El problema carcelario

os muertes dentro de otros tantos recintos carcelarios con poco más de 48 horas de diferencia hablan de una situación carcelaria, compleja, difícil y en condiciones infrahumanas, donde converge la miseria humana en todas sus manifestaciones.
Nadie que se precie de estar medianamente informado, puede alegar que ignora las condiciones de terror que rigen en cualquier cárcel del país.
Miseria esta que se ve fomentada por la corrupción que también allí campea, desde el momento en que muchas veces los propios guardias policiales son tentados por el dinero sucio de los malvivientes y se involucran con ellos.
Pruebas de esto hay muchas. Las más recientes, resultan de procesamiento de policías, a veces con grado, por haber aceptado dinero para permitir la entrada de droga o directamente para ingresar drogas pesadas a los establecimientos carcelarios.
En diferente medida este problema se repite en todos los establecimientos carcelarios del país.
El recluso que mató a balazos al tristemente célebre “Rambo” (múltiple homicida Nelson Peña Otero), preso por varios homicidios, tenía un arma de fuego en su poder. Pero también el “Rambo”, tenía una con la que intentó defenderse.
El hecho sucedió en el interior de la cárcel de Libertad, una de las consideradas de mayor seguridad en el país.
Dos días después, en el Complejo Penitenciario (COMPEN), de Santiago Vázquez, otras de las cárceles consideradas más seguras del país, un recluso fue ultimado de tres puñaladas por cuatro reclusos del mismo pabellón, sin que hasta el momento se haya podido determinar cuál fue el autor del homicidio.
Más allá de esto, en todas las cárceles del país, es “normal”, hallarse con “cortes” (cuchillos improvisados por los presos), cuando no armas de fuego, que son ingresados con la complicidad de familiares u otros visitantes de los reclusos.
También en casi todas las cárceles del país, se comprueba el ingreso de drogas, desde marihuana, la más común y frecuente, hasta la “temible” pasta base.
No ignoramos que la situación en los establecimientos carcelarios es deprimente. Difícil resulta creer que tras pasar por una experiencia de vida en estas condiciones, una persona pueda recuperar su dignidad para convertirse en un integrante valioso para la comunidad.
Sabemos que hay casos en que lo logran, pero son los menos.
“Limpiar” las cárceles en todo sentido, no es tarea sencilla, pero mucho menos si los reclusos que están alojados y los delincuentes que están circunstancialmente afuera y les asisten, hallan gente corrupta que les permiten infringir la ley para cometer sus fechorías aún estando tras las rejas.
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Los muertes dentro de otros tantos recintos carcelarios con poco más de 48 horas de diferencia hablan de una situación carcelaria, compleja, difícil y en condiciones infrahumanas, donde converge la miseria humana en todas sus manifestaciones.

Nadie que se precie de estar medianamente informado, puede alegar que ignora las condiciones de terror que rigen en cualquier cárcel del país.

Miseria esta que se ve fomentada por la corrupción que también allí campea, desde el momento en que muchas veces los propios guardias policiales son tentados por el dinero sucio de los malvivientes y se involucran con ellos.

Pruebas de esto hay muchas. Las más recientes, resultan de procesamiento de policías, a veces con grado, por haber aceptado dinero para permitir la entrada de droga o directamente para ingresar drogas pesadas a los establecimientos carcelarios.

En diferente medida este problema se repite en todos los establecimientos carcelarios del país.

El recluso que mató a balazos al tristemente célebre “Rambo” (múltiple homicida Nelson Peña Otero), preso por varios homicidios, tenía un arma de fuego en su poder. Pero también el “Rambo”, tenía una con la que intentó defenderse.

El hecho sucedió en el interior de la cárcel de Libertad, una de las consideradas de mayor seguridad en el país.

Dos días después, en el Complejo Penitenciario (COMPEN), de Santiago Vázquez, otras de las cárceles consideradas más seguras del país, un recluso fue ultimado de tres puñaladas por cuatro reclusos del mismo pabellón, sin que hasta el momento se haya podido determinar cuál fue el autor del homicidio.

Más allá de esto, en todas las cárceles del país, es “normal”, hallarse con “cortes” (cuchillos improvisados por los presos), cuando no armas de fuego, que son ingresados con la complicidad de familiares u otros visitantes de los reclusos.

También en casi todas las cárceles del país, se comprueba el ingreso de drogas, desde marihuana, la más común y frecuente, hasta la “temible” pasta base.

No ignoramos que la situación en los establecimientos carcelarios es deprimente. Difícil resulta creer que tras pasar por una experiencia de vida en estas condiciones, una persona pueda recuperar su dignidad para convertirse en un integrante valioso para la comunidad.

Sabemos que hay casos en que lo logran, pero son los menos.

“Limpiar” las cárceles en todo sentido, no es tarea sencilla, pero mucho menos si los reclusos que están alojados y los delincuentes que están circunstancialmente afuera y les asisten, hallan gente corrupta que les permiten infringir la ley para cometer sus fechorías aún estando tras las rejas.