Hoy es utopía, pero nunca dejaremos de soñarla

Una ciudad limpia y ordenada, con personas que guardan sus deshechos hasta tener a mano, desde el papel de un caramelo hasta el vasito de helado y sobre todo los envases plásticos de un refresco, para depositarlo en uno de los recipientes adecuados, que es donde corresponde, porque ha sido establecido por las autoridades que hemos elegido.
Una ciudad donde los conductores conocen y otorgan las preferencias a la circulación que marcan las disposiciones correspondientes en la materia.
Donde los conductores respetan todas las normas y señales de tránsito, desde la velocidad a la forma y los lugares correspondientes de circulación.
Una ciudad donde los transeúntes conozcan y respeten las normas que les dan derechos y obligaciones a su tránsito por la vía pública.
Donde la luz amarilla no sea una invitación a pisar el acelerador, sino a detenerse y pisar los frenos como lo indican las disposiciones.
Una ciudad en la que los servicios funcionen debidamente asegurándonos el orden y la prolijidad que corresponde a una urbe en la que sus habitantes asumen sus deberes y pretende constituir una ciudad turística.
Una ciudad donde no sigamos pensando que lo que tenemos que hacer con la basura y todos nuestros deshechos es ocultarlos, tirarlos donde no se vean a simple vista, en lugar de depositarlos donde corresponde.
Una ciudad conformada por habitantes amables, cálidos y serviciales hacia el visitante, que nada tiene que ver con ser molestos e insistentes en la disposición.
Una ciudad en la que celebremos el hecho de tener a miles y miles de estudiantes, de jóvenes preparándose para un futuro mejor y aportando su entusiasmo, su dinamismo y su alegría a la comunidad.
En la que los adultos mayores sean vistos con el cariño, el respeto y el agradecimiento que merecen por la sencilla razón de habernos precedido y sentado las bases para la comunidad de nuestros días y no como hoy, en que sobre todo los más ancianos y vulnerables deben salir lo menos posible a la calle, mirando hacia todos lados para no ser atropellados y arrebatados por los famosos “motochorros”.
Una ciudad que sepa celebrar la vida en comunidad, compartir y respetar a los demás, en lugar de tratar de sacar ventajas.
En definitiva una ciudad de la que podamos sentirnos orgullosos, en lugar de llegar a sentir cierta vergüenza.
Parece una utopía, cuando debería de ser la realidad y mal que nos pese tendremos que hacerla realidad, porque es la única forma de preservar lo que nos ha sido otorgado.







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