En defensa del periodismo “puro y duro”

La consolidación profesional y la pasión por defenderla garantiza la vigencia de un periodismo “puro y duro”. El público no siempre parece percibirá su necesidad, pero es menester que sepa cuan útil es contar con tal servicio. Un servicio que solo lo brindarán los buenos periodistas, los que no se dejan atrapar por la rutina, los que no aceptan caer en los  lugares comunes,a los que se niegan a decir cosas previsibles.
El tema es cómo defender esto que está en el ADN del periodismo, ante tantos embates simultáneos que parecerían obligar a cambios. Hay un hecho evidente: la transformación tecnológica, tiene tanta dinámica que sería impensable y absurdo detenerla. Pero eso no quiere decir que el periodismo la asuma en forma acrítica. Debe sacar el mejor provecho de sus ventajas y estar atento a ciertas compulsiones que dicha innovación genera y que afectan la calidad de su tarea. Lo que importa es potenciar el instrumental para mostrar con rigor los hechos, explicarlos con precisión y en su debida complejidad y nunca dejar de verificar con las fuentes que correspondan.
No tiene sentido luchar desde la nostalgia para defender estilos que ya no volverán. Pero si es necesario defender lo esencial a la profesión, por lo que representa, por el servicio que cumple y por todo aquello que trasciende a las modas, los cambios y las variaciones de cada época.
El desafío afecta a los periodistas, pero alcanza más que a nadie, al común de la gente. Si ella decide no interesarse en las noticias sobre política, economía, salud, educación o en general lo que afecta a una sociedad, está cediendo su poder. Las constituciones y las normas procuran equilibrar y controlar gobiernos. Las elecciones permiten castigar a los que se equivocan y premiar a quienes hacen bien las cosas. Pero ningún mecanismo legal puede evitar el desinterés de la gente ni la posibilidad de que ella cometa errores. En definitiva somos libres de decidir cómo nos informamos y si nos informamos. Nadie puede ir contra esa libertad, pero solo nosotros somos responsables de sus resultados, más cuando son negativos. El entretenimiento es una saludable válvula de escape a las presiones cotidianas, pero no debe competir con el periodismo. Hay un tiempo para informarse y un tiempo para distenderse. Si los medios y el propio público creen que lo  razonable es hacer competir a los Tinelli, a los reality show o a las comedias populares con el buen periodismo, entonces sin duda perderá el periodismo.
Es que sus cometidos no son los mismos y por lo tanto, no pueden rivalizar de igual a igual. Pero si de verdad  el periodismo  es el derrotado, será mucho más lo que quedará por el camino.
Los párrafos precedentes son de tomas Linn, pero los suscribimos plenamente, la esencia del periodismo no ha cambiado ni cambiará jamás. Pueden suprimirse, como lo hacen los gobiernos totalitarios o florecer en las democracias más plenas, pero nunca modificarse.

La consolidación profesional y la pasión por defenderla garantiza la vigencia de un periodismo “puro y duro”. El público no siempre parece percibirá su necesidad, pero es menester que sepa cuan útil es contar con tal servicio. Un servicio que solo lo brindarán los buenos periodistas, los que no se dejan atrapar por la rutina, los que no aceptan caer en los  lugares comunes,a los que se niegan a decir cosas previsibles.

El tema es cómo defender esto que está en el ADN del periodismo, ante tantos embates simultáneos que parecerían obligar a cambios. Hay un hecho evidente: la transformación tecnológica, tiene tanta dinámica que sería impensable y absurdo detenerla. Pero eso no quiere decir que el periodismo la asuma en forma acrítica. Debe sacar el mejor provecho de sus ventajas y estar atento a ciertas compulsiones que dicha innovación genera y que afectan la calidad de su tarea. Lo que importa es potenciar el instrumental para mostrar con rigor los hechos, explicarlos con precisión y en su debida complejidad y nunca dejar de verificar con las fuentes que correspondan.

No tiene sentido luchar desde la nostalgia para defender estilos que ya no volverán. Pero si es necesario defender lo esencial a la profesión, por lo que representa, por el servicio que cumple y por todo aquello que trasciende a las modas, los cambios y las variaciones de cada época.

El desafío afecta a los periodistas, pero alcanza más que a nadie, al común de la gente. Si ella decide no interesarse en las noticias sobre política, economía, salud, educación o en general lo que afecta a una sociedad, está cediendo su poder. Las constituciones y las normas procuran equilibrar y controlar gobiernos. Las elecciones permiten castigar a los que se equivocan y premiar a quienes hacen bien las cosas. Pero ningún mecanismo legal puede evitar el desinterés de la gente ni la posibilidad de que ella cometa errores. En definitiva somos libres de decidir cómo nos informamos y si nos informamos. Nadie puede ir contra esa libertad, pero solo nosotros somos responsables de sus resultados, más cuando son negativos. El entretenimiento es una saludable válvula de escape a las presiones cotidianas, pero no debe competir con el periodismo. Hay un tiempo para informarse y un tiempo para distenderse. Si los medios y el propio público creen que lo  razonable es hacer competir a los Tinelli, a los reality show o a las comedias populares con el buen periodismo, entonces sin duda perderá el periodismo.

Es que sus cometidos no son los mismos y por lo tanto, no pueden rivalizar de igual a igual. Pero si de verdad  el periodismo  es el derrotado, será mucho más lo que quedará por el camino.

Los párrafos precedentes son de tomas Linn, pero los suscribimos plenamente, la esencia del periodismo no ha cambiado ni cambiará jamás. Pueden suprimirse, como lo hacen los gobiernos totalitarios o florecer en las democracias más plenas, pero nunca modificarse.