de este éxito, según no explicaron técnicos en este terreno, no es otro que las condiciones agronómicas que se dan tanto en Salto como en la vecina zona de Entre Ríos, Argentina, también una gran productora de buenos citrus.
Vale decir que es uno de los frutos de la bendita tierra que habitamos. El hombre ha sabido aprovecharla hasta hoy, aunque en nuestros días la realidad de la citricultura es muy diferente, tanto es así que tenemos entendido que un importante número de chacras al menos han pasado de manos, empresarios extranjeros se han hecho cargo de ellas.
¿Cómo llegamos a esta realidad? Pues habría que hurgar entre las acciones adoptadas y su armonía con los principales mercados demandantes de la fruta.
Tiempo atrás el encuentro casual con un veterano citricultor nos explicaba que de no tomarse medidas tales como la sustitución total de variedades, instalando las nuevas que no tienen semillas, que tienen poco aroma y una cáscara fácil de despegar, nuestra citricultura estaría condenada a desaparecer, al menos del mercado internacional.
El tiempo parece haberle dado la razón, teniendo en cuenta la situación que tenemos entendido vive la citricultura salteña. Esto nos reafirma en la convicción que el empresariado uruguayo también necesita formarse, prepararse, estar al tanto de los cambios y las modificaciones que pueden presentarse en cada rubro.
De obstinarse en seguir sus propias convicciones y su experiencia, puede ser nefasto, no sólo para ellos, sino para todas las personas que de una u otra manera están involucrados en la actividad.
A.R.D.