El símbolo de Gardel

Se cumplen hoy 75 años de la tragedia de Medellín, de la que siempre hemos oído hablar, debido a que en ella murió nada menos que Carlos Gardel, el cantor más emblemático de todos los tiempos en el Río de la Plata.

Pero más allá del recuerdo y el reconocimiento a lo que significó Gardel, creemos importante admitir que el cantor popular fue y probablemente siga siendo un símbolo de la hermandad rioplatense.

Cada vez hay menos dudas de que Gardel era uruguayo. Mas aún, si todavía quedan algunas, es porque en ningún momento Argentina ha permitido hacerle el ADN a los restos del cantor y a quien se identifica como su padre en nuestro país.

Pero lejos de nosotros está el interés por revivir esta polémica. En estas columnas hemos explicado nuestra posición al respecto. Más allá del lugar físico donde nació Gardel, seguramente en Tacuarembó, Gardel alcanzó fama y trascendencia porque se destacó en Buenos Aires y desde allí en toda América, llegando a Europa.

Hemos dicho, sin recelo alguno, que Uruguay debe admitir que hay muy pocos compatriotas que hayan sobresalido, ya sea en alguna rama del arte, del deporte o similar, sin pasar por el gran mercado o la gran vidriera que es Buenos Aires y la Argentina toda.

Los ejemplos sobran, Francéscoli, Forlán, el mismo Abreu, si hablamos de fútbol, los salteños Amorim y Quiroga en el arte, junto a China Zorrilla e Irineo Leguisamo en el turf.

Y esto no nos hace sentir más pequeños, ni dependientes. No nos hace sentir que comprometamos nuestra soberanía ni identidad alguna al reconocerlo, sino que por honestidad debemos admitir la influencia argentina. Ni que hablar en lo económico, si hablamos de turismo, si hablamos de inversiones productivas y similares.

No estamos hipotecando nada, ni renunciando a nada. Estamos haciendo votos para que ubiquemos los roces y conflictos que de tanto en tanto aparecen, en su justo lugar.

Uruguay, como lo ha dicho Mujica, debe admitir que sin los gigantes vecinos de la región, tiene muy pocas posibilidades en todo sentido.

Gardel, debe ser uno de los ejemplos más contundentes en este sentido.

Sabemos que nació aquí, que es uruguayo, que nunca renegó de su nacionalidad, aunque tampoco la proclamó, pero siguió teniendo como amigo dilecto a nuestro paisano, Irineo Leguisamo, un amigo prácticamente de los mismos pagos y a quien también llevó a Buenos Aires, para darle la relevancia que supo tener.

En este nuevo aniversario de aquella tragedia, ojalá podamos asumir que como Gardel, lo mejor que podemos hacer, es sentirnos rioplanteses y latinoamericanos, sin dejar de lado nuestra condición de uruguayos, nacido en este paisito, único en el mundo.

Y eso sí, cuando se trata de fútbol, muy claro ¡somos celestes!.