La violencia no tiene divisas

Ningún otro deporte atrae tanto en el Uruguay como el fútbol. Sin embargo en los últimos años los estadios de fútbol se han ido quedando con poco público y salvo en algunos partidos puntuales de mucha trascendencia, cuando juega la selección uruguaya o cuando un clásico, el público que concurre a las canchas es cada vez menos.
Y la causa radica única y exclusivamente en los actos de violencia, de vandalismo, que han pasado a ser cosa común en el fútbol y otros espectáculos masivos, llevándose  incluso algunas vidas jóvenes.
Los tiempos en que el paseo de los domingos era la ida en familia a la cancha de fútbol, han quedado atrás, muy lejos en el tiempo y salvo cuando juega la selección uruguaya, ya no existe una alta concurrencia a los escenarios.
Lo que aconteció el domingo último ha sido una prueba más de la situación reinante. Dentro del estadio un montón de vándalos ataviados con camisetas de Peñarol, la emprendieron contra todo lo que podían destrozar o dañar al menos, obligando incluso a detener el partido y poniendo en riesgo  la continuidad del mismo.
Afuera de la cancha también hubo actos de patoterismo injustificables, como el taxímetro destrozado, porque hinchas de Nacional entendieron que casi había atropellado a dos que lucían camisetas del club.
Pero esto no es más que un indicio claro y concreto de que los violentos, los vándalos no tienen divisas, ni colores, ni enseñas. Es más deberían ser expulsados de toda institución que se precie de ser deportiva.
Reiteradamente hemos sostenido que si pretendemos cambiar las cosas en este plano, debemos dar claras muestras de rechazo a estas conductas en todos los órdenes, vengan de donde vengan.
En primer lugar las instituciones que no deben cobijar de manera alguna estas acciones, porque el solo hecho de permitir la formación de las denominadas “barras bravas”, significa que estamos facilitando de alguna manera la conformación de estas patotas de vándalos y por lo tanto todas sus acciones.
Para colmo en los últimos tiempos e imitando lo que se ve en otras partes del mundo, hoy se acostumbra a cubrirse el rostro, ya sea con las propias camisetas o con algún otro elemento.
Es el fútbol organización y las instituciones que la conforman quienes tienen que pararse decididamente firmes en este tema.
A los violentos se les debe erradicar, prohibir la concurrencia a los escenarios deportivos, sencillamente porque no son capaces de respetar las normas de convivencia pacífica, que son imprescindibles.
Mientras no pasemos de palabras “fuertes” de condena, a las sanciones drásticas a estas acciones, porte de quienes tienen responsabilidades concretas, no podemos esperar otra cosa que no sea este tipo de incidentes violentos.

Ningún otro deporte atrae tanto en el Uruguay como el fútbol. Sin embargo en los últimos años los estadios de fútbol se han ido quedando con poco público y salvo en algunos partidos puntuales de mucha trascendencia, cuando juega la selección uruguaya o cuando un clásico, el público que concurre a las canchas es cada vez menos.

Y la causa radica única y exclusivamente en los actos de violencia, de vandalismo, que han pasado a ser cosa común en el fútbol y otros espectáculos masivos, llevándose  incluso algunas vidas jóvenes.

Los tiempos en que el paseo de los domingos era la ida en familia a la cancha de fútbol, han quedado atrás, muy lejos en el tiempo y salvo cuando juega la selección uruguaya, ya no existe una alta concurrencia a los escenarios.

Lo que aconteció el domingo último ha sido una prueba más de la situación reinante. Dentro del estadio un montón de vándalos ataviados con camisetas de Peñarol, la emprendieron contra todo lo que podían destrozar o dañar al menos, obligando incluso a detener el partido y poniendo en riesgo  la continuidad del mismo.

Afuera de la cancha también hubo actos de patoterismo injustificables, como el taxímetro destrozado, porque hinchas de Nacional entendieron que casi había atropellado a dos que lucían camisetas del club.

Pero esto no es más que un indicio claro y concreto de que los violentos, los vándalos no tienen divisas, ni colores, ni enseñas. Es más deberían ser expulsados de toda institución que se precie de ser deportiva.

Reiteradamente hemos sostenido que si pretendemos cambiar las cosas en este plano, debemos dar claras muestras de rechazo a estas conductas en todos los órdenes, vengan de donde vengan.

En primer lugar las instituciones que no deben cobijar de manera alguna estas acciones, porque el solo hecho de permitir la formación de las denominadas “barras bravas”, significa que estamos facilitando de alguna manera la conformación de estas patotas de vándalos y por lo tanto todas sus acciones.

Para colmo en los últimos tiempos e imitando lo que se ve en otras partes del mundo, hoy se acostumbra a cubrirse el rostro, ya sea con las propias camisetas o con algún otro elemento.

Es el fútbol organización y las instituciones que la conforman quienes tienen que pararse decididamente firmes en este tema.

A los violentos se les debe erradicar, prohibir la concurrencia a los escenarios deportivos, sencillamente porque no son capaces de respetar las normas de convivencia pacífica, que son imprescindibles.

Mientras no pasemos de palabras “fuertes” de condena, a las sanciones drásticas a estas acciones, porte de quienes tienen responsabilidades concretas, no podemos esperar otra cosa que no sea este tipo de incidentes violentos.







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