El dolor es grande pero la responsabilidad aún mayor

Sacrificar a la mascota de la familia, la que seguramente se está criando o se ha criado con los niños y es un integrante más de la familia, produce un gran dolor, porque es muy difícil alcanzar este sacrificio quizás teniendo en cuenta la importancia afectiva que tiene sobre todo para los niños.
Sin embargo conviene tener claro que pese a que el dolor sea grande, la responsabilidad en estos casos es mayor. La Leishmaniasis visceral, que se ha detectado y extendido en Salto, es una enfermedad grave, que amenaza con extenderse a los seres humanos y aún cuando sea detectada a tiempo, tiene graves complicaciones y puede llegar a ser letal.
En la actual etapa, felizmente la enfermedad todavía no ha aparecido a nivel humano, pero sí se halla muy extendida a nivel canino.
Lamentablemente en este sentido las voces de la enorme mayoría de expertos y profesionales que se han pronunciado en el tema, explicando que la única forma de intentar detener la enfermedad es sacrificando a los animales infectados que sirven de reservorios al parásito que causa la enfermedad, no ha sido lo suficientemente valorada para que la población asuma con claridad cuál es la disyuntiva.
En esta línea se han pronunciado las máximas autoridades en la materia, nos referimos a la Facultad de Veterinaria, a la División Epidemiología del Ministerio de Salud Pública, a la Facultad de Ciencias y hasta a la Organización Panamericana de la Salud que no tienen dudas sobre la necesidad de sacrificar a los animales enfermos.
Existe alguna voz discrepante – que a nuestro entender – hace un grave daño, al aportar elementos, no siempre debidamente documentados – que robustecen las dudas y resistencia de mucha gente que se niega a sacrificar a sus animales, basándose en las dudas tanto del diagnóstico, como del hecho de que si el animal enfermo no es picado por el flebótomo (llamada popularmente “mosquita”, debido a su tamaño diminuto), no transmite la enfermedad.
Esta discusión debería darse en el ámbito académico y no en el público. Mucho menos teñido de intereses políticos.
Es un riesgo demasiado grande. El animal enfermo no tiene cura. Si bien hay un alto porcentaje de canes asintomáticos, vale decir que no desarrollan la enfermedad y por lo tanto no presentan los síntomas característicos de la misma, son portadores y en cualquier momento pueden ser picado y trasmitir la enfermedad.
Quizás lo más gráfico para entender la disyuntiva, es recalcar que la elección es entre el sacrificio del animal y el riesgo de que una persona de la familia o más contraigan esta grave y dolorosa enfermedad…
En esta última situación no quisiéramos vernos nunca.
Alberto Rodríguez Díaz