El riesgo de enceguecerse con el poder

“Que el que gane no se sienta dueño del  país”, sabia frase esta, pronunciada en la oportunidad por el actual presidente de la República.
Es que una de las mayores tentaciones que tiene el poder, es el de hacernos sentir que somos “dueños” de algo que se nos ha prestado  por determinado período.
Pasa con los gobiernos, nacionales, departamentales e incluso locales, cuando quien accede al mismo piensa que puede y debe obrar como si se tratara de una empresa privada, en la que su “dueño” hace y deshace como se le antoja.
La gestión política es otra cosa y quien está a la cabeza del mismo tiene la obligación, no sólo de manejarse con la mayor prudencia posible, recordando siempre que sólo administrará por determinado lapso, sino que además debe también vigilar que todos los que están gobernando junto a él obren de la misma forma, porque en definitiva están administrando bienes ajenos, nada menos que de toda la comunidad.
Existen conceptos muy diferentes en esto. En un caso quienes entienden que la democracia es escuchar, analizar, consultar la opinión de técnicos, especialmente a los que se considera más idóneos en la materia y luego resolver disponiendo de apertura para aceptar la opinión mayoritaria de quienes realmente están capacitados para opinar en cada uno de los temas.
Pero también están quienes se manejan con soberbia, decidiendo en forma personalista, escuchando sólo a quien entienden que tienen que escuchar y rodeándose de cantos de sirenas, que siempre están alabando, aunque no sea esta la realidad precisamente.
Por último hay otra forma de hacerlo. Es obligando directa o indirectamente a sus dependientes a que se comprometan o aparenten comprometerse con quien gobierna, instalando clubes, banderas u otras divisas. En caso contrario el riesgo es de sufrir represalias, ya sea no renovación de contratos, o cancelación de compromisos de compra de bienes o servicios y similares.
Aprendamos que el veredicto no se impone, la voluntad de la mayoría se gana, con convicción, con planes, con programas y esencialmente con coherencia entre intención y acción, porque en el fondo es el ciudadano, quien a solas en el cuarto secreto dará su veredicto y lo que en definitiva depositará en la urna, es su credibilidad a determinadas personas.
Esto es la esencia de la democracia y lo más genuino de ella.
Quien o quienes crean lo contrario se equivocan de cabo a rabo y seguramente que habrán de chasquear feo.

“Que el que gane no se sienta dueño del  país”, sabia frase esta, pronunciada en la oportunidad por el actual presidente de la República.

Es que una de las mayores tentaciones que tiene el poder, es el de hacernos sentir que somos “dueños” de algo que se nos ha prestado  por determinado período.

Pasa con los gobiernos, nacionales, departamentales e incluso locales, cuando quien accede al mismo piensa que puede y debe obrar como si se tratara de una empresa privada, en la que su “dueño” hace y deshace como se le antoja.

La gestión política es otra cosa y quien está a la cabeza del mismo tiene la obligación, no sólo de manejarse con la mayor prudencia posible, recordando siempre que sólo administrará por determinado lapso, sino que además debe también vigilar que todos los que están gobernando junto a él obren de la misma forma, porque en definitiva están administrando bienes ajenos, nada menos que de toda la comunidad.

Existen conceptos muy diferentes en esto. En un caso quienes entienden que la democracia es escuchar, analizar, consultar la opinión de técnicos, especialmente a los que se considera más idóneos en la materia y luego resolver disponiendo de apertura para aceptar la opinión mayoritaria de quienes realmente están capacitados para opinar en cada uno de los temas.

Pero también están quienes se manejan con soberbia, decidiendo en forma personalista, escuchando sólo a quien entienden que tienen que escuchar y rodeándose de cantos de sirenas, que siempre están alabando, aunque no sea esta la realidad precisamente.

Por último hay otra forma de hacerlo. Es obligando directa o indirectamente a sus dependientes a que se comprometan o aparenten comprometerse con quien gobierna, instalando clubes, banderas u otras divisas. En caso contrario el riesgo es de sufrir represalias, ya sea no renovación de contratos, o cancelación de compromisos de compra de bienes o servicios y similares.

Aprendamos que el veredicto no se impone, la voluntad de la mayoría se gana, con convicción, con planes, con programas y esencialmente con coherencia entre intención y acción, porque en el fondo es el ciudadano, quien a solas en el cuarto secreto dará su veredicto y lo que en definitiva depositará en la urna, es su credibilidad a determinadas personas.

Esto es la esencia de la democracia y lo más genuino de ella.

Quien o quienes crean lo contrario se equivocan de cabo a rabo y seguramente que habrán de chasquear feo.