El valioso legado de los adultos mayores

Siempre desde estas columnas hemos reivindicado el valor que supone la existencia de los adultos mayores.
Las sociedades más avanzadas, en todo terreno, pero sobre todo en lo espiritual son indudablemente las que han sabido capitalizar los conocimientos y la sabiduría de las generaciones anteriores, las que fueron transmitiendo a sus sucesores.
En nuestra comunidad lo que vemos más frecuentemente hoy es que los jóvenes y sobre todo los adolescentes reniegan de lo que le puedan aportar “los viejos”, y con este calificativo se refieren a todas las personas mayores de 30 y pocos años.
A su vez, es este el peor de los errores cuando se trata de obtener la transmisión de conocimientos de generación en generación. Es decir, si alguien no demuestra interés en adquirir conocimiento o en conocer experiencias anteriores, generalmente la posibilidad de esta transmisión se ve frustrada.
En algunas comunidades, como la china, por ejemplo, los ancianos son considerados sabios, no por tener una profesión o ser un científico, por ejemplo, sino sencillamente por ser viejo y a veces conocer un oficio que ha practicado durante toda su vida.
En estas comunidades los oficios y el conocimiento se transmite de generación en generación incluso en el ámbito familiar donde se capitaliza como una riqueza.
Hoy en el occidente vemos como se desecha esta posibilidad, los niños y adolescentes, que han nacido bajo la generación dominada por el celular, la computadora y los medios electrónicos, consideran inconscientemente que nada de lo anterior a esta época tiene valor y sencillamente descartan todo lo antiguo porque “ya fue”.
Este es el mayor error que cometemos.  Se corta la  transmisión de conocimientos y de experiencias que permiten superarse y avanzar en el camino de desarrollo a una comunidad. Pero además al menospreciar de esta manera el conocimiento de nuestros mayores, descartando su valor de antemano, sin llegar a conocerlo, menospreciando el valioso legado que seguramente pueden darnos, estamos también menospreciando y desvalorizando a la persona en sí.
Existen algunas iniciativas interesantes para evitar que sigamos perdiendo este legado, pero hasta hoy no se ha hecho carne en la comunidad y lamentablemente vemos que sobre todos los oficios que alguna vez existieron, como el de mimbrero, zapatero, sastre, muebleros,  se van extinguiendo en la vorágine de un mundo consumista, donde impera el “use y tire”.
Ojalá podamos revertir esta premisa antes que sea demasiado tarde.

Siempre desde estas columnas hemos reivindicado el valor que supone la existencia de los adultos mayores.

Las sociedades más avanzadas, en todo terreno, pero sobre todo en lo espiritual son indudablemente las que han sabido capitalizar los conocimientos y la sabiduría de las generaciones anteriores, las que fueron transmitiendo a sus sucesores.

En nuestra comunidad lo que vemos más frecuentemente hoy es que los jóvenes y sobre todo los adolescentes reniegan de lo que le puedan aportar “los viejos”, y con este calificativo se refieren a todas las personas mayores de 30 y pocos años.

A su vez, es este el peor de los errores cuando se trata de obtener la transmisión de conocimientos de generación en generación. Es decir, si alguien no demuestra interés en adquirir conocimiento o en conocer experiencias anteriores, generalmente la posibilidad de esta transmisión se ve frustrada.

En algunas comunidades, como la china, por ejemplo, los ancianos son considerados sabios, no por tener una profesión o ser un científico, por ejemplo, sino sencillamente por ser viejo y a veces conocer un oficio que ha practicado durante toda su vida.

En estas comunidades los oficios y el conocimiento se transmite de generación en generación incluso en el ámbito familiar donde se capitaliza como una riqueza.

Hoy en el occidente vemos como se desecha esta posibilidad, los niños y adolescentes, que han nacido bajo la generación dominada por el celular, la computadora y los medios electrónicos, consideran inconscientemente que nada de lo anterior a esta época tiene valor y sencillamente descartan todo lo antiguo porque “ya fue”.

Este es el mayor error que cometemos.  Se corta la  transmisión de conocimientos y de experiencias que permiten superarse y avanzar en el camino de desarrollo a una comunidad. Pero además al menospreciar de esta manera el conocimiento de nuestros mayores, descartando su valor de antemano, sin llegar a conocerlo, menospreciando el valioso legado que seguramente pueden darnos, estamos también menospreciando y desvalorizando a la persona en sí.

Existen algunas iniciativas interesantes para evitar que sigamos perdiendo este legado, pero hasta hoy no se ha hecho carne en la comunidad y lamentablemente vemos que sobre todos los oficios que alguna vez existieron, como el de mimbrero, zapatero, sastre, muebleros,  se van extinguiendo en la vorágine de un mundo consumista, donde impera el “use y tire”.

Ojalá podamos revertir esta premisa antes que sea demasiado tarde.