La prisión no debe ser tormento ni tampoco un hotel de lujo

Un reciente estudio de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) sobre la situación general de los reclusos en el país, revela lo que constituye un secreto a voces: las cárceles uruguayas lejos de ser centros de rehabilitación constituyen deprimentes centros con enormes carencias.
Allí hay problemas para la atención de la salud, ni que hablar del hacinamiento y de otros problemas que ya han pasado a considerarse “propios” de los presidios.
Si bien nada ni nadie puede discutir que el 99 por ciento al menos de quienes están en prisión han cometido delitos, no todos iguales, pero el sistema penal uruguayo es incluso demasiado benévolo en muchos casos de delitos. De allí que sólo alguna excepción puntual, autor de algún delito involuntario (cuando no se tiene la específica intención de delinquir), como manejar un vehículo estando alcoholizado y causando un siniestro fatal, pueden ser las excepciones de la situación.
Esto hay que saberlo y ponerlo en la balanza cuando se analiza el tema. Valerse de estas excepciones sumamente puntuales para tratar de considerar la situación de todos los reclusos, no es acertado.
Con la misma óptica digamos que no creemos en que todas las personas que están en prisión (privadas de su libertad según la terminología actual), estén interesadas en rehabilitarse y cambiar de vida.
Somos de los que creemos que hay un alto porcentaje de ellas que de hallar las condiciones debidas para recuperarse pueden hacerlo, pero no siempre es así y esto también hay que admitirlo.
No significa que se pueda dejar de lado las posibilidades de otorgar a los reclusos las oportunidades que requieren para su rehabilitación, porque toda persona tiene derecho a cambiar de actitud y transformarse en alguien valioso para la comunidad, pero tampoco desconocer la realidad. Ahora bien, no se trata de tratar a todo el mundo con la ingenuidad de que son personas interesadas en dejar de lado su vida pasada. No entramos a considerar si porque no se le han dado posibilidades de cambiar de vida o si no ha estado interesado en hacerlo, pero reconocer sus actitudes es la única forma de hacer base para intentar ayudarle desde el principio.
No se trata de olvidar a nadie, ni de atormentarlo, pero tampoco de caer en la ingenuidad de creer que el cien por ciento de las personas son recuperables.
Al menos es lo que pienso.
Alberto Rodríguez Díaz