Hora de demostrar solidaridad

Quienes hemos vivido las horas de estar pendientes de la creciente, sabemos de la calamidad que significa verse afectados por las aguas desbordadas, frente a las cuales lo único que queda es cederle paso y prevenirse de su llegada. Hemos también verificado lo que significan las pruebas de solidaridad de algunas personas y lo que lamentablemente también desnudan estas situaciones en quienes se rasgan las vestiduras proclamando solidaridad, pero llegado el momento “desaparecen” de la posibilidad de ayudar a alguien.
Decimos esto porque lo hemos sufrido en carne propia. Hemos recurrido a personas que tienen galpones y otros locales vacíos, cerrados o clausurados y cuando alguien les solicita permiso para depositar allí sus enceres ponen muchas excusas y en definitiva no habilitan este depósito, supuestamente pidiendo disculpas y con muchas lamentaciones porque “no pueden” (¿o no quieren?).
No interesa sus nombres, aunque bien los conocemos. Nunca los daremos a conocer. Allá ellos y su conciencia. Tampoco pueden decir que no nos conocen y por eso no acceden a lo solicitado.
Pero de todas formas, no condenamos a quienes así actúan, pero esta actitud nos merece lástima, no son para nosotros otra cosa que personas que se han dejado atrapar por lo material, que anteponen sus bienes a la posibilidad de demostrar solidaridad.
Sin duda alguna que quien socorre en estas ocasiones asume riesgos. Riesgo que le rompan o estropeen algo, riesgo de que sea difícil luego la devolución del bien en tiempo y forma y demás, pero es también un riesgo consciente, que la gratitud de una sola de las familias o de una persona integrante de ellas, compensa y justifica esos riesgos y en definitiva, aún cuando no se lo reconozca o agradezca, nuestra conciencia gozará con el gesto asumido.
Lástima por quienes nunca serán capaces de experimentar la enorme satisfacción y la reconfortante alegría de haber podido dar una mano a quien lo necesitaba y en el momento que los necesitaba.
Jamás tendremos otro sentimiento hacia ellos que no sea el de lástima, el de lamentar su egoísmo y su pobreza de espíritu, porque en la vida llega el momento de rendir cuentas y seguramente en algún momento necesitaremos una mano de alguien, ya sea por edad, por salud o por diversos factores y que no sea que debamos recurrir precisamente a quien en algún momento le negamos la mano que nos solicitaba.
Alberto Rodríguez Díaz