El origen de todos los males

En el corazón de una persona golpeada por los celos y por la envidia – subrayó en reciente mensaje el Pontífice Francisco – ocurren “dos cosas clarísimas”. La primera cosa es la amargura.
“La persona envidiosa, la persona celosa es una persona amargada: no sabe cantar, no sabe alabar, no sabe qué cosa sea la alegría, siempre mira ‘qué cosa tiene aquel y que yo no tengo’. Y esto lo lleva a la amargura, a una amargura que se difunde sobre toda la comunidad. Son, estos, sembradores de amargura”.
La segunda actitud, explicó, “que lleva a los celos y a la envidia, son las habladurías. Porque este no tolera que aquel tenga algo, la solución es rebajar al otro, para que yo esté un poco más alto. Y el instrumento son las habladurías. Busca siempre y tras un chisme verás que están los celos, está la envidia. Y las habladurías dividen a la comunidad, destruyen a la comunidad. Son las armas del diablo”.
“Cuántas hermosas comunidades cristianas van bien, pero luego en uno de sus miembros entra el gusano de los celos y de la envidia y, con esto, la tristeza, el resentimiento de los corazones y las habladurías”.
“Una persona que está bajo la influencia de la envidia y de los celos mata”, como dice el apóstol Juan: “Quien odia a su hermano es un homicida”. Y “el envidioso, el celoso, comienza a odiar al hermano”.
El Papa Francisco ha planteado con mucha claridad casi que el origen de todos los males de la humanidad en nuestros días.
A poco comencemos a profundizar en las causas de los grandes conflictos, de las disputas e incluso de las guerras de nuestros días, nos encontraremos que en el fondo hay un tema de celos y envidia. Es que el individualismo que se impulsa en nuestros días lleva intrínsecamente la justificación de cualquier acción con tal de alcanzar lo que se mal llama “el triunfo”. Obtener lo que deseo a cualquier precio porque “el fin justifica los medios”, subrepticiamente sigue siendo una máxima muy empleada en nuestros días, aunque se lo niegue y nadie quiera admitir que está dispuesto a ponerla en práctica.
Es que la realidad indica que quien no está dispuesto a ponerla en práctica se verá relegado, dejado de lado y condenado a “mirar de afuera” el bienestar, así sea efímero y logrado a costo de la miseria de los demás”.
Lamentablemente es lo que hoy vemos florecer por todos lados. Es difícil inculcar en nuestros jóvenes valores como la solidaridad, la justicia, la equidad, cuando a nuestro lado florece y se pavonean los usureros, los testaferros, los corruptos y quienes se mueven en el mundo del informalismo.
Mientras esto siga siendo así, sin que nadie lo asuma, no podemos esperar otra cosa que las terribles consecuencias de la envidia, los celos y la inquina y estas son catastróficas.

En el corazón de una persona golpeada por los celos y por la envidia – subrayó en reciente mensaje el Pontífice Francisco – ocurren “dos cosas clarísimas”. La primera cosa es la amargura.

“La persona envidiosa, la persona celosa es una persona amargada: no sabe cantar, no sabe alabar, no sabe qué cosa sea la alegría, siempre mira ‘qué cosa tiene aquel y que yo no tengo’. Y esto lo lleva a la amargura, a una amargura que se difunde sobre toda la comunidad. Son, estos, sembradores de amargura”.

La segunda actitud, explicó, “que lleva a los celos y a la envidia, son las habladurías. Porque este no tolera que aquel tenga algo, la solución es rebajar al otro, para que yo esté un poco más alto. Y el instrumento son las habladurías. Busca siempre y tras un chisme verás que están los celos, está la envidia. Y las habladurías dividen a la comunidad, destruyen a la comunidad. Son las armas del diablo”.

“Cuántas hermosas comunidades cristianas van bien, pero luego en uno de sus miembros entra el gusano de los celos y de la envidia y, con esto, la tristeza, el resentimiento de los corazones y las habladurías”.

“Una persona que está bajo la influencia de la envidia y de los celos mata”, como dice el apóstol Juan: “Quien odia a su hermano es un homicida”. Y “el envidioso, el celoso, comienza a odiar al hermano”.

El Papa Francisco ha planteado con mucha claridad casi que el origen de todos los males de la humanidad en nuestros días.

A poco comencemos a profundizar en las causas de los grandes conflictos, de las disputas e incluso de las guerras de nuestros días, nos encontraremos que en el fondo hay un tema de celos y envidia. Es que el individualismo que se impulsa en nuestros días lleva intrínsecamente la justificación de cualquier acción con tal de alcanzar lo que se mal llama “el triunfo”. Obtener lo que deseo a cualquier precio porque “el fin justifica los medios”, subrepticiamente sigue siendo una máxima muy empleada en nuestros días, aunque se lo niegue y nadie quiera admitir que está dispuesto a ponerla en práctica.

Es que la realidad indica que quien no está dispuesto a ponerla en práctica se verá relegado, dejado de lado y condenado a “mirar de afuera” el bienestar, así sea efímero y logrado a costo de la miseria de los demás”.

Lamentablemente es lo que hoy vemos florecer por todos lados. Es difícil inculcar en nuestros jóvenes valores como la solidaridad, la justicia, la equidad, cuando a nuestro lado florece y se pavonean los usureros, los testaferros, los corruptos y quienes se mueven en el mundo del informalismo.

Mientras esto siga siendo así, sin que nadie lo asuma, no podemos esperar otra cosa que las terribles consecuencias de la envidia, los celos y la inquina y estas son catastróficas.