El control de los medios audiovisuales

a mal llamada Ley de Medios (porque en realidad afecta solo a los audiovisuales, no a la prensa o medios escritos) resulta una piedra en el zapato para el sistema político y el gobierno actual en particular.
El gran tema de fondo es precisamente el de los contenidos y la difusión en determinados horarios de los programas que se consideran nocivos para la infancia.
Es uno de los temas más manejados y hablados en el país desde hace décadas, pero sin embargo nunca se han establecido controles firmes y sobre todo sistemas de fiscalización adecuados y por  lo tanto termina siempre en un “vale todo”. Máxime cuando estamos tan próximos a una instancia electoral y por supuesto que todo el sistema político sabe el gran poder que tiene la televisión y a nadie en su sano juicio se le ocurriría enemistarse con todo el sistema justo en estos momentos.
Entendamos bien. En primer lugar compartimos que el rol principal en este sentido lo tienen los padres, que son quienes deben controlar lo que miran y escuchan incluso sus hijos.
Aún cuando les impidan a los canales nacionales difundir determinados programas a ciertas horas, seguramente que la alta tecnología de que disponen hoy día les permitirá siempre hallar la forma de verlos, ya sea en su casa o con amigos o en cualquier otra ocasión a través de los celulares o sus tabletas, porque será muy difícil impedir que Internet siga disponiendo de esos contenidos que están  prohibidos para los canales locales en determinados horarios.
Ahora bien, el hecho que la responsabilidad principal sea de la familia y de los padres o personas mayores en particular, no es un argumento válido para que los medios audiovisuales locales queden totalmente de manos libres para difundir lo que quieran y en los horarios que quieran.
La responsabilidad es de todos y si el esfuerzo apunta a impedir o disminuir al menos las posibilidades de acceso a estos contenidos nocivos para nuestros niños, es necesario que nos encolumnemos en este sentido y no en la vereda contraria.
Hoy tenemos una realidad muy diferente a la de años atrás. Hoy los niños y ni que hablar los adolescentes, ya han establecido un grado de autonomía que difícilmente pueda ser dominado por sus mayores y esto no ha llegado solo, ha sido impuesto desde el exterior, porque perdimos totalmente el control de la tecnología y la globalización nos trajo algunos beneficios, pero también mucha “basura” que ha dañado hasta los tuétanos los valores de nuestros ciudadanos.
No somos partidarios de la censura, pero sí de determinados límites. No nos oponemos a la tecnología, pero sí entendemos que debemos mantener el señorío sobre ella. Vale decir usemos la tecnología en nuestro beneficio, sin permitir que sea la tecnología la que predomine libremente sin que podamos tener el más mínimo control sobre ella.
Si pusiéramos el mismo énfasis en la difusión y promoción de valores beneficiosos para nuestra comunidad, seguramente que los frutos serían muy diferentes, aunque estemos hablando de remar contra la corriente, por supuesto.
La mal llamada Ley de Medios (porque en realidad afecta solo a los audiovisuales, no a la prensa o medios escritos) resulta una piedra en el zapato para el sistema político y el gobierno actual en particular.
El gran tema de fondo es precisamente el de los contenidos y la difusión en determinados horarios de los programas que se consideran nocivos para la infancia.
Es uno de los temas más manejados y hablados en el país desde hace décadas, pero sin embargo nunca se han establecido controles firmes y sobre todo sistemas de fiscalización adecuados y por  lo tanto termina siempre en un “vale todo”. Máxime cuando estamos tan próximos a una instancia electoral y por supuesto que todo el sistema político sabe el gran poder que tiene la televisión y a nadie en su sano juicio se le ocurriría enemistarse con todo el sistema justo en estos momentos.
Entendamos bien. En primer lugar compartimos que el rol principal en este sentido lo tienen los padres, que son quienes deben controlar lo que miran y escuchan incluso sus hijos.
Aún cuando les impidan a los canales nacionales difundir determinados programas a ciertas horas, seguramente que la alta tecnología de que disponen hoy día les permitirá siempre hallar la forma de verlos, ya sea en su casa o con amigos o en cualquier otra ocasión a través de los celulares o sus tabletas, porque será muy difícil impedir que Internet siga disponiendo de esos contenidos que están  prohibidos para los canales locales en determinados horarios.
Ahora bien, el hecho que la responsabilidad principal sea de la familia y de los padres o personas mayores en particular, no es un argumento válido para que los medios audiovisuales locales queden totalmente de manos libres para difundir lo que quieran y en los horarios que quieran.
La responsabilidad es de todos y si el esfuerzo apunta a impedir o disminuir al menos las posibilidades de acceso a estos contenidos nocivos para nuestros niños, es necesario que nos encolumnemos en este sentido y no en la vereda contraria.
Hoy tenemos una realidad muy diferente a la de años atrás. Hoy los niños y ni que hablar los adolescentes, ya han establecido un grado de autonomía que difícilmente pueda ser dominado por sus mayores y esto no ha llegado solo, ha sido impuesto desde el exterior, porque perdimos totalmente el control de la tecnología y la globalización nos trajo algunos beneficios, pero también mucha “basura” que ha dañado hasta los tuétanos los valores de nuestros ciudadanos.
No somos partidarios de la censura, pero sí de determinados límites. No nos oponemos a la tecnología, pero sí entendemos que debemos mantener el señorío sobre ella. Vale decir usemos la tecnología en nuestro beneficio, sin permitir que sea la tecnología la que predomine libremente sin que podamos tener el más mínimo control sobre ella.
Si pusiéramos el mismo énfasis en la difusión y promoción de valores beneficiosos para nuestra comunidad, seguramente que los frutos serían muy diferentes, aunque estemos hablando de remar contra la corriente, por supuesto.