El vicio de culpar a otro

Que nadie lo dude, estamos ante los preliminares de la aparición de las rapiñas y delitos más graves.
Cuando esto afirmamos, tenemos claro la responsabilidad que nos cabe debido al riesgo de alarmar innecesariamente a la población, aumentando la denominada “sensación térmica” de la situación delictiva.
Sin embargo, yendo a hecho concretos, señalemos que la aparición de los denominados “motochorros” (un argentinismo que se nos ha pegado a nivel de los medios masivos), son cada vez más frecuentes.
Hasta el momento han sido pocos  los casos en que estos arrebatos se transforman en rapiñas, con sus víctimas lastimadas, porque para desprenderlas de sus pertenencias, se les aplica un golpe o se acciona un arma, aunque lamentablemente los hay.
Pero el mayor temor de que esta situación se convierta a corto plazo en delitos de mayor gravedad, surge de cierta desidia que notamos a nivel de quienes deben preocuparse por combatir y prevenir este tipo de acciones.
Nos explicamos, a nivel policial vemos cada vez más extendido el concepto de que “son menores” y por lo tanto, la policía entiende que no debe perder tiempo en tratar de combatir o desbaratar sus acciones, porque los jueces los sueltan o nos ponen miles de traba y pérdidas de tiempo a la hora de tratar de detener sus acciones.
Por su parte la Intendencia, por ejemplo, no vemos que combata con eficacia a las motos que circulan sin matrícula o con esta escondida. El temor a tratar de atraparlos y que se accidenten, máxime si son menores, los ha puesto fuera también de estos controles.
La Justicia, reclama pruebas fehacientes de sus tropelías – lo que entendemos correcto – para adoptar medidas de mayor enjundia, si no las tiene, porque la policía no las ha obtenido, al aplicar la  ley debe necesariamente poner en libertad a los adolescentes.
Estamos en definitiva ante una situación temible. Vemos como las cosas se van agravando temerariamente y no llegan las medidas coordinadas y multidisciplinarias que se requieren para encarar el problema en todas sus formas y tratar de llegar a una salida adecuada.
Felizmente Salto sigue siendo una ciudad relativamente tranquila, el nivel delictivo es bajo a pesar de todo, pero si atendemos a la evolución delictiva en el país veremos que no estamos bien ni mucho menos.
Aún cuando haya voces discrepantes, debemos decir que nos preocupa la desidia que vemos en quienes comparten la responsabilidad de los controles. Existe omisión, existe una suerte de “vicio” de culpar a otros organismos u otras instituciones. Policía carga las tintas sobre la Justicia, ésta atribuye a la policía y a las propias leyes sus limitaciones. Es frecuente además atribuir toda la culpa al INAU, a la familia y por último, a la sociedad, esa gran masa que somos todos, pero no es nadie…
Difícilmente admitimos que somos parte del problema y tenemos responsabilidades concretas. Que otros cumplan las suyas o no, no nos exime a nosotros de las nuestras.
¡Entendámoslo de una buena vez!.
Que nadie lo dude, estamos ante los preliminares de la aparición de las rapiñas y delitos más graves.
Cuando esto afirmamos, tenemos claro la responsabilidad que nos cabe debido al riesgo de alarmar innecesariamente a la población, aumentando la denominada “sensación térmica” de la situación delictiva.
Sin embargo, yendo a hecho concretos, señalemos que la aparición de los denominados “motochorros” (un argentinismo que se nos ha pegado a nivel de los medios masivos), son cada vez más frecuentes.
Hasta el momento han sido pocos  los casos en que estos arrebatos se transforman en rapiñas, con sus víctimas lastimadas, porque para desprenderlas de sus pertenencias, se les aplica un golpe o se acciona un arma, aunque lamentablemente los hay.
Pero el mayor temor de que esta situación se convierta a corto plazo en delitos de mayor gravedad, surge de cierta desidia que notamos a nivel de quienes deben preocuparse por combatir y prevenir este tipo de acciones.
Nos explicamos, a nivel policial vemos cada vez más extendido el concepto de que “son menores” y por lo tanto, la policía entiende que no debe perder tiempo en tratar de combatir o desbaratar sus acciones, porque los jueces los sueltan o nos ponen miles de traba y pérdidas de tiempo a la hora de tratar de detener sus acciones.
Por su parte la Intendencia, por ejemplo, no vemos que combata con eficacia a las motos que circulan sin matrícula o con esta escondida. El temor a tratar de atraparlos y que se accidenten, máxime si son menores, los ha puesto fuera también de estos controles.
La Justicia, reclama pruebas fehacientes de sus tropelías – lo que entendemos correcto – para adoptar medidas de mayor enjundia, si no las tiene, porque la policía no las ha obtenido, al aplicar la  ley debe necesariamente poner en libertad a los adolescentes.
Estamos en definitiva ante una situación temible. Vemos como las cosas se van agravando temerariamente y no llegan las medidas coordinadas y multidisciplinarias que se requieren para encarar el problema en todas sus formas y tratar de llegar a una salida adecuada.
Felizmente Salto sigue siendo una ciudad relativamente tranquila, el nivel delictivo es bajo a pesar de todo, pero si atendemos a la evolución delictiva en el país veremos que no estamos bien ni mucho menos.
Aún cuando haya voces discrepantes, debemos decir que nos preocupa la desidia que vemos en quienes comparten la responsabilidad de los controles. Existe omisión, existe una suerte de “vicio” de culpar a otros organismos u otras instituciones. Policía carga las tintas sobre la Justicia, ésta atribuye a la policía y a las propias leyes sus limitaciones. Es frecuente además atribuir toda la culpa al INAU, a la familia y por último, a la sociedad, esa gran masa que somos todos, pero no es nadie…
Difícilmente admitimos que somos parte del problema y tenemos responsabilidades concretas. Que otros cumplan las suyas o no, no nos exime a nosotros de las nuestras.
¡Entendámoslo de una buena vez!.