Entre el festejo y los desbordes

Hace mucho tiempo que buscamos explicaciones sin resultado. ¿Cómo puede entenderse el hecho de que una familia vaya a disfrutar de un espectáculo deportivo y luego, casualmente se encuentre con una patota de inadaptados, fanáticos de otros colores (o del atroz salvajismo), capaz de matar al padre ante los ojos de su hijo, niño, y de intentar agredir incluso a éste?.
Pueden estos crímenes tener alguna “explicación” razonable o ser llamados parte de un festejo?
Indudablemente NO.
Pero además no busquemos las causas de estos hechos fuera de las personas –si así se les puede llamar – cercanas a nosotros mismos, o aquellas que algunos de nosotros han formado, al instigar o fomentar cualquier tipo de violencia en la sociedad, así sea admitiendo sin reparos las publicidades que subliminalmente conllevan estas conductas impropias.
Hoy tenemos una sociedad violenta, formada por seres que entienden la violencia como una manifestación casi “normal”, cuando se dan estas reuniones masivas.
Vamos a entendernos, la violencia, la transgresión, el deseo de hacer algo “notorio”, está dentro de nosotros. No lo busquemos en otro lugar.
Basta haber observado el festejo de algunos peñarolenses en la noche del sábado último para entender la cuestión. Un extravagante consumo de alcohol, porque parecería que de otra forma no se festeja, gente trepada a los semáforos, botellas de cerveza rotas contra el pavimento de ex profeso y el desborde en todo momento “a flor de piel”.
Así lo vimos en la esquina de Uruguay y Treinta y Tres, así lo observamos más tarde, cuando las banderas “rodeaban” el monumento al prócer en Plaza Artigas.
Justo es decirlo también. La policía cumplió hasta el momento que vimos al menos, un rol muy profesional. Se constituyó en una presencia alerta, cercana, marcando límites, rodeando a los que “festejaban”, sin reprimir, pero presta a intervenir cuando la situación lo ameritara.
También es cierto que no supimos de desbordes lamentables.
Vamos a entendernos, somos de los que disfrutamos de las manifestaciones populares. A veces compartiendo el motivo del festejo y a veces no, pero respetando siempre.
Nos gusta ver a la gente manifestando, dando rienda suelta a su alegría por el triunfo de sus ideas o de sus colores, porque es un signo de libertad.
Lo que no admitimos son los desbordes, los actos vandálicos, la prepotencia que algunos entienden que no puede faltar para que su “festejo” sea completo.
Es importante llamar a las cosas por su nombre. Una cosa es el legítimo festejo y muy otra el vandalismo ruin, que puede llegar a ser criminal.
No se debe permitir que los cultores de estas acciones últimas, que nunca pasan de un puñadito, dentro de la masa manifestante, arruinen lo que debe ser siempre una fiesta.
Alberto Rodríguez Díaz.