La Hora del Planeta: con la señal no basta

La Hora del Planeta, impulsada por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF por sus siglas en inglés), consiste en apagar las luces, sobre todo de edificios públicos emblemáticos durante  una hora.
Nació cinco años atrás en la ciudad australiana de Sydney, como forma de concienciar sobre la necesidad de preservar el medio ambiente.
Paulatinamente se fue afianzando, reuniendo mayor número de naciones adheridas al punto que este año, el sábado 31 de marzo, fueron alrededor de 150 las naciones que participaron en la iniciativa, aeropuertos, museos, y edificios públicos del porte de la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo y la Iglesia de Notre Dame en Francia, la sede de la Universidad Estatal de Moscú en la capital rusa y el estadio olímpico de Luzhniki apagaron sus luces.
También quedaron a oscuras durante una hora Viena, Praga y Budapest, tres grandes capitales de Europa Central. El Palacio Real de Madrid también acompañó la medida en España.
Al mismo tiempo miles de personas y empresas del ámbito privado, que comparten la preocupación por el cuidado del medio ambiente se adhirieron a esta muestra de preocupación.
La necesidad de fomentar las energías no convencionales como forma de disminuir el calentamiento global, es hoy una preocupación que excede el ámbito de los ecologistas, de los movimientos verdes y de aquellos grupos activistas que luchan permanentemente por defender el medio ambiente. Cualquier gobierno, cualquier nación que conozca el problema y sepa de las amenazas que penden sobre el planeta por las consecuencias de los abusos en las acciones humanas, tiene motivos para sentirse preocupado.
Es por eso que no nos asombra el crecimiento que ha tenido esta iniciativa, aunque conviene notar que las grandes potencias, las que son responsables de la mayor contaminación y causante del recalentamiento global, no se hallan entre las que impulsan La Hora del Planeta.  Hasta resulta llamativo, como el hombre, sabiendo que camina hacia un precipicio sigue adelante.
A sabiendas que hay acciones tremendamente nocivas para la subsistencia del planeta que habita, no parece dispuesto a detenerse. Don dinero y todos los intereses particulares que llevan a él, manejan el  mundo.
Hay acciones cuyo manejo y decisiones están por encima no sólo de los pueblos, sino también de los gobiernos y por lo tanto resulta muy difícil ponerles límites y exigencias. Por lo pronto, La Hora del Planeta es una buena iniciativa, absolutamente insuficiente, pero que aporta en la línea de la responsabilidad ciudadana y este es el primer elemento a conseguir.

La Hora del Planeta, impulsada por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF por sus siglas en inglés), consiste en apagar las luces, sobre todo de edificios públicos emblemáticos durante  una hora.

Nació cinco años atrás en la ciudad australiana de Sydney, como forma de concienciar sobre la necesidad de preservar el medio ambiente.

Paulatinamente se fue afianzando, reuniendo mayor número de naciones adheridas al punto que este año, el sábado 31 de marzo, fueron alrededor de 150 las naciones que participaron en la iniciativa, aeropuertos, museos, y edificios públicos del porte de la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo y la Iglesia de Notre Dame en Francia, la sede de la Universidad Estatal de Moscú en la capital rusa y el estadio olímpico de Luzhniki apagaron sus luces.

También quedaron a oscuras durante una hora Viena, Praga y Budapest, tres grandes capitales de Europa Central. El Palacio Real de Madrid también acompañó la medida en España.

Al mismo tiempo miles de personas y empresas del ámbito privado, que comparten la preocupación por el cuidado del medio ambiente se adhirieron a esta muestra de preocupación.

La necesidad de fomentar las energías no convencionales como forma de disminuir el calentamiento global, es hoy una preocupación que excede el ámbito de los ecologistas, de los movimientos verdes y de aquellos grupos activistas que luchan permanentemente por defender el medio ambiente. Cualquier gobierno, cualquier nación que conozca el problema y sepa de las amenazas que penden sobre el planeta por las consecuencias de los abusos en las acciones humanas, tiene motivos para sentirse preocupado.

Es por eso que no nos asombra el crecimiento que ha tenido esta iniciativa, aunque conviene notar que las grandes potencias, las que son responsables de la mayor contaminación y causante del recalentamiento global, no se hallan entre las que impulsan La Hora del Planeta.  Hasta resulta llamativo, como el hombre, sabiendo que camina hacia un precipicio sigue adelante.

A sabiendas que hay acciones tremendamente nocivas para la subsistencia del planeta que habita, no parece dispuesto a detenerse. Don dinero y todos los intereses particulares que llevan a él, manejan el  mundo.

Hay acciones cuyo manejo y decisiones están por encima no sólo de los pueblos, sino también de los gobiernos y por lo tanto resulta muy difícil ponerles límites y exigencias. Por lo pronto, La Hora del Planeta es una buena iniciativa, absolutamente insuficiente, pero que aporta en la línea de la responsabilidad ciudadana y este es el primer elemento a conseguir.