Los siniestros de tránsito: la plaga que competirá con el Hiv en muertes

La Organización Mundial de la Salud (OMS)  calcula que los accidentes de tráfico causarán dos millones de decesos en 2030 en los países en desarrollo y alcanzarán al sida como causa de muerte.
La siniestralidad vial está a punto de convertirse en la nueva epidemia de los países pobres y en vías de desarrollo. Por eso, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha dado la voz de alarma. Si no se hace nada para frenar la tendencia, los muertos anuales en las carreteras de estas zonas del mundo ascenderán a dos millones en 2030, y los accidentes de tráfico se situarán al nivel de las muertes por sida, que es una de las principales causas de mortalidad en el mundo en desarrollo.
Los siniestros, además, implican un gasto público equivalente “al 2% del PIB de los países desarrollados y hasta el 5% del de los demás”, según Steve Lowson, de la ONG británica Programa de Calificación Internacional de las Carreteras (RAP, en sus siglas en inglés).
Con la mitad de los vehículos, estos países registran el 80% de las víctimas.
Las cifras meten miedo y seguramente que las perspectivas en este sentido nos son buenas, desde el momento que con muy  pocas variantes las cifras de víctimas al año se reiteran permanentemente.
Esto indica que lo que se está haciendo es por lo menos ineficaz para tratar de detener o disminuir fuertemente esto que va indefectiblemente camino a ser una pandemia.
Las muertes en estos hechos que son perfectamente evitables si se asumen medidas realmente duras y eficaces, tienen motivaciones sociales, subrepticias, con ráices en los mensajes a menudo subliminales, que llevan a que sobre todo la gente joven esté convencida que nunca le va a pasar nada.
Hablar con un adolescente o un joven de este tema es seguramente comprobar cuanta irresponsabilidad y cuanta imprudencia son capaces de desarrollar. La convicción que hemos generado en ellos de que nunca les va a pasar nada, es la que aprieta el acelerador cuando aparece la luz amarilla, en lugar de l os frenos, porque están “seguros” (a su manera) que en esa fracción de segundos no se atravesará nadie.
Esta convicción de la que tenemos buena parte de la culpa, no tanto por acción, sino por omisión,  porque la hemos permitido  sin hacer nada, es la responsable de tantas tragedias.
De nada sirve llorar a nuestros jóvenes, si no somos capaces de parar la problemática así sea con el rigor imprescindible, justo y equitativo.

La Organización Mundial de la Salud (OMS)  calcula que los accidentes de tráfico causarán dos millones de decesos en 2030 en los países en desarrollo y alcanzarán al sida como causa de muerte.

La siniestralidad vial está a punto de convertirse en la nueva epidemia de los países pobres y en vías de desarrollo. Por eso, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha dado la voz de alarma. Si no se hace nada para frenar la tendencia, los muertos anuales en las carreteras de estas zonas del mundo ascenderán a dos millones en 2030, y los accidentes de tráfico se situarán al nivel de las muertes por sida, que es una de las principales causas de mortalidad en el mundo en desarrollo.

Los siniestros, además, implican un gasto público equivalente “al 2% del PIB de los países desarrollados y hasta el 5% del de los demás”, según Steve Lowson, de la ONG británica Programa de Calificación Internacional de las Carreteras (RAP, en sus siglas en inglés).

Con la mitad de los vehículos, estos países registran el 80% de las víctimas.

Las cifras meten miedo y seguramente que las perspectivas en este sentido nos son buenas, desde el momento que con muy  pocas variantes las cifras de víctimas al año se reiteran permanentemente.

Esto indica que lo que se está haciendo es por lo menos ineficaz para tratar de detener o disminuir fuertemente esto que va indefectiblemente camino a ser una pandemia.

Las muertes en estos hechos que son perfectamente evitables si se asumen medidas realmente duras y eficaces, tienen motivaciones sociales, subrepticias, con ráices en los mensajes a menudo subliminales, que llevan a que sobre todo la gente joven esté convencida que nunca le va a pasar nada.

Hablar con un adolescente o un joven de este tema es seguramente comprobar cuanta irresponsabilidad y cuanta imprudencia son capaces de desarrollar. La convicción que hemos generado en ellos de que nunca les va a pasar nada, es la que aprieta el acelerador cuando aparece la luz amarilla, en lugar de l os frenos, porque están “seguros” (a su manera) que en esa fracción de segundos no se atravesará nadie.

Esta convicción de la que tenemos buena parte de la culpa, no tanto por acción, sino por omisión,  porque la hemos permitido  sin hacer nada, es la responsable de tantas tragedias.

De nada sirve llorar a nuestros jóvenes, si no somos capaces de parar la problemática así sea con el rigor imprescindible, justo y equitativo.