El drama es mucho más profundo

El lamentable crimen de San Carlos Maldonado, cuyo autor fue un hombre que había tenido prohibición de acercamiento durante seis meses, ha recordado que es un tema tremendamente complejo. La disposición de la tobillera electrónica ha sido hasta el momento lo más efectivo para evitar estas tragedias.
Sin embargo estos artefactos no siempre llegan en cantidad suficiente y en tiempo y forma a los departamentos del interior.
Seguramente su uso tampoco habrá de eliminar el riesgo por completo, pero se trata de una medida que ha demostrado ser efectiva para evitar al menos que personas procesadas por violencia doméstica se aproximen a sus denunciantes.
Los ahora denominados “femicidios” o “feminicidios”, vale decir, el homicidio de una mujer lamentablemente es uno de los dramas más habituales de nuestros días y todas las medidas intentadas hasta el momento han sido infructuosas. A lo sumo han logrado rebajar el número de estos hechos, pero no impedirlos.
Tanta es la complejidad que es frecuente que el homicida ponga fin también a sus días al mismo tiempo y por lo tanto en casos como este, ni la castración química, ni la cadena perpetua hubiera servido para impedir el tremendo desenlace, porque la severidad de la pena de este delito no lo hubiera amedrentado.
En el fondo se trata de un tema social que debemos asumir y encarar desde varios puntos porque mientras no respetemos como se merece a la mujer, la sociedad machista que integramos seguirá considerando al hombre como “propietario” y dueño absoluto de ellas en muchos casos.
Para cambiar eso es necesario cambiar aspectos culturales que incluso se asumen como “naturales” y sin embargo no son más que imposiciones, contra la voluntad de las personas.
Mientras no asumamos que las personas tenemos los mismos derechos, así seamos hombres, mujeres, niños o incluso de cualquier orientación sexual, no habrá una mejoría de fondo en este aspecto.
Los casos extremos deben ser tratados como tales, pero al mismo tiempo, las restantes medidas que tienen que ver con la educación, e incluso con la salud deben ser cuidadosamente puestas en práctica y fiscalizadas.
De nada sirve que haya leyes adecuadas e incluso que estén debidamente reglamentadas, si no se exige su cumplimiento.
Endurecer las penas no erradicará el problema, pero al menos contribuirá a disminuir el número de estos casos.







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