La tolerancia comienza por tolerar

Preferiríamos no dedicarnos a resaltar las bondades y el significado de la libertad de expresión – tema que debería estar ya más que asumido en una democracia con la trayectoria de la uruguaya- pero, lamentablemente, de vez en cuando parecería que debemos volver sobre el mismo (la sociedad toda), al existir ciertos brotes de intolerancia hacia pensamientos, manifestaciones e ideas que no son compartidas por parte de la ciudadanía.
Nuestra Carta Magna, nos específica claramente en el artículo 29, que: “Es enteramente libre en toda materia la comunicación de pensamientos por palabras, escritos privados o publicados en la prensa, o por cualquier otra forma de divulgación, sin necesidad de previa censura; quedando responsable el autor y, en su caso, el impresor o emisor, con arreglo a la ley por los abusos que cometieren”.
Por lo tanto, todo aquel que desee formular una concepción sobre algo, siempre bajo su propia responsabilidad, y que no se transforme en una difamación o en una injuria, ni provoque un mal a terceros o a la sociedad misma, tiene derecho a hacerlo, y por ello no debería ser molestado, perseguido (por cualquier medio, tanto por otro ciudadano y con más razón por el Estado), o señalado con adjetivos ofensivos, sin incumplirse con el precepto constitucional, el cual protege inclusive, el derecho del que ataca por no compartirlo.
Tras el fallecimiento del cantante popular Daniel Viglietti, cuya música ha sido un icono de un tiempo en particular de la historia de nuestro país, más allá de estarse de acuerdo o no con la filosofía política pregonada por el artista; la escritora Mercedes Vigil, manifestó en su cuenta en una red social, su disconformidad en cuanto a la actuación en el pasado reciente de Viglietti, lo cual no viene al caso reproducir.
Varias voces se alzaron en su contra –lo cual es legítimo, llegándose a promover la firma de la ciudadanía capitalina para que le fuera retirado el galardón de “Ciudadana Ilustre de Montevideo”; lo mismo sucedió en la ciudad – balneario de Pirlápolis, donde Vigil también fue condecorada con el título de “Visitante Ilustre”.
Las apreciaciones de Mercedes Vigil pueden catalogarse de inoportunas, por el momento inmediato al deceso del cantante en que las hizo; pueden no compartirse, por muchas razones; hasta es lógico que los simpatizantes de Viglietti se hayan sentido lastimados en sus respetables sentimientos; pero, lo que creemos, es que no debe de ser elevado dicho encono, a la categoría de desprestigio de una afamada escritora que ha sabido concitar la admiración a través de su obra, por la cual ha sido merecedora de muchísimos reconocimientos, como también los supo tener en su momento Daniel Viglietti.
No sienta un buen precedente que, ante cada opinión contraria a nuestras ideas y concepciones, se levanten voces que, no por el hecho de ser discrepantes, se transforman precisamente en aquello contra lo que supuestamente combatimos.
Por otra parte, es cierto también que, desde hace algún tiempo, en nuestro querido Uruguay, al fallecer personalidades importantes -las que concitan defensores y contradictores-, se formalizan pronunciamientos que afectan el más elemental sentido de la cortesía, en el entendido que, pueden existir familiares, amigos y seguidores, a los que se les debe un poco de respeto por el sentido momento; lo que es muy diferente a dar por bueno o santo al muerto, en caso de que no lo haya sido en vida, por aquello de que la muerte por sí misma, no redime de los pecados.
No podemos acostumbrarnos a ese tipo de actitudes; eso habla muy mal de nosotros como sociedad y como seres humanos, amén de la siempre presente sabia enseñanza, de que no debemos hacerle al otro, lo que no queremos que se nos haga a nosotros.
No es cuestión de echar culpas; es cuestión de poner un freno al fanatismo, provenga del lado que provenga, sea asistido por la razón o no –lo que no creemos pues es un sentimiento dañino per se-; pues se está generalizando y no permite darle a cada cosa su valor.
Si alguien comenzó con el modus operandi -lo cual es obvio-, lo importante es, no emularlo; volviendo, dentro de lo posible, a los buenos hábitos del respeto por el que se fue (bueno o malo), y por los que se quedaron con sus pensamientos y desean expresarlos.
Dr. Adrián Báez







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