El derecho de todos debe primar sobre el de algunos

uienes amamos la naturaleza tuvimos que pagar un gran precio por la construcción de la represa de Salto Grande. La pérdida de la maravilla que significaba la existencia de las cascadas de Salto grande, las mayores del país y todo su entorno de islas, islotes y similares en la que se hallaba una fauna y una flora única.
El maravilloso espectáculo de la remontada de esta zona por parte de los alevinos o peces jóvenes, el salmón, el dorado, el surubí, constituía un espectáculo singular, como era también la riqueza de pesca existente en el lugar.
No obstante la construcción de la represa de Salto Grande fue asumida y entendida como una obra beneficiosa para el país y para todos, no sólo por la inolvidable época de su construcción con 5.000 obreros trabajando directamente en obra, sino todos los trabajos generados indirectamente, sino por el aporte que hasta hoy significó la construcción de la represa hidroeléctrica uruguayo – argentina.
En alguna medida la obra logró atemperar al menos el daño sobre la fauna del lugar con la construcción de la esclusa de peces, que aún discutida en cuanto a su eficacia seguramente ha servido para disminuir el daño que significaría impedir el pasaje de los peces que periódicamente remontan el río para desovar aguas arriba.
Si nos quedáramos con  nuestro sentimiento naturista, como amantes de la naturaleza, jamás podríamos aceptar la modificación de lo que teníamos en este sentido.
Sin embargo, si somos capaces de apreciar la contribución que ha significado la represa a los intereses de la nación, tenemos que admitir que ha sido una obra incuestionablemente necesaria.
No es un argumento suficiente, el de conservar la naturaleza, al precio de  desaprovechar los recursos que son capaces de generar éstos y que debidamente volcados adonde corresponde, pueden aportar un gran beneficio para los uruguayos.
El razonamiento viene al caso porque en el Este y Sur del país se está discutiendo en estos momentos si deben construirse o no las grandes obras que son los puertos de agua profunda, el puente sobre el Aceguá y el proyecto ya encaminado de la minera Aratirí.
Es probable que cualquiera de estas obras modifique las condiciones naturales de la región. Lo más razonable es unir esfuerzos para lograr que esta incidencia sea la menos posible y sobre todo que haga el menor daño que se pueda.
No es de recibo argumentar que puede dañar las condiciones ambientales del lugar, si estas condiciones sólo son aprovechadas parcialmente y en beneficio de algunos pocos uruguayos, cuando se supone que todos deberíamos tener el mismo derecho a beneficiarnos con los recursos que de allí pueda obtener el país.
Esta es la cuestión.
Quienes amamos la naturaleza tuvimos que pagar un gran precio por la construcción de la represa de Salto Grande. La pérdida de la maravilla que significaba la existencia de las cascadas de Salto grande, las mayores del país y todo su entorno de islas, islotes y similares en la que se hallaba una fauna y una flora única.
El maravilloso espectáculo de la remontada de esta zona por parte de los alevinos o peces jóvenes, el salmón, el dorado, el surubí, constituía un espectáculo singular, como era también la riqueza de pesca existente en el lugar.
No obstante la construcción de la represa de Salto Grande fue asumida y entendida como una obra beneficiosa para el país y para todos, no sólo por la inolvidable época de su construcción con 5.000 obreros trabajando directamente en obra, sino todos los trabajos generados indirectamente, sino por el aporte que hasta hoy significó la construcción de la represa hidroeléctrica uruguayo – argentina.
En alguna medida la obra logró atemperar al menos el daño sobre la fauna del lugar con la construcción de la esclusa de peces, que aún discutida en cuanto a su eficacia seguramente ha servido para disminuir el daño que significaría impedir el pasaje de los peces que periódicamente remontan el río para desovar aguas arriba.
Si nos quedáramos con  nuestro sentimiento naturista, como amantes de la naturaleza, jamás podríamos aceptar la modificación de lo que teníamos en este sentido.
Sin embargo, si somos capaces de apreciar la contribución que ha significado la represa a los intereses de la nación, tenemos que admitir que ha sido una obra incuestionablemente necesaria.
No es un argumento suficiente, el de conservar la naturaleza, al precio de  desaprovechar los recursos que son capaces de generar éstos y que debidamente volcados adonde corresponde, pueden aportar un gran beneficio para los uruguayos.
El razonamiento viene al caso porque en el Este y Sur del país se está discutiendo en estos momentos si deben construirse o no las grandes obras que son los puertos de agua profunda, el puente sobre el Aceguá y el proyecto ya encaminado de la minera Aratirí.
Es probable que cualquiera de estas obras modifique las condiciones naturales de la región. Lo más razonable es unir esfuerzos para lograr que esta incidencia sea la menos posible y sobre todo que haga el menor daño que se pueda.
No es de recibo argumentar que puede dañar las condiciones ambientales del lugar, si estas condiciones sólo son aprovechadas parcialmente y en beneficio de algunos pocos uruguayos, cuando se supone que todos deberíamos tener el mismo derecho a beneficiarnos con los recursos que de allí pueda obtener el país.
Esta es la cuestión.