El mito de la “Opinión Pública”

En épocas anteriores escuchábamos con frecuencia que “la opinión pública”, sostenía tal o cual cosa. Uno de los mitos que felizmente el tiempo ha borrado de un plumazo, precisamente porque la “opinión pública” no existe.

Para entendernos, “opinar” significa dar nuestra posición frente a determinado tema. Por eso la opinión es siempre personal lleva firma, salvo que sea la opinión de un medio todo y no de un columnista.
No hay dos opiniones iguales, por la simple razón que aún aquellos que opinan lo mismo, lo hacen con palabras diferentes y a menudo en base a argumentos diferentes, porque no hay dos personas iguales.
De allí que no existe una opinión “pública”. Este era uno de los argumentos más usados en el pasado reciente. Hoy se diría por ejemplo que la “opinión pública” sostiene que vivimos en una inseguridad permanente. Que difícilmente se logra recuperar cuando lo que se roba es dinero, joyas o cosas de alto valor, por ejemplo.
Pero en realidad cuando decimos “la opinión pública”, deberíamos decir que nuestra opinión es tal.
Volviendo al caso de la seguridad nacional, seguramente hay muchos uruguayos que opinan en la misma dirección, pero esto no quiere decir que haya una opinión pública, unánime y atendible como tal.
La cuestión es que cuando alguien opina en alguna medida “se desnuda” frente al lector, oyente o televidente. Vale decir que se expone en mucho sentidos. En primer lugar en cuanto a su capacidad analítica, su capacidad para profundizar y revisar todos los aspectos e intereses que pueden estar detrás de un tema o una opinión y que no aparecen a simple vista.
Es una de las buenas cosas que nos dejan las denominadas “redes sociales”, debido a que hay opiniones que son absolutamente impresentables, absurdas, que sólo niños de escuela, con el debido respeto a estos, pueden emitirlas.
Quienes opinan con propiedad, con argumentos sólidos son los menos. No es sólo tener posibilidad de expresarse, sino que además hay que hacerlo con la propiedad que corresponde.
Todo aquel que opina con propiedad y con argumentos sólidos, merece nuestro mayor respeto, aún cuando no compartamos sus puntos de vista como sucede en muchos casos.
Opinar es una de las funciones más delicadas del ciudadano y hacerlo con argumentos sólidos, irrebatibles, capaces de convencer aún a quien discrepa, es más difícil todavía.

A.R.D.







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