Las raíces son mucho más profundas

Miles y miles de personas han manifestado contra la violencia en estos días en la marcha surgida en Buenos Aires y la mayoría de los reclamos van contra las leyes y la justicia.
Como siempre cuando hablamos en generalidades, se mete todo en la misma bolsa y se habla sin evaluación racional para discernir cuáles son los casos que merecen exigir que la justicia haga lo que entendemos que corresponde hacer y cuáles son los casos en que es justo reconocer que se ha hecho todo lo que corresponde.
Lo que tenemos es una sociedad enferma de violencia, de materialismo y de consumismo, objetivos que no respetan derecho ajeno alguno. Entender que la solución a esta problemática depende de las leyes y la justicia, es errar el camino. No pretendemos que se dejen de lado las exigencias cuando se entiende que caben y se puede demostrar que son necesarias. Esto seguramente que puede satisfacernos en uno o en varios casos en particular, pero no aportará demasiado al tema de fondo.
No se trata de un tema de endurecimiento de las penas, de mayor rigurosidad de las leyes, porque sustancialmente se trata de un tema de la sociedad en su conjunto. La violencia doméstica, cuyas víctimas más frecuentes – pero no las únicas – suelen ser las mujeres, sólo puede tener una mejoría notoria a través de la educación.
Asumamos que las generaciones que hoy ya han alcanzado la edad suficiente para ser protagonistas difícilmente puedan ser “rescatadas” hacia lo que se pretende, es decir, individuos respetuosos de los valores y de las personas en general, individuos que privilegien la razón y los derechos de las personas, antes que el golpe, que la fuerza, la cuchillada o la bala.
Exigir que la represión sea más dura, que las leyes sean más drásticas e incluso que haya agravante cuando la víctima sea una mujer, no es lo más acertado.
Estaríamos discriminando hacia el otro lado. Aquí las responsabilidades son de toda la comunidad y no en el mismo grado, pero tan víctima de violencia doméstica es la mujer, como lo es el niño, el anciano o el hombre común.
La cuestión es educar en los valores que conllevan al respeto de los derechos de todas las personas.
Cuando asumamos que las diferencias se arreglan a través del diálogo y no del golpe, quizás estemos en el camino correcto.
Esto al menos es lo que pienso en lo personal.
Alberto Rodríguez Díaz







El tiempo

Ediciones anteriores

noviembre 2018
L M X J V S D
« oct    
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
2627282930  

  • Otras Noticias...