El punto exacto entre gobernantes y gobernados

Para que funcione debidamente la relación entre gobernantes y gobernados tiene que ubicarse en un punto exacto. El que gobierna debe saber y entender que su poder y sus responsabilidades terminan donde empiezan los derechos de los demás, en este caso de quienes están bajo sus órdenes.
Quien gobierna tiene y debe exigir a sus gobernados que asuman la responsabilidad que les corresponde. Los gobernados a su vez deben tener muy claro que es su responsabilidad cumplir las tareas propias y específicas de su función.
Este es el punto, cuando alguien se extralimita, cuando alguien se excede y llega más allá de lo que le corresponde, ya sea gobernante o gobernado, entonces tenemos conflicto en puerta.
La sapiencia está en manejarse dentro de los límites que corresponde.
El buen gobernante sabe que tratando con el debido respeto y exigiendo dentro de lo que corresponde logrará de sus subordinados todo lo que estos pueden dar.
En cambio si se extralimita, si viola los derechos de ellos, lo que logrará en primer lugar será un recelo propio de la disconformidad. Es probable que los subordinados se limiten a aplicar la nunca escrita ley del mínimo esfuerzo y es “trabajar para cumplir”.
A lo sumo cumplirán correctamente su tarea pero sin poner un ápice de buena voluntad, de “corazón” en  lo que hacen y por lo tanto les bastará con hacerlo.
En cambio si se trata de un jerarca que respeta y exige, si tiene actitudes humanas en cuanto al trato con sus dependientes, que no se extralimita en sus funciones, sabe que contará siempre no solo con el respaldo de los trabajadores a su trabajo, sino también con la adhesión propia de quien se esmera no solo para cumplir con su trabajo, sino para demostrar que le importa que el mismo esté bien hecho, correctamente ejecutado y por lo tanto si en alguna ocasión debe poner algo “extra” en el cumplimiento de sus tareas estamos seguros que lo hará.
Esto que es fácil de decir y explicar es difícil de llevarlo a la práctica. En primer lugar, porque no solo depende de la capacidad e idoneidad del jerarca y de la debida “ubicación” del funcionario, sino que también depende de lo qué se haga y lo qué se diga en cada caso y en especial de lo qué se delegue y en quién se delegue.
Generalmente evitar conflictos, es mucho más fácil que recomponer las situaciones iniciales, porque  la intervención de terceras personas suele complicar las situaciones, las que inexorablemente se habrán de cortar por el hilo más fino.

Para que funcione debidamente la relación entre gobernantes y gobernados tiene que ubicarse en un punto exacto. El que gobierna debe saber y entender que su poder y sus responsabilidades terminan donde empiezan los derechos de los demás, en este caso de quienes están bajo sus órdenes.

Quien gobierna tiene y debe exigir a sus gobernados que asuman la responsabilidad que les corresponde. Los gobernados a su vez deben tener muy claro que es su responsabilidad cumplir las tareas propias y específicas de su función.

Este es el punto, cuando alguien se extralimita, cuando alguien se excede y llega más allá de lo que le corresponde, ya sea gobernante o gobernado, entonces tenemos conflicto en puerta.

La sapiencia está en manejarse dentro de los límites que corresponde.

El buen gobernante sabe que tratando con el debido respeto y exigiendo dentro de lo que corresponde logrará de sus subordinados todo lo que estos pueden dar.

En cambio si se extralimita, si viola los derechos de ellos, lo que logrará en primer lugar será un recelo propio de la disconformidad. Es probable que los subordinados se limiten a aplicar la nunca escrita ley del mínimo esfuerzo y es “trabajar para cumplir”.

A lo sumo cumplirán correctamente su tarea pero sin poner un ápice de buena voluntad, de “corazón” en  lo que hacen y por lo tanto les bastará con hacerlo.

En cambio si se trata de un jerarca que respeta y exige, si tiene actitudes humanas en cuanto al trato con sus dependientes, que no se extralimita en sus funciones, sabe que contará siempre no solo con el respaldo de los trabajadores a su trabajo, sino también con la adhesión propia de quien se esmera no solo para cumplir con su trabajo, sino para demostrar que le importa que el mismo esté bien hecho, correctamente ejecutado y por lo tanto si en alguna ocasión debe poner algo “extra” en el cumplimiento de sus tareas estamos seguros que lo hará.

Esto que es fácil de decir y explicar es difícil de llevarlo a la práctica. En primer lugar, porque no solo depende de la capacidad e idoneidad del jerarca y de la debida “ubicación” del funcionario, sino que también depende de lo qué se haga y lo qué se diga en cada caso y en especial de lo qué se delegue y en quién se delegue.

Generalmente evitar conflictos, es mucho más fácil que recomponer las situaciones iniciales, porque  la intervención de terceras personas suele complicar las situaciones, las que inexorablemente se habrán de cortar por el hilo más fino.