La historia que sigue clamando justicia

Hoy 20 de mayo se cumple una nueva jornada de recordación de los desaparecidos durante los años de dictadura y por justicia pretendemos recordar hoy el caso de la maestra Elena Quinteros y su madre María Almeida “Tota” Quinteros que murió hace ya diez años sin poder saber el paradero de su hija.
No pretendemos en estas columnas analizar el acierto o desacierto de la ideología anarquista que defendía la maestra María Elena Quinteros, ni mucho menos sus acciones como activista.
No es el propósito de estas líneas, pero para quienes quieren meter todo en la misma bolsa, vale decir los crímenes de Estado, con los asesinatos de quienes se levantaron en armas en la década del setenta, la acción de quienes llevaron adelante la detención y desaparición de la maestra Elena Quinteros, quizás le sirva esto para entender las diferencias.
La maestra Elena Quinteros pretendió refugiarse en la embajada de Venezuela y fue literalmente arrancada de allí por policías y militares integrantes de las denominadas Fuerzas Conjuntas, no sin antes romperle una pierna en el forcejeo.
Para entendernos, los territorios de las embajadas son inviolables debido a que se consideran territorio de los países extranjeros, donde se asientan estas embajadas. Vale decir que en esa ocasión los militares y policías que integraban las fuerzas conjuntas actuaron por encima de la Constitución y de todo el derecho internacional.
Tal violación desembocó en un grave incidente entre Uruguay y Venezuela que determinó el rompimiento de relaciones diplomáticas.
Más allá que posteriormente fue enjuiciado y condenado por este y otros hechos el entonces canciller de la República, Juan Carlos Blanco, las fuerzas militares de la dictadura se negaron siempre a entregar con vida a la maestra Quinteros, cuyo destino final hasta el día de hoy es desconocido.
Vale decir que no es lo mismo el terrorismo de Estado, que el terrorismo proveniente de quienes están sublevados, debido a que en el primero de los casos se tiene todo el poder en las manos, incluso para pasar por arriba a cualquier derecho, a cualquier ley para torturar y matar incluso.
Esto no tiene parangón alguno. Lo otro también es delito y debió pagarse como se pagó, pero esto no da derecho a meter todo en la misma bolsa.
Los casos como el de Elena Quinteros y su madre siguen clamando justicia y mientras no se logre nunca habrá paz verdadera, porque los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla y esto sería catastrófico.
A.R.D.







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